8 de febrero de 2010

Contemplativos en la liberación I

Contemplativos en la Liberación
Todo lo que es el movimiento cristiano de la Liberación, es decir, teología de la Liberación, Iglesia de los pobres, comunidades de base, participación de los cristianos en los movimientos populares, todo el imaginario social y religioso de la liberación poesía, música, literatura-, toda la experiencia pastoral popular acumulada durante estos años, la interminable lista de testigos de sangre que ha avalado con su martirio esta «caminata», todo esto es inexplicable sin la experiencia espiritual que forma el patrimonio-fuente que inspira y mueve a esta nube de testigos.

Los anteriores movimientos de espiritualidad experimentaron a Dios sobre todo en el desierto (anacoretas, padres del desierto), en la oración y el trabajo del monasterio (ora et la¬bora - ora y trabaja), en el estudio y la oración para la predicación (contemplata aliis trajere - pasar a otros lo contemplado), en la acción apostólica (contemplativus in accione - contemplativo en la acción).
Nosotros creemos que hoy, en fidelidad creativa a esta tradición viva, nos toca a nosotros en América Latina vivir la contemplación en la acción liberadora (contemplativus in liberatione), descodificando la realidad mezclada de gracia y pecado, de luz y sombra, de justicia y de injusticia, de violencia y paz, descubriendo en ese proceso histórico de la liberación, la presencia del Viento que sopla donde quiere, descubriendo y tratando de construir la Historia de la Salvación en la única historia, descubriendo la Salvación en la Liberación.

En el llanto de un niño, o en el clamor violento de un pueblo, tratamos de «escuchar» a Dios, haciéndonos al propio oído de Dios, que escucha el clamor de su pueblo (Ex 3).
La tradición cristiana anterior nos educó bajo un modelo de oración que sólo subía, y no bajaba. Plásticamente lo sugiere el título clásico de «la subida del monte Carmelo». El elevador de la oración nos podía dejar ahí, en las nubes, inactivos. Y eso no vale. Porque Dios no necesita de nuestra oración, ni está en las nubes. Los que necesitamos de la oración somos nosotros y los hermanos, y tampoco andamos por las nubes, sino por el trabajado y conflictivo camino de la construcción del Reino.

Nosotros creemos que hay que subir y bajar, y que tanto más subimos por la falda del monte del Reino cuanto más bajamos y nos sumergimos en la kénosis de la encarnación, en la pasión por la realidad y la historia.
Al hablar pues de ser «contemplativos en la liberación» hablamos de la experiencia de Dios típica de los cristianos latinoamericanos. Es el secreto, el corazón, la clave de nuestra espiritua¬lidad. Sin captar esto no es posible entenderla; sería malinterpretada como un reduccionismo cualquiera.

La materia o contexto sobre la que hacemos la experiencia de Dios

Ya hemos dicho que la espiritualidad de la liberación se caracteriza típicamente por su «realismo», por su «pasión por la realidad», por su afán machaconamente insistente en «partir de la realidad y volver a ella». ¿Será de extrañar que también su experiencia de Dios parta de y vuelva a la realidad?
Esa es la primera novedad: la materia, el campo, el lugar a partir del cual nosotros en América Latina hacemos la experiencia de Dios no es «lo puramente espiritual», ni «lo apartado del mundo», ni el mundo intelectual de las abstracciones teológicas, sino «la realidad» más real.
Se trata de la realidad en todas sus dimensiones:
 -la realidad histórica, es decir, la historia misma, percibida como ámbito de la libertad, de la responsabilidad humana, de la creatividad del ser humano, para el ejercicio de la tarea que Dios le encomendó;
 -la realidad política: la construcción de la sociedad, las tensiones de la convivencia, la correlación de fuerzas, los conflictos entre los intereses de los distintos sectores;
 -con especial énfasis, el movimiento popular, los pobres organizados: sus estrategias, sus triunfos y sus derrotas, sus desánimos y sus esperanzas;
 -la dimensión geopolítica, los esfuerzos de los pueblos por ser sujetos soberanos y libres, los imperialismos viejos y nuevos, la transnacionalización y la mundialización, la ola de neoliberalismo triunfante y la resistencia de los pobres, el reacomodo del viejo orden internacional en un mundo unipolar y el persistente esfuerzo por un nuevo orden internacional.
 -los problemas diarios de nuestra vida: el deterioro del nivel de vida, la carestía, la lucha por la sobrevivencia, la amenaza de estallido social, la represión, el desempleo, la marginación, los menores abandonados, el narcotráfico, las diarias consecuencias sociales de la Deuda Externa, la sacudida de los «ajustes económicos» que los orga¬nismos financieros internacionales nos imponen, los problemas más reales y «materiales» de nuestra vida.

En esta «realidad tan real» es donde hacemos nuestra experiencia de Dios como contemplativos en la liberación. No negamos el sentido que tiene también para nosotros el «retirarse», la soledad, la «experiencia de desierto».
Pero entre nosotros se trata siempre de un apartamiento sólo metodológico, instrumental, no de contenido: nos retiramos «con la realidad a cuestas», con el corazón grávido de mundo. No nos retiramos del mundo; simplemente nos adentramos en su dimensión de profundidad, que para nosotros es religiosa.

Las mediaciones para esa experiencia de Dios
 La primera mediación para la realización de esta experiencia es, lógicamente, la realidad misma. No se puede experimentar a Dios en la realidad si nos alejamos de ella. Se trata pues de estar presente en la realidad: la apertura a la realidad, la encarnación, la «inserción».Esta es la mediación que nos proporciona la materia o el contexto sobre el que hacemos esta experiencia.
 Otra gran mediación es la fe. La fe nos da una visión contemplativa de la realidad. La contemplación de la que hablamos se da a la luz de la fe. Experimentamos a Dios en medio de la realidad y de la historia, pero en la fe, por la fe. Ella es la luz que desvela presencias y dimensiones que sin ella permanecen ocultas.
 Otra mediación es la Palabra de Dios en la Biblia. Dios escribió dos libros: un primer libro, el de la Vida (la creación, la realidad, la historia), y para que pudiéramos interpretarlo escribió un segundo libro: la Biblia. Tomar la Biblia como encerrada en sí misma, cosificada, como la reserva total y autosuficiente de todos los misterios humanos y divinos, es una nueva idolatría, fanatizada.
La Biblia es una mediación (peculiar, sumamente valiosa y venerable por demás) que el Señor nos ha dado para ayudarnos a discernir su Palabra viva, que nos sorprende agazapada en cualquier lugar de la historia, porque hoy Dios sigue «revelándose» y sigue pronunciando su Palabra viva. Encerrados en el libro de la Biblia no es posible ser contemplativos en la liberación. «La Biblia y el periódico» son dos columnas capitales sobre las que asentar una vida cristiana liberadoramente contemplativa.

La Biblia que es narración, historia, vivencia de un pueblo, de Jesús, de las primeras comunidades cristianas es, por eso mismo, una exposición contemplativa de la presencia de Dios actuando en el mundo. En América Latina ese carácter actuante del Dios de la Biblia se privilegia como nota esencial de la teología y de la espiritualidad de la liberación. Esta es la nueva lectura de la Biblia entre nosotros. Una relectura sumamente legítima, a nuestro entender, porque es la vuelta a la «lección» que la Biblia quiere darnos.

Esa lectura se ha salido de las manos y de los ojos de los especialistas, para hacerse proféticamente «lectura popular». Como políticamente el Pueblo latinoamericano ha conquistado en la Sociedad la voz prohibida, así en la Iglesia las comunidades latinoamericanas se han apropiado de la Biblia. «La Biblia en las manos del Pueblo» es uno de los fenómenos espirituales de más fecundo porvenir para la Iglesia de América Latina.
Puede hablarse con razón de la «cultura de las comunidades eclesiales de base como una nueva cultura bíblica»: la Biblia esparcida por el día a día de la vida del Pueblo, en su oración y en sus luchas. Una vivencia y una interpretación, no escritas sistemáticamente, pero múltiplemente expresadas, en celebraciones y cánticos, poesías y dramatizaciones, visitas y fiestas, encuentros y asambleas, mantas y camisetas «Exactamente como la Palabra de Dios misma antes de recibir su forma escrita de Biblia».

Utilizamos también como mediaciones los diferentes recursos de los que podemos echar mano para un mejor conocimiento de la realidad: los análisis sociológicos y económicos, la antropología, los análisis culturales, la psicología, la experiencia acumulada en las prácticas de educación popular, comunicación popular, metodología de reflexión/acción, métodos par¬ticipativos, métodos de análisis popular de la realidad, etc.

Con todo ello procuramos hacer nuestro discernimiento cristiano de la realidad.
Junto a todas estas mediaciones (unas más iluminadoras, como la Biblia, otras más analíticas, como la teología o las diversas metodologías pastorales), la mediación que completa el cuadro es la práctica asidua de la oración misma (Lc 18, 1).
La experiencia de Dios, en efecto, es una experiencia contemplativa. Por eso, la oración personal, la ora¬ción comunitaria, el espíritu de fe que hace plantearse las cosas cuasi espontáneamente desde la perspectiva de la profundidad, un habitual «estado de oración» (1 Tes 5, 16-18; Hch 17, 28), y un cierto nivel alcanzado de contemplación son también mediaciones para nuestra experiencia de Dios en la realidad.

Nuestra experiencia tiende a conjuntar las mediaciones. Ninguna de ellas vale por sí sola. Hay que «leer los dos libros, el de la Biblia y el de la Vida». Hay que iluminarse con la Palabra de Dios, pero igualmente hay que echar mano de las mediaciones analíticas, hermenéuticas, en una actitud interdisciplinar.

Hay que hundirse en la Biblia, pero también en la realidad. Hay que aplicar «un oído al Evangelio y otro al pueblo», en palabras del argentino obispo mártir Angelelli.

Contemplar ¿desde dónde?
Lo que contemplamos en cuanto «contemplativos en la liberación» no es igualmente accesible desde cualquier lugar, bajo cualquier ángulo de visión. Análogamente a lo que ocurre en la visión espacial normal, también en las realidades del espíritu hay «perspectiva», es decir, el lugar en el que nos situamos influye en cuanto que sitúa en primer plano unos aspectos determinados, pone a un lado otros, y aleja o incluso oculta algunos. A cada punto de vista corresponde una perspectiva: «no se piensa igual desde una choza que desde un palacio».

Unos puntos de vista son mejores y otros peores. Hay puntos de vista inviables, y hay otros privilegiados. El lugar privilegiado para contemplar la historia y la Historia de la Salvación es el lugar social de los pobres. El punto de vista de los poderosos niega la Liberación. Ser contemplativo en la Liberación supone una opción por los pobres.
El mismo Señor Jesús lo dejó claramente establecido: «Te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has mostrado a los pequeñitos» (Lc 10, 21-24). Por contraposición a «sabios y entendidos» Jesús no dice «tontos» sino «pequeñitos». Los «sabios y entendidos» a los que se refiere son pues los que comparten la «sabiduría de los grandes».

Frente a esta sabiduría Jesús opta por la otra, la de los pequeñitos, la única que logra entender «estas cosas», lo cual a Jesús le alegra, le hace exultar. Hay pues cosas que los pequeñitos ven, comprenden, contemplan, y a las que los grandes permanecen ciegos. ¿Cuáles son «estas cosas»?
Para Jesús, «estas cosas» no son otras que las que él mismo lleva continuamente entre manos: las preferencias del Padre, las cosas del Reino, lo relativo al anuncio de la Buena Noticia a los pobres, los anhelos de liberación de los pequeñitos, la lucha por una sociedad justa y fraterna, la construcción del Reino de Dios.
En realidad es simplemente de sentido común que los poderosos, los bien ins¬talados, los explotadores, los grandes del sistema, no pueden entender «estas cosas». No quieren siquiera oír hablar de la Buena Noticia para los pobres. No miran las cosas desde la perspectiva de la Liberación. No quieren entrar en la dinámica del Reino: «¡Qué difícil es que un rico entre en el Reino!» (Lc 18, 24-25).
Para acceder nosotros a la contemplación de «estas cosas» necesitamos ponernos en el lugar adecuado desde el que se dejan contemplar, en el lugar social y con la perspectiva apropiada: la de «los pequeñitos», la de los pobres.

2 comentarios :

Juan Carlos (Yanka) dijo...

Gracias por hablarnos de LIBERACIÓN...


"La teología es una reflexión sobre la fe y la fe lo que tiene que hacer es movilizar a las personas para cambiar".
Gustavo Gutierrez Merino

Sin conversión no hay ni solidaridad ni alteridad ni seguimiento cristiano.

TURQUITO dijo...

Gracias Yanka, por tu participación y por su calidad.
Claudio