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2 de septiembre de 2024

Solo la belleza, salvará al mundo 2.-

El extraordinario trabajo realizado por los escultores logró encontrar en la dureza del mármol, las más increíbles muestras del arte y el talento humano. Sólo la contemplación e internalización de la belleza hará superior a nuestra sociedad...


1.- La dama velada de Giovanni Battista Lombardi.






En México, en el Museo Soumaya, se exhibe esta mujer velada de Lombardi, esculpida en 1869. El detalle del nudo del velo es increíble.






2.- Monumento funerario de Giovanni Battista Lombardi.



La destreza técnica de Giovanni Battista Lombardi es asombrosa. En su producción encontramos detalles increíbles. Fue capaz de representar en mármol el agua corriendo. 

Este monumento funerario es sobrecogedor. Está en el cementerio de Brescia, en la región de Lombardía. 




3.- La Virgen velada de Giovanni Strazza.





Representa el busto de una Virgen María velada. Probablemente fue creada a principios de la década de 1850
.





4.- El Cristo velado de Giuseppe Sanmartino




Realizado en 1753. El detalle del velo de mármol es tan increíble que le acusaron de utilizar la alquimia para convertir la tela en piedra.







5 - Carpeta de algodón.





Esto es mármol, una increíble escultura del escultor contemporáneo Argiris Rallias.


20 de junio de 2017

Mi amado para mí...

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), la primera mujer Doctora de la Iglesia, relató en sus escritos una de las experiencias místicas que marcó profundamente su corazón. Este hecho fue tan impactante que la llevó a hacer un voto especial a Dios que la impulsó en sus reformas, fundaciones y camino de santidad.


Cuenta la Santa y escritora mística que cierta vez vio a su izquierda un ángel en forma humana. Era de baja estatura y muy hermoso, su rostro lucía encendido y dedujo que debía ser un querubín, uno de los ángeles de más alto grado.

“Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”, describió Santa Teresa de Jesús.

“Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.
“No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”, explicó la Doctora de la Iglesia (Vida 29,13).

Este tipo de vivencias espirituales es llamado en la Iglesia como “la transverberación”, que es la experiencia mística de ser traspasado en el corazón causando una gran herida.
Más adelante, buscando corresponder a este regalo divino, Santa Teresa hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios. Es así que el resto de su vida, la reformadora y fundadora carmelita se esforzó por cumplir perfectamente este juramento.
Cuando la Santa partió a la Casa del Padre, la autopsia reveló que en el corazón de Santa Teresa estaba la cicatriz de una herida larga y profunda.

En la familia carmelita, la fiesta de “la transverberación” de Santa Teresa de Jesús se celebra cada 26 de agosto. Como legado, la Doctora de la Iglesia también dejó plasmada su experiencia mística en la siguiente poesía de amor, titulada “Mi Amado para mí”:

Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado para mi
Y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador
Me tiró y dejó herida
En los brazos del amor

Mi alma quedó rendida,
Y cobrando nueva vida
De tal manera he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha
Enherbolada de amor
Y mi alma quedó hecha
Una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
Pues a mi Dios me he entregado,
Y mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.

13 de junio de 2014

EL DESENGAÑO ES POSITIVO

Una hora escasa de camino separa la ermita de Santa Creu del Monasterio de Montserrat, que podemos ver claramente a nuestros pies, igual que distinguimos los puntitos de color que son los escaladores ascendiendo por la pared de la montaña. Abajo, muy lejos, el mundo, sus brillos y sus sombras. La ermita es una de tantas cuevas que horadan suavemente la montaña sagrada. 
Está cerrada con una cristalera, habilitando un reducido espacio que contiene una cama, una mesa, dos sillas, un hornillo de gas, una estantería con libros, una cruz, un par de retratos de Ramana Maharshi (Sabio hindú de este siglo) y un altar. 
Suficiente para el padre Basili, "El ermitaño de Montserrat", que lleva quince años viviendo como Blanquerna, levantándose al alba, rezando y meditando, después de haber recorrido medio mundo como Ramon Llull. 
El padre Basil, de 66 años, luenga y poblada barba, un erudito conocedor de lenguas tan dispares como el árabe, el alemán o el hebreo, es en la actualidad el único habitante de las doce ermitas que hay en Montserrat. 
Basili Girbau, monje benedictino, nació en 1925 en Barcelona, 
ciudad en la que murió el 23 de diciembre de 2003, 
tras una larga y penosa enfermedad.
 Conversación con Basili Guirbau, ermitaño de Montserrat.
- A principio del siglo XXI, en una sociedad volcada al consumismo, ¿es posible vivir ascéticamente, como un ermitaño?
- Para el hombre que quiere hacerlo todo es posible con la ayuda de Dios. Existe una gracia, un no sé qué, un amor, que me da fuerzas para ir descubriendo que se puede vivir feliz sin tener que satisfacer tantas necesidades. Hay mucha gente que cree que si no tiene esto o lo de más allá no puede ser feliz. Y entonces, cuando quizás lo consigue tras muchos esfuerzos llega la pregunta: "¿Y ahora qué?¿Más cosas?".

- ¿Y usted se ha contestado esta pregunta?
- Vivir. No se trata de filosofar ni de hacer un discurso, Estás aquí ¿Qué más quieres? Respiras. Tu corazón palpita. ¿Qué importa ayer? ¿Qué importa el mañana? Estás aquí. Entonces ríe, ríe a reventar. Tienes lo indispensable. No te hace falta ni más ni menos.

- ¿Cómo tomó la decisión de retirarse aquí?
- Generalmente acostumbro a contestar que no lo sé. No existe una explicación puramente racional, no es sólo la mente la que actúa, es toda una corriente de vida que toma formas diversas. Aunque, ciertamente, no se me hubiera ocurrido pedir permiso para vivir en esta ermita si no me hubiera precedido un monje, el padre Estanislau, que estuvo aquí hasta el año 1972 y que continúa viviendo como ermitaño en otro lugar. Lo que deseo únicamente es profundizar en mi conciencia. Y con este profundizar creo que estoy ayudando a todos los hombres; no sólo yo, sino todos los que lo hagan. También pienso que es importante encontrar aquella dimensión que te ayuda a realizar la comunión con todas las personas, y esta distancia que te separa de donde las personas viven juntas, conviven, en cierta forma te ayuda a comprender mejor que es eso de la convivencia y te hace sentir mucho más cerca de ellas, aunque de otra manera.

- ¿No resulta difícil soportar esta soledad?
- Es algo que habría que preguntar al inquilino de uno de esos bloques anónimos, rodeado de centenares o miles de personas pero que vive una soledad realmente terrible. La soledad habita en el corazón. Yo no estoy en soledad. Es algo totalmente exterior al hecho de que yo es te viviendo en esta semicueva, en plena montaña. Si vives en plenitud no puedes estar solo. Estarás solo en el sentido de que no estás cerca de otros hombres, pero únicamente en este sentido. Para mí la auténtica soledad es la carencia, la ausencia de Dios, la ausencia de esta plenitud, este apuntar a la trascendencia...

- ¿Que la ha aportado hasta el momento su retiro aquí?
- Paz, júbilo, silencio interior, desprendimiento o desapego de las cosas que pasan y ver cómo la fe, el amor, la plegaria, inciden realmente y se constata lo útiles que son.

- Hoy en día, ¿Cual es la misión de las personas que, como usted, se dedican a la contemplación?
- Como ya he dicho, pienso que la fuerza del amor, de la plegaria, tiene un efecto real en el mundo, y que cualquier hombre que decida profundizar en su interior y cultivar la vida espiritual más allá de la materia está ayudando a todos los hombres.

- A primera vista parece que existen numerosos puntos de contacto entre la contemplación, la mística cristiana y diversas corrientes religiosas orientales que han creado una nueva espiritualidad en la segunda mitad del siglo XX...
- Sí. Existen. Por ejemplo, un autor medieval del siglo XIV, anónimo, posiblemente un monje cartujo, escribió un libro llamado "La nube del no saber", un tratado precioso de contemplación con postulados muy parecidos a lo que es la meditación Zen. El mismo San Juan de la Cruz aconseja para llegar a la unión con la divinidad practicar los mismos ejercicios que en la meditación trascendental, intentando vaciar la mente: "simple atención amorosa a Dios, sin ningún pensamiento concreto y particular", creo que dice. En mi caso fue Ramana Maharshi, un hindú a quien conocí a través de un libro en 1963, quien realmente me abrió un camino práctico a la interiorización. Ciertamente, existen muchos caminos en la tradición cristiana pero, por lo que sea, están es desuso. Ramana Maharshi era lo que en la tradición se llama un jivan mukti, un hombre sin mente. Ya no le hace falta hacer funcionar su mente porque Dios ha llenado su espíritu. El dice: "Cuando la luna -que sería la mente- es iluminada por el sol durante la noche, su luz te ayuda a ver, pero cuando el sol ilumina a la luna -esa luna de cuarto menguante que se ve durante el día- entonces no utilizas la luz de la luna para ver sino que ves directamente de la luz del sol, que no es la mente, es el si-mismo, el Yo de mi yo, la realidad de toda realidad de la cuál procede, por la cuál es creada tu mente".
Basilio Maria Girbau en la cueva en la que permaneció durante tres decadas,
                su amor por los animales era proverbial, aquí aparece con su perra "Viola".
- Le he oído decir, en otra ocasión, que en el budismo Zen se dice: "Si te encuentras con Buda en tu camino, mátalo". Y que además Raimundo Panikkar afirmaba: "Si te encuentras con Cristo en tu camino, cómetelo". ¿Que quería significar con ello?.
- Exactamente nada. Hay respuestas que debe encontrar uno mismo. Pero sí te diré que el Buda al que hay que matar es el que se encuentra fuera de ti y delante, porque Buda sólo es interior. Igualmente comerse a Cristo significa interiorizarlo y dejarlo que viva por la fe, en tu corazón.

- Hoy en día hay una gran pérdida de la religiosidad, del sentimiento religioso; mucha gente vive de espaldas a la religión, ¿a que puede deberse?
- Bueno, hablamos de todo el mundo como si el mundo sólo fuéramos nosotros, los señores de Europa y América, cuando hay muchos lugares donde hay mucha religiosidad y mucho fervor, mucho sentido de Dios. Ahora, en Occidente es cierto que se da esta falta de religiosidad. Yo creo que se debe, por una parte, a la sobrevaloración de las cosas materiales, de la comodidad, del dinero: por otra, a la sobrevaloración de la capacidad discursiva de la inteligencia racional sin un sujeto realizado, profundamente realizado. Esto lleva a un gran desarrollo intelectual y técnico que podrían comportar grandes beneficios, pero que es como si estuvieran en manos de un niño irresponsable. Me refiero, por ejemplo, a la energía atómica, que de momento se ha utilizado en la fabricación de armamento en un proceso totalmente irracional, en que el miedo al enemigo ha llevado a armarse hasta los dientes generando una gigantesca capacidad destructiva. Poco inteligente ¿no? Es lo que sucede cuando uno vive a nivel superficial, como se vive en la actualidad. Todo debe estar en proporción. No hay interior sin exterior, no hay fondo sin superficie, ni superficie sin fondo. Lo terrible es vivir la superficie sin ser consciente del fondo, como sería terrible ser consciente del fondo sin ser consciente de la superficie. También la religión puede vivirse a nivel superficial, porque en nombre de la religión se han cometido muchas barbaridades.

- ¿Piensa que a la religión le hace falta también una evolución?
- No; le hace falta una profundización. En la religión no debe evolucionar nada, quien debe evolucionar es el hombre, que ha de encontrar sus raíces, las raíces de sí mismo, el origen, la fuente...
- ¿Que debería cambiar en la sociedad para que fuera mejor, más justa?
- El corazón del hombre. Nada más. Así de simple. Pero es dificilísimo para muchas personas; lanzadas a una serie de inercias casi insuperables.

- ¿Puede haber un nuevo resurgir espiritual en Occidente?
- Sí, claro. A medida que los hombres se vayan desengañando. El desengaño es una cosa muy positiva. Si vives engañado, desengañarte es una liberación. Deseo el desengaño total, de todos, y conforme los hombre se vayan desengañando surgirá la luz. Un desengaño en sentido positivo ¿eh?, para descubrir lo negativo del engaño y para que quede lo que no es engaño...

29 de septiembre de 2012

Amado Jesús....

Ayúdame a esparcir Tu fragancia por donde quiera que vaya.
Inunda mi alma con Tu Espíritu y Vida.
Penetra y posee todo mi ser tan completamente,
que mi vida entera sea un resplandor de la Tuya.

Brilla a través de mi y permanece tan dentro de mí, que cada alma con que me encuentre pueda sentir Tu presencia en la mía.

¡Permite que no me vean a mi sino solamente a Jesús!
Quédate conmigo y empezaré a resplandecer como Tú, a brillar tanto que pueda ser una luz para los demás.

La luz , Jesús, vendrá toda de Ti, nada de ella será mía;
serás Tú quien resplandezca sobre los demás a través de mi.
Brillando sobre quienes me rodean.

Permíteme alabarte como mas te gusta,
permíteme predicarte sin predicar,
no con palabras sino a través de mi ejemplo,
a través de la fuerza atractiva,
de la influencia armoniosa de todo lo que haga,
de la inefable plenitud del amor que existe en mi corazón por Tí.
Amén.

Oración que rezan las Misioneras de la Caridad (de la Madre Teresa) después de la misa cada día.

27 de agosto de 2012

San Agustín visto por el Papa...


Benedicto XVI revive la conversión de san Agustín
Quinta y última intervención en la audiencia general dedicada al obispo de Hipona

Queridos hermanos y hermanas:
Con el encuentro de hoy quisiera concluir la presentación de la figura de san Agustín. Tras detenernos en su vida, en sus obras, y en algunos aspectos de su pensamiento, hoy quisiera volver a recordar su experiencia interior, que hizo de él uno de los más grandes convertidos de la historia cristiana. A esta experiencia dediqué en particular mi reflexión durante la peregrinación que hice a Pavía, el año pasado, para venerar los restos mortales de este padre de la Iglesia. De este modo quise expresar el homenaje de toda la Iglesia católica, y al mismo tiempo hacer visible mi personal devoción y reconocimiento por una figura a la que me siento sumamente unido por la importancia que ha tenido en mi vida de teólogo, de sacerdote y de pastor.
Todavía hoy es posible recorrer las vivencias de san Agustín gracias sobre todo a «Las Confesiones», escritas para alabanza de Dios, que constituyen el origen de una de las formas literarias más específicas de Occidente, la autobiografía, es decir la expresión personal del conocimiento de sí mismo. Pues bien, quien quiera que se acerque a este extraordinario y fascinante libro, todavía hoy sumamente leído, se da cuenta fácilmente de que la conversión de Agustín no fue repentina ni tuvo lugar plenamente desde el inicio, sino que puede ser definida más bien como un auténtico camino, que sigue siendo un modelo para cada uno de nosotros.
Este itinerario culminó ciertamente con la conversión y después con el bautismo, pero no se concluyó con aquella Vigilia pascual del año 387, cuando en Milán el profesor de retórica africano fue bautizado por el obispo Ambrosio. El camino de conversión de Agustín continuó humildemente hasta el final de su vida, hasta el punto de que se puede verdaderamente decir que sus diferentes etapas --se pueden distinguir fácilmente tres-- son una única y gran conversión.

La primera conversión
San Agustín fue un buscador apasionado de la verdad: lo fue desde el inicio y después durante toda su vida. La primera etapa en su camino de conversión se realizó precisamente en el acercamiento progresivo al cristianismo. En realidad, él había recibido de la madre Mónica, con la que siempre estuvo muy unido, una educación cristiana y, a pesar de que había vivido en los años de juventud una vida desordenada, siempre sintió una profunda atracción por Cristo, habiendo bebido el amor por el nombre del Señor con la leche materna, como él mismo subraya (Cf. «Las Confesiones», III, 4, 8).
Pero la filosofía, sobre todo la de orientación platónica, también había contribuido a acercarle a Cristo, manifestándole la existencia del Logos, la razón creadora.
Los libros de los filósofos le indicaban que existe la razón, de la que procede todo el mundo, pero no le decían cómo alcanzar este Logos, que parecía tan alejado. 
Sólo la lectura de las cartas de san Pablo, en la fe la Iglesia católica, le reveló plenamente la verdad. Esta experiencia fue sintetizada por Agustín en una de las páginas más famosas de «Las Confesiones»: cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, retirado en un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantinela, nunca antes escuchada: «tolle, lege, tolle, lege», «toma, lee, toma, lee» (VIII, 12,29). 
Entonces se acordó de la conversión de Antonio, padre del monaquismo, y con atención volvió a tomar un códice de san Pablo que poco antes tenía entre manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos en el que el apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (13, 13-14).
Había comprendido que esa palabra, en aquel momento, se dirigía personalmente a él, procedía de Dios a través del apóstol y le indicaba qué es lo que tenía que hacer en ese momento. 
De este modo sintió cómo se despejaban las tinieblas de la duda y se era liberado para entregarse totalmente a Cristo: «Habías convertido a ti mi ser», comenta («Las Confesiones», VIII, 12,30). Esta fue la primera y decisiva conversión.
El profesor de retórica africano llegó a esta etapa fundamental en su largo camino gracias a su pasión por el hombre y por la verdad, pasión que le llevó a buscar a Dios, grande e inaccesible. La fe en Cristo le hizo comprender que Dios no estaba tan alejado como parecía. 
Se había hecho cercano a nosotros, convirtiéndose en uno de nosotros. En este sentido, la fe en Cristo llevó a cumplimiento la larga búsqueda de Agustín en el camino de la verdad. Sólo un Dios que se ha hecho «tocable», uno de nosotros, era en último término un Dios al que se podía rezar, por el que se podía vivir y con el que se podía vivir.

La segunda conversión
Es un camino que hay que recorrer con valentía y al mismo tiempo con humildad, abiertos a una purificación permanente, algo que cada uno de nosotros siempre necesita. 
Pero el camino de Agustín no había concluido con aquella Vigilia pascual del año 387, como hemos dicho. Al regresar a África, fundó un pequeño monasterio y se retiró en él, junto a unos pocos amigos, para dedicarse a la vida contemplativa y de estudio. Este era el sueño de su vida. 
Ahora estaba llamado a vivir totalmente para la verdad, con la verdad, en la amistad de Cristo, que es la verdad. Un hermoso sueño que duró tres años, hasta que, a pesar suyo, fue consagrado sacerdote en Hipona y destinado a servir a los fieles. 
Ciertamente siguió viviendo con Cristo y por Cristo, pero al servicio de todos. Esto era muy difícil para él, pero comprendió desde el inicio que sólo viviendo para los demás, y no simplemente para su contemplación privada, podía realmente vivir con Cristo y por Cristo.
De este modo, renunciando a una vida consagrada sólo a la meditación, Agustín aprendió, a veces con dificultad, a poner a disposición el fruto de su inteligencia para beneficio de los demás. Aprendió a comunicar su fe a la gente sencilla y a vivir así para ella en aquella ciudad que se convirtió en la suya, desempeñando sin cansarse una generosa actividad, que describe con estas palabras en uno de sus bellísimos sermones: «Predicar continuamente, discutir, reprender, edificar, estar a disposición de todos, es un ingente cargo y un gran peso, un enorme cansancio» («Sermón» 339, 4). 
Pero él cargó con este peso, comprendiendo que precisamente de este modo podía estar más cerca de Cristo. Su segunda conversión consistió en comprender que se llega a los demás con sencillez y humildad.

La tercera conversión
Pero hay una última etapa en el camino de Agustín, una tercera conversión: es la que le llevó cada día de su vida a pedir perdón a Dios. Al inicio, había pensado que una vez bautizado, en la vida de comunión con Cristo, en los sacramentos, en la celebración de la Eucaristía, llegaría a la vida propuesta por el Sermón de la Montaña: la perfección donada en el bautismo y recon-firmada por la Eucaristía.
En la última parte de su vida comprendió que lo que había dicho en sus primeras predicaciones sobre el Sermón de la Montaña --es decir, que nosotros, como cristianos, vivimos ahora este ideal permanentemente-- estaba equivocado. 
Sólo el mismo Cristo realiza verdadera y completamente el Sermón de la Montaña. Nosotros tenemos siempre necesidad de ser lavados por Cristo, que nos lava los pies, y de ser renovados por Él. Tenemos necesidad de conversión permanente. 
Hasta el final necesitamos esta humildad que reconoce que somos pecadores en camino, hasta que el Señor nos da la mano definitivamente y nos introduce en la vida eterna. Agustín murió con esta última actitud de humildad, vivida día tras día.
Esta actitud de humildad profunda ante el único Señor Jesús le introdujo en la experiencia de una humildad también intelectual. Agustín, que es una de las figuras más grandes en la historia del pensamiento, quiso en los últimos años de su vida someter a un lúcido examen crítico sus numerosísimas obras. Surgieron así las «Retractationes» («revisiones»), que de este modo introducen su pensamiento teológico, verdaderamente grande, en la fe humilde y santa de aquella a la que llama simplemente con el nombre de Catholica, es decir, la Iglesia. «He comprendido --escribe precisamente en este originalísimo libro (I, 19, 1-3)-- que sólo uno es verdaderamente perfecto y que las palabras del Sermón de la Montaña sólo son realizadas totalmente por uno solo: en Jesucristo mismo. Toda la Iglesia, por el contrario, todos nosotros, incluidos los apóstoles, tenemos que rezar cada día: "perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden"».
Convertido a Cristo, que es verdad y amor, Agustín le siguió durante toda la vida y se convirtió en un modelo para todo ser humano, para todos nosotros en la búsqueda de Dios. Por este motivo quise concluir mi peregrinación a Pavía volviendo a entregar espiritualmente a la Iglesia y al mundo, ante la tumba de este grande enamorado de Dios, mi primera encíclica, Deus caritas est. Ésta, de hecho, tiene una gran deuda, sobre todo en su primera parte, con el pensamiento de san Agustín.
También hoy, como en su época, la humanidad tiene necesidad de conocer y sobre todo de vivir esta realidad fundamental: Dios es amor y el encuentro con él es la única respuesta a las inquietudes del corazón humano. Un corazón en el que vive la esperanza --quizá todavía oscura e inconsciente en muchos de nuestros contemporáneos--, para nosotros los cristianos abre ya hoy al futuro, hasta el punto de que san Pablo escribió que «en esperanza fuimos salvados» (Romanos, 8, 24). A la esperanza he querido dedicar mi segunda encíclica, Spe salvi, que también ha contraído una gran deuda con Agustín y su encuentro con Dios.
Un escrito sumamente hermoso de Agustín define la oración como expresión del deseo y afirma que Dios responde ensanchando hacia él nuestro corazón. 
Por nuestra parte, tenemos que purificar nuestros deseos y nuestras esperanzas para acoger la dulzura de Dios (Cf. San Agustín, «In Ioannis», 4, 6). Sólo ésta nos salva, abriéndonos además a los demás. Recemos, por tanto, para que en nuestra vida se nos conceda cada día seguir el ejemplo de este gran convertido, encontrando como él en todo momento de nuestra vida al Señor Jesús, el único que nos salva, que nos purifica y nos da la verdadera alegría, la verdadera vida. 
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 27 febrero 2008

12 de agosto de 2012

مثل سيدي - جيلبير جلخ (Noursat)

Himno en árabe con las palabras del Hermano Carlos de Foucauld:
"... Dios que es infinito, todopoderoso, se ha convertido en humano, por lo menos la de los seres humanos Mi camino es buscar siempre el lugar más bajo, al ser tan poco como a mi.
 Maestro, a caminar con él, paso a paso como un fiel discípulo. Mi camino es a vivir con mi Dios, que vivía de esta manera toda su vida y que me ha dado un ejemplo desde su nacimiento .... 
Yo tenía sed de llevar por fin, la vida que he estado buscando estos siete años, la vida me entrevisto y adivinado cuando caminaba por las calles de Nazaret, donde los pies de nuestros señores habían pisado, que el artesano pobres desapercibido en su bajeza y oscuridad ..... "

10 de febrero de 2012

MONACATO Y VIDA RELIGIOSA.


Configurados con Cristo de una forma especial por su consagración, todos los religiosos reciben de Jesús mismo una misión en orden a hacerle presente hoy a Él de algún modo.
Así la vida religiosa en su totalidad tiene la misión de mostrar la mundo a lo largo de los siglos que Jesús, ya glorioso y sentado a la derecha del Padre, sigue vivo ayudando a los hombres y orando por ellos, tal y como hizo durante su existencia terrena.
Jesús sigue vivo en medio de su Iglesia, pero su presencia ya no es física y tangible entre nosotros; sin embargo es tan real como entonces y, además, universal en el más amplio sentido de la palabra.
El Espíritu sigue suscitando, a través del tiempo, hombres y mujeres que reproduzcan más visiblemente que los demás cristianos y mediante una vocación y misión especiales, los distintos aspectos de lo que Jesús hizo mientras vivió físicamente entre nosotros.
Así, unos son llamados a reproducir e imitar su celo apostólico por la extensión del Reino, otros nos muestran a Jesús haciendo el bien mediante las más variadas obras de misericordia; otros también hoy somos llamados a reproducir en la Iglesia y para el mundo aquella faceta del rostro de Cristo que lo muestra orando al Padre, sosteniendo una relación personal y personalizante con Él, y hablándole amorosamente de este mundo que había venido a salvar.
Es este dato de la relación que Jesús mantuvo siempre con su Padre, subrayado incontestablemente por los Evangelios, el que la Iglesia ha encomendado siempre a los monjes de una forma particular, para que así ella pueda seguir mostrando siempre al mundo su carácter genuinamente transcendente y divino.
Ella, la Esposa, no puede dejar de reflejar en su vida y misión aquél carácter primordial del Esposo por el que Él es, ante todo, "el Religioso del Padre", es decir, su más perfecto adorador (nunca mejor dicho) en espíritu y verdad
Cuando Jesús nos manifestó una unión definitiva entre Él y todo hombre, (muy especialmente con todo hombre que sufre: "Cuanto hiciste a uno de estos mis humildes hermanos...") no estableció sin embargo entre ambos una identificación absoluta, cosa que, por otro lado, tanto teológica como antropológicamente es insostenible.
Por ello la Presencia del Dios transcendente sigue siendo en la Iglesia el dato fundamental y fundante, y es esta Presencia Primordial la que Ella siempre debe expresar clara y visiblemente si quiere ser fiel a su propia esencia y si quiere seguir manifestando al mundo su más insobornable verdad.
La vida monástica presta, insertada de lleno en el Corazón de la Iglesia, un servicio insustituible a la misma cuando hace vida propia la proclamación de este Misterio. Si el mártir tiene el privilegio de proclamar con su muerte la total primacía de Dios sobre todo lo creado, el monje tiene la humilde obligación de proclamarlo con su vida: "La Iglesia os estima, la Iglesia os guarda, a vosotros que habéis tomado en medio de la humanidad la obligación de decir con toda vuestra vida que Dios existe y que debe ser hecho objeto de toda la atención del hombre: vuestra vida dice propiamente eso.
Vuestra vocación es por lo mismo tan hermosa en el concierto de alabanza que la Iglesia eleva a Dios y a Jesucristo, su Señor y Salvador, que si antes de ahora vuestra vida no existiera, Ella debería crearla, debería inventarla, debería andar a la búsqueda de alguno de sus hijos para decirle: ¿hay alguno que quiera...?
En estos momentos la Iglesia por nuestra voz os habla y reconoce el importantísimo deber que en ella desempeñáis. La Iglesia y yo mismo os lo agradecemos. Perseverad, continuad de un modo consciente en vuestra misión. Sed lo que sóis".
La Iglesia no es el fruto cumplido de un simple humanismo, por más depurado y elevado que se quiera. Por eso, si bien es verdad que "por la predicación del Evangelio de salvación es llamado el cristiano a seguir a Cristo y debe contribuir a la edificación de la ciudad terrestre (...), con esta misión, sin embargo, no se expresa todo el misterio de la Iglesia, ya que puesta al servicio de Dios y de los hombres, es al mismo tiempo, y principalmente, reunión de todos los redimidos que, por el Bautismo y los demás sacramentos, han pasado ya de este mundo al Padre.
Está, pues, ’entregada a la acción y dada a la contemplación’, en el sentido de que lo humano está ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación. Por lo tanto es bueno y conveniente que algunos fieles expresen esta nota contemplativa de la Iglesia con una vida de verdadero retiro en la soledad, adornados con este carisma del Espíritu, para ’vacar sólo a Dios en asidua oración y gozosa penitencia’ (Perfectae Caritatis, 7)".
El monje, pues, con su sola existencia manifiesta la mundo de una forma particularmente expresiva, esta nota (repetimos) esencial de la Iglesia, sin la cual la imagen que Ella ofrecería de sí misma sería no solamente pobre, sino del todo falsa.
Es por ello que el Magisterio siempre ha demostrado un profundo respeto y veneración por este estilo peculiar de consagración a Dios que el Espíritu hizo surgir, no casualmente, como primera forma de vida religiosa en la Iglesia y que a lo largo de los siglos hasta hoy, se ha mantenido como una presencia perenne e insustituible en su seno: "...existe una íntima conexión entre la ’contemplación’ y el compromiso en favor de la ’transformación’ del mundo.
Consciente de ello la Iglesia siempre ha atribuido una importancia especial a la función de las almas contemplativas que, en el recogimiento, en la oración y en el sacrificio escondido, entregan su vida a Dios por la salvación de sus hermanos.
Ojalá que, también hoy, sean numerosa las personas que tengan la generosidad necesaria para acoger la llamada de Dios y afrontar la aventura, a la vez exigente y fascinante, de la búsqueda exclusiva del diálogo con Aquel que es la fuente de toda existencia humana".