4 de marzo de 2013

Eremitas Urbanos....

PUNTOS DE LUZ Y CALOR.
La renovación de la vida religiosa en este siglo XXI se refleja en nuevas formas para carismas que se encuentran en los orígenes del cristianismo. La oración en silencio y soledad se encarna hoy en el desierto de las ciudades, adaptando su anonimato en desplazamientos y trabajos.
El ermitaño y la ermitaña en este siglo XXI encuentran en plazas y calles de las ciudades al Cristo Silente, al Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos. En tiempos de encuentro y diálogo inter-religiosos, el ermitaño y la ermitaña urbana es testigo profético de que el Silencio donde se encuentra a Dios es fundamentalmente en el Silencio del corazón. Un Silencio radical, porque se encuentra en la raíz del ser humano.

En el Silencio de la Soledad.
Allí en esa ermita interior, en esa tienda del encuentro, Dios espera al eremita en su tiempo de oración, de trabajo, de estudio. Desde el punto-Luz donde la Palabra de Dios emerge en cada momento, el eremita, la ermitaña, lleva a la ciudad y sus necesidades, a sus habitantes, uno a uno, y los introduce en el interior de su ermita de Luz, desde lo profundo de este mar de Luz, irradia esta Luz Divina que se hace Don en cada ser. Es Cristo, el fondo del eremita.
La ermitaña, el anacoreta son esos puntos de soledad y silencio, de encuentro con la Luz Divina, puntos de luz insertada en la red ciudadana, en todo su pluralismo. Oasis del Espíritu donde respirar al aire de Dios.
Silencio y soledad que acepta y respeta la diversidad de la vida ciudadana, y sus inconvenientes de ruido, ajetreo. Es en medio de este fragor ciudadano donde la vida eremítica tiene su sentido de desierto en medio de la ciudad. Es encarnándose como semilla de esperanza donde la ermitaña y el eremita en su silenciosa y solitaria oración, testimonia que se puede vivir la vida eremítica en la ciudad, encarnada en este siglo XXI.
Porque las grandes ciudades adolecen de esta soledad. Anacoretas que asumen esta soledad haciendo de ella un espacio orante de encuentro con Dios unidos a todos. Hacen presentes la necesidad de parar y silenciarse por dentro para en el silencio y soledad, encontrar al Dios que nos espera en nuestro más profundo centro.

Una vocación universal.
Se asume el trabajo como un urbanita más, viviendo del trabajo propio, como forma de hacer frente a las necesidades básicas, ganando nuestro pan como una trabajadora más, haciendo del trabajo un tiempo de santificación y oración, suficiente, pero que permita asumir la oración como vocación prioritaria. Trabajar para vivir, no vivir para trabajar.
La soledad y el silencio ensanchan el corazón y simplifican la oración. Vivir en la Presencia de Dios. Hacerse presente a la Presencia, en cada momento del día y la noche. Esta es la esencia de la vida eremítica..
El Silencio y la Soledad ahondan en espacios interiores que van abriéndose a la Luz Divina. Un sendero de simplificación.
Transparencia del cristal que se deja atravesar, tras-pasar por la Luz. Y a través de este cristal transparente, de este haz de Luz, Dios, Luz Divina, llega hasta dónde quiere llegar, su creación, hombres y mujeres, la naturaleza. Se trata de dejar a Dios ser Dios en todas y cada una de sus criaturas, de su creación. “Hágase tu voluntad”.
El siglo XXI es siglo y tiempo de nuevas formas de interrelación social. También en la Iglesia surgen nuevas formas de carismas ya asumidos en el corazón de la Iglesia. La vida eremítica urbana es una de ellas. Es una vida arraigada y fundamentada en el Amor ( Ef 3, 17) y enraizada y cimentada en Cristo ( Col 2,7), y por tanto en el centro de la Iglesia. Cristo nos amó y se entregó por nosotros.
Anacoretas y eremitas dejando a Dios ser Dios en sus vidas, llevan en su oración silente y en su vida solitaria el quejío de la humanidad. Y en el Silencio eremítico el fulgor de la Cristianía se hace Vida fraterna. Luz.
Fuente: Eremia - Cuaresma 2013

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