27 de abril de 2011

Pregón Pascual en El Salvador 2011......

Vivimos en tierra extraña, pero seguimos cantando
por Jon Sobrino
I
Es bueno, Señor, cantar con alegría ante este cirio. Nos hace presente a Jesús, tu Hijo y nuestro hermano. Pasó haciendo el bien porque tú estabas con él.
Con todos fue honrado y a todos dijo la verdad. Con los pequeños actuó con compasión, y con los poderosos entró en conflicto. Por defender a pobres y víctimas lo arriesgó todo, su tranquilidad, su buen nombre, su vida. Estorbó a los poderosos y por eso lo mataron. No hubo ningún macabro designio. Bien lo entendemos los salvadoreños. Así sucedió con Rutilio y con Monseñor, con Rufina la superviviente de El Mozote, asesinada en sus hijos pequeños, y con nuestras hermanas norteamericanas.

Jesús no murió consumados largos años como el padre Abraham, sino joven. Ni murió pacíficamente como la tradición narra la muerte de su madre María, sino con crueldad. La cruz de los campanarios, la cruz bordada en estolas y mitras, la cruz de coronas imperiales y de joyas costosas, nada tienen que ver con los dos palos y los tres clavos de la cruz en que murió Jesús. Los ciudadanos y nobles romanos morían ejecutados a espada, muerte con dignidad. Los sediciosos y esclavos insumisos morían crucificados, muerte cruel y con oprobio.Nada de esto hay que olvidar, Señor, aunque abruma el recordarlo. Esta noche, sin embargo, desde dentro nos sale cantar, y cantamos. No es fácil encontrrar palabras para formular lo que ocurrió, pero desde el principio y a lo largo de los siglos permanece la convicción: la cruz no tuvo la última palabra. Pedro lo proclamó muy pronto: "Ustedes lo mataron, pero a este Jesús Dios lo resucitó”. Leonardo Boff escribe bellamente: "La grama no creció sobre su tumba”. Y nosotros decimos: "El verdugo no triunfó sobre la víctima”. Te alegras, Señor, con la vida de Jesús y le das la razón. Jesús es el ser humano cabal. Es tu Hijo amado.

Por ello, sin trivializar la cruz en modo alguno, podemos catar: Jesús resucitado nos trae una luz que vence la oscuridad de nuestra mente y nos contagia un calor que triunfa sobre el frío y la tristeza que a menudo invade nuestro corazón.

Esto es lo que significa este cirio en este templo de El Carmen. El templo es sencillo, pero aporta luz y calor a la celebración. Está aseado con cariño y diligentemente por gente sencilla y pobre. Y está decorado con modestia. Sin pompa ni solemnidad, hay mucho amor en él. Y por ello este templo de lámina acoge al resucitado mejor que palacios suntuosos.

Para cantar con alegría, y también con honradez, digamos unas palabras, en primer lugar sobre lo que no se suele tener muy en cuenta, y después sobre lo fundamental.

II
Una dificultad. "¿Cómo cantar a Yahvé en tierra extraña?”, se preguntaban, desconsolados, los israelitas en el exilio de Babilonia. También nosotros vivimos hoy en tierra extraña y cruel, en una tierra enemiga de los pobres y que produce víctimas sin cuento.

Hace unos días, en Siria, país fronterizo con la tierra de Jesús, fueron asesinadas 72 personas, y siguen los asesinatos. Aquí, en la tierra de Monseñor Romero, la prensa, que llena portadas con veleidades, muchas veces insultantes, no puede esconder totalmente la verdad. En lo que va de año más de 1300 personas han sido asesinadas, y han ido en aumento los asesinatos de mujeres. Los asesinatos se cometen muchas veces con gran crueldad, y aparecen cadáveres troceados, tirados en bolsas. Ayer, víspera de sábado santo, apareció el cadáver de un niño de seis años, degollado junto con su mamá de 35 años.

Señor, ¿es posible cantar? Monseñor creyó en la resurrección de Jesús y en la suya propia. Cantó al resucitado, aunque no le era fácil, pues no cantaba irresponsablemente. "Yo vivo en un hospital [para enfermos de cáncer incurable] y siento de veras de cerca el dolor, los quejidos del sufrimiento en la noche, la tristeza del que llega teniendo que dejar su familia”. Y vivió en medio de la cruda represión. "Esta semana se me horrorizó el corazón cuando vi a la esposa con sus nueve niñitos pequeños que venía a informarme. Al marido lo encontraron con señales de tortura y muerto”. Monseñor cantaba en tierra extraña y cruel.

Sólo cuando no es fácil cantar porque no cerramos los ojos ante la infamia y la barbarie, como no lo hizo Monseñor, tenemos el derecho de cantar al resucitado. Y sólo entonces podemos cantar en verdad.

Yendo hasta el fondo, no se puede cantar al resucitado sin defender a los crucificados. "Sólo puede cantar gregoriano, decía un gran cristiano en tiempos del nazismo, quien defiende a los judíos”, y murió ejecutado. Monseñor sí podía cantar gregoriano.

Una tentación. "No se queden mirando al cielo”. En la ascensión Jesús nos lo prohíbe. Y en las apariciones nos intima: "vayan al mundo”. El resucitado no aprueba ningún tipo de evasión, salirnos de esta historia difícil y costosa para elevarnos a otra maravillosa, aunque en ella ocurran milagros y apariciones.

Jesús no resucitó para eso. Resucitó para darnos vida a nosotros, y para que nosotros, insertos en nuestra sociedad, demos vida a otros -como él lo hizo inserto en la suya. El resucitado nos aparta de sí, nos envía y nos dice a qué y para qué: "Vayan a anunciar la buena noticia a los pobres. Sean libres y liberen a los oprimidos. Llévense unos a otros, perdónense y reconcíliense. No tengan miedo y quiten el miedo a los demás. Tengan paz y trabajen por la paz. Sean justos y trabajen por la justicia. Den de comer a las masas hambrientas. Y bajen de la cruz a los crucificados”.

Tampoco se aparece Jesús para que nos quedemos extasiados viéndole subir entre nubes. El resucitado no es egocéntrico, no vive para sí. No nos pide ojos abiertos para mejor verle a él, sino ojos bien abiertos, y no cerrados, para ver a los que siguen crucificados -y así verle mejor a él. No le interesan homenajes a su persona -no está obsesionado consigo mismo como lo solemos estar nosotros-, sino que quiere vida, liberación y dignidad para los crucificados de hoy. En ellos está, aunque eso no aparezca en muchas estampas y cantos piadosos.

Una exigencia. "Mete tu mano en mi costado”. Jesús se apareció, y se nos aparece. Tomás le dice "Señor mío y Dios mío”. Pero bien visto, Jesús no ofrece un espectáculo que deja boquiabiertos, ni ofrece una medicina milagrosa. Se dejó ver y oír, pero pidió que le tocásemos. Y al tocarle, vemos con asombro que sigue siendo un crucificado, en lo que insiste el evangelio de Juan. Tocarle ofrece algo de sosiego a las dudas -lo que busca la apologética. Pero exige sobre todo honradez para mantener el escándalo: Jesús muestra a sus discípulos manos y costado con las heridas de los clavos y de la lanza.

Este, y no otro, es el resucitado que se apareció a las mujeres y a los discípulos. Y aceptado como es, el escándalo se torna en bienaventuranza. Entonces Jesús se deja ver, oír y tocar como la fuerza de la vida, con palabras de paz que superan el miedo, con el encargo de perdonar, lo que supera el abatimiento, como dice el mismo Juan.

El resucitado es el crucificado. "Sea la suya, nos dice Jesús, una espiritualidad del sábado santo. Siempre con un pie en la pasión del viernes y siempre con el otro pie en la resurrección del domingo”. Desde la resurrección, recuerda lo que prometió en vida. "El que pierde su vida por el Evangelio, la gana”.

III
La verdad. "Dios ha resucitado a Jesús”. La resurrección manifiesta la verdad de Jesús. Fue el ser humano cabal y por ello víctima de quienes son seres inhumanos. Dios no podía dejarle morir, y lo devolvió a la vida. No lo des-humanizó "haciéndolo poderoso”, sino que lo humanizó en plenitud, "poniendo en sus manos Espíritu”, energía y fuerza de vida, de compasión, de justicia, de verdad. Así Jesús se mostró afín al Padre. Es el Hijo amado.

Y la resurrección confirma cuanto Jesús había dicho de Dios y de nosotros, sensata y escandalosamente. Lo acaba de recordar otro gran cristiano, de nombre José Antonio Pagola.

Jesús confío en el Padre, y tras su resurrección sabemos que Dios es un Padre fiel y digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Y en quien siempre podemos confiar.

Jesús tuvo pasión por una vida más sana, justa y dichosa de los pobres. Tras su resurrección sabemos que Dios es amigo de la vida, y que nosotros debemos ser amigos de los pobres.

Jesús defendió de sus victimarios a las víctimas inocentes, a los débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y a los olvidados y despreciados por la religión. En la resurrección Dios le dio la razón, y sabemos que es un Dios de la justicia. A nosotros nos toca luchar contra la muerte en favor de la vida, contra la mentira en favor de la verdad, contra la arrogancia en favor de la sencillez, contra el odio en favor del amor.

El resucitado proclama la gran verdad y buena noticia: Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos.

La alegría. "Le reconocieron al partir el pan”. Cuando caminaba por Galilea, Jesús se preocupó del pan: "denles de comer”. Y muchas veces celebró lo humano y lo divino alrededor de una mesa. También el resucitado se apareció alrededor de mesas y alimentos. Y nos dejó su testamento: "Coman juntos y acuérdense de mí”.

Comer es hoy el anhelo de millones de hambrientos. Comer juntos, todos y todas, es la esperanza de que ya no seremos lobos unos para otros, de que no habrá hombres y mujeres, ancianos y niños sin hogar, que no habrá caínes ni muertes prematuras.

En el pan de la solidaridad, en el vino de la alegría, en las manos juntas, el resucitado se nos hace presente y trae alegría. Recordamos a Jesús. Y celebramos al resucitado.

La esperanza. "Resucitó como el primogénito de muchos hermanos”. Jesús fue el primero, pero no el único en resucitar. Es el hermano "mayor”. Pero no quiere vivir en soledad, como único héroe elegido y separado de la humanidad.

En vida fue el hermano mayor en la fe, viviéndola en plenitud, poniendo su confianza en el Padre Abba, y manteniéndose siempre disponible ante el misterioso Dios. Y en la resurrección sigue siendo el hermano mayor. A la suya seguirá la nuestra, la de todos y la de todas. La familia humana, toda ella, desde el inicio de los tiempos, llegará a ser una realidad. Sin forzarla mecánicamente, la resurrección de Jesús posibilita esa esperanza.

Pero la esperanza tiene otras raíces, además de la resurrección de Jesús. "No toda vida es ocasión de esperanza, pero sí la de quien, por amor, carga con la cruz”, dice un teólogo alemán que vino a rezar al jardín de rosas de la UCA donde mataron a los jesuitas.

Ojalá tengamos ambas esperanzas. De las dos, una con fundamento en el futuro de la utopía, otra con fundamento en el amor hasta el extremo, tenemos que vivir y esperar. "Al final Dios será todo en todos”.

IV
¿Creemos en la resurrección de Jesús?, nos preguntamos para terminar. No es cosa de cantar y rezar. En definitiva todo se decide -aun con muchas cosas en contra- en la propia vida, en la experiencia de una presencia que no muere, que nos atrae y nos impele hacia adelante. Nunca la poseemos, pero puede suceder que nos sintamos poseídos por ella. Así lo hemos formulado.

"En la historia se puede vivir con resignación o desesperación, pero se puede vivir también atraídos por una presencia que es promesa de justicia y reconciliación. Quien es poseído por la esperanza de que las víctimas tengan vida, a quien no le convence la resignación, ni le sosiega el carpe diem, ni el pragmatismo de que las víctimas ya sirvieron para algo, ése podrá tener una esperanza como la de quienes creyeron en el resucitado. Quien tiene amor y libertad para dar su propia vida, quien celebra lo que hay ya de plenitud, quizás no verá la historia como absurda o banal, ni como repetición de lo mismo. Podrá ver el futuro como promesa de un "más” que nos atañe y atrae sin poderlo remediar”. Y eso ocurre.

Qué nombre poner a ese "más”, si y cómo personalizarlo, es cosa personal e indelegable. Lo podemos llamar "el Dios de la esperanza”, lo que remite a la trascendencia. Esta noche cantamos a "Jesús resucitado” que, en parte, sigue remitiendo a la historia. Pero mientras la esperanza no ponga límites al caminar, quizás se pueda aceptar que tampoco hay límites en el motor de esa esperanza. El ”más” es siempre "más”. Es el misterio de Dios que se ha desbordado en su Hijo.

Hay cristianos que, en cuanto uno puede juzgar, se dejan llevar por ese "misterio”. Y ellos mismos son presencia del misterio. Monseñor Romero juró en palabras muy históricas estar siempre con su pueblo. "Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio exige”. Así vivió. Y se cumplió lo que predijo en términos de resurrección: "Resucitaré en mi pueblo”. Su presencia histórica y actual se ha convertido en reserva inagotable de esperanza.

Con la esperanza que muchos han generado, con Monseñor, a la cabeza, seguimos esperando. Y esta noche, con una esperanza especial, la que genera Jesús crucificado y resucitado. Con esa esperanza terminamos este pregón pascual. Y cantamos:

"Alégrese, comunidad de El Carmen. Alégrense todos, hombres y mujeres de buena voluntad en todas partes del mundo, de todas las religiones, mayas, budistas, del Islam, de todas las Iglesias cristianas, de todas las comunidades evangélicas. Alégrense todos los que aman la verdad y buscan humanidad… Y alégrense ustedes, los pobres, a quienes la vida les es ingrata. Dios y su Hijo resucitado están con ustedes”.

Señor, en El Salvador hemos visto muchas semillas del "misterio” de la resurrección de Jesús. Por eso, aunque seguimos en tierra extraña, cantamos.

23 de abril 2011

El Carmen, Santa Tecla.

26 de abril de 2011

Teresa de Jesús se "encuentra" con el resucitado (2)....

Teresa de Jesús se encuentra con el Resucitado:
Teresa de Jesús no puede acallar sus impulsos ante esta experiencia que ha vivido y brota de lo más profundo de su corazón una bella oración a Cristo resucitado, pero para que podamos saborear con calma estas palabras con las que nos comenta cómo ha sido esta visión cómo Teresa ora ante el Resucitado.

Santa Teresa de Jesús es maestra de oración y por ello podemos encontrarnos con sus oraciones que va intercalando a lo largo de sus escritos. Teresa escribe, pero no se niega a orar mientras escribe y quiere hacernos partícipes de su oración, quiere que oremos con ella a su querido Esposo:

“¡Oh Jesús mío!, ¡quién pudiese dar a entender la majestad con que os mostráis! Y cuán Señor de todo el mundo y de los cielos y de otros mil mundos y sin cuento mundos y cielos que Vos crearais, entiende el alma, según con la majestad que os representáis, que no es nada para ser Vos señor de ello.

Aquí se ve claro, Jesús mío, el poco poder de todos los demonios en comparación del vuestro, y cómo quien os tuviere contento puede repisar el infierno todo. Aquí ve la razón que tuvieron los demonios de temer cuando bajasteis al limbo, y tuvieran de desear otros mil infiernos más bajos para huir de tan gran majestad, y veo que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene esta sacratísima Humanidad junto con la Divinidad. Aquí se representa bien qué será el día del juicio ver esta majestad de este Rey, y verle con rigor para los malos. Aquí es la verdadera humildad que deja en el alma, de ver su miseria, que no la puede ignorar. Aquí la confusión y verdadero arrepentimiento de los pecados, que aun con verle que muestra amor, no sabe adonde se meter, y así se deshace toda” (V 28,8-9).

La Santa de Ávila se queda obnubilada ante la visión del Resucitado que ya nos ha relatado. Es una majestad difícil de explicar, hay que “verla” para comprenderla. Ahora, ante esta visión, Teresa ora al Señor del mundo y de los cielos. Cristo Resucitado es Señor del universo, es Cristo Rey. Su poder se encuentra por encima de cualquier poder y por ello “los demonios temieron cuando bajó a los infiernos”.

Su poder es inmenso, es Humanidad y Divinidad unidas, Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Cristo se “muestra” a Teresa en su Humanidad y Divinidad y le hace comprender su grandeza y poder. La luz de la Resurrección llena a Teresa y le introduce en la Divina Majestad de Cristo Resucitado.

El resultado de esta visión es que deja una gran humildad en el alma, Teresa de Jesús al ver al Resucitado ora y descubre su miseria. Ante el Resucitado todo queda al descubierto, todo es iluminado por la clara y transformante luz de la Resurrección. Teresa nos invita a reconocer y a arrepentirnos de nuestros propios pecados, no se puede hacer nada mejor ante esta Divina Majestad.

Cristo Resucitado con su luz nos envuelve en un haz de amor y de perdón, Cristo nos ha salvado y ante esta realidad Santa Teresa de Jesús no sabe dónde meterse, se deshace toda y se deja inundar por la luz de la Resurrección.

La Santa de Ávila nos ha mostrado su encuentro con el Resucitado, nos lo ha descrito con detalle y nos ha enseñado a orar ante Él, ahora nos toca a nosotros asumir estas palabras que Teresa de Jesús quiere que anunciemos a todos nuestros hermanos y proclamemos con todas nuestras fuerzas que ¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!

Fray Rafel Pascual Elías

Santo Desierto de San José de Batuecas

25 de abril de 2011

Teresa de Jesús se "encuentra" con el resucitado (1)....

Este árticulo pertenece a Fray Rafael Pascual Elías, del Santo Desierto de San José de las Batuecas y en este maravilloso tiempo de Pascua deseamos compartirlo con todos los amigos y amigas de Munaysonqo para que nos ayude a tener la misma experiencia de la Santa Doctora,"encontrarnos" con el buen Hermano y Señor.
Hermanos/as les deseamos de corazón que el resucitado llene sus hogares de paz y bien, FELICIDADES!!!!!!
Hno. Claudio.-

Teresa de Jesús y el Resucitado

Santa Teresa de Jesús vive en plenitud la Resurrección de Cristo y es el mismo Cristo resucitado quien se le aparece. Ella misma nos lo cuenta en el libro de la Vida:

“Estando un día en oración, quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura que no lo podría yo encarecer. … Desde a pocos días, vi también aquel divino rostro, que del todo me parece me dejó absorta. No podía yo entender por qué el Señor se mostraba así poco a poco, pues después me había de hacer merced de que yo le viese del todo, hasta después que he entendido que me iba Su Majestad llevando conforme a mi flaqueza natural. ¡Sea bendito por siempre!, porque tanta gloria junta, tan bajo y ruin sujeto no la pudiera sufrir. Y como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo …

Sonlo tanto los cuerpos glorificados, que la gloria que traen consigo ver cosa tan sobrenatural hermosa desatina … Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad … Sólo digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?” (V 28, 1-3).

El “encuentro” de Teresa con Cristo resucitado es un camino en el que poco a poca va descubriendo la Gloria de Dios. Es una realidad que le desborda y que le llena de inmensa felicidad y gozo. Teresa de Jesús ve en primer lugar solamente las manos. Esas manos que años más tarde le van a entregar un clavo que se convierte en signo del matrimonio espiritual de Teresa con Cristo. Son las manos con las que Cristo acaricia, cura y consuela a Teresa. No queda todo en las manos, sino que pocos días después ve el divino rostro de Cristo que le marca en su interior profundamente. Ese rostro que ha contemplado tantas veces en la Pasión sudando sangre, escupido, abofeteado, coronado de espinas y al final caído sobre el propio pecho lo ve ahora glorificado. Ya no es un rostro doloroso y sufriente, sino que es un rostro glorificado, iluminado y radiante de una potente luz que proviene de la resurrección.

La Santa de Ávila se pregunta por qué Cristo se le va mostrando poco a poco y no lo hace de una vez. Se da cuenta de que no se halla preparada, de que su persona no se encuentra en condiciones de contemplar tanta belleza y hermosura junta en la persona de Cristo resucitado. Cuando reconoce y asume esta debilidad, llega el momento en que toda la Humanidad de Cristo se le muestra. Cristo resucitado se le manifiesta ya en su plenitud, igual que a la Magdalena en la mañana de Pascua. El mismo Dios hecho carne y resucitado de entre los muertos se le aparece a Teresa y le transforma totalmente. Es una experiencia que va a convertirse en un jalón clave de su vida espiritual. Es algo que nunca olvidará y que va a cambiar por completo la vida de Teresa de Jesús hasta tal punto que nos dirá que “no hay poderlo olvidar … queda el alma otra, siempre embebida”.

Teresa de Jesús no se conforma con describir su encuentro con el Resucitado. Quiere que lleguemos a comprender, quiere que la entendamos para poder compartir con ella la alegría de la Resurrección. Nos dice que “esta visión, aunque es imaginaria, nunca la vi con los ojos corporales, ni ninguna, sino con los ojos del alma”.

Es una realidad que “ciega” a Teresa, y le llena de la presencia de su Esposo “no es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista y no la cansa, ni la claridad que se ve para ver esta hermosura tan divina. Es una luz tan diferente de las de acá, que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se querrían abrir los ojos después. Es como ver un agua clara, que corre sobre cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia y con gran nublado y corre por encima de la tierra. No porque se representa sol, ni la luz es como la del sol; parece, en fin, luz natural y estotra cosa artificial. Es luz que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba nada. En fin, es de suerte que, por gran entendimiento que una persona tuviese, en todos los días de su vida podría imaginar cómo es. Y pónela Dios delante tan presto, que aun no hubiera lugar para abrir los ojos, si fuera menester abrirlos; mas no hace más estar abiertos que cerrados, cuando el Señor quiere; que, aunque no queramos, se ve.”.

La Santa de Ávila habla siempre por experiencia, todo lo que nos relata antes lo ha vivido y quiere transmitírnoslo con sus propias palabras: “diré, pues, lo que he visto por experiencia. Bien me parecía en algunas cosas que era imagen lo que veía, mas por otras muchas no, sino que era el mismo Cristo, conforme a la claridad con que era servido mostrárseme. Unas veces era tan en confuso, que me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por muy perfectos que sean, que hartos he visto buenos; es disparate pensar que tiene semejanza lo uno con lo otro en ninguna manera, no más ni menos que la tiene una persona viva a su retrato, que por bien que esté sacado no puede ser tan al natural, que, en fin, se ve es cosa muerta. No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado, no más ni menos. Porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muerto, sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios; no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado; y viene a veces con tan grande majestad, que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan señor de aquella posada, que parece toda deshecha el alma se ve consumir en Cristo”.

Esta visión de Teresa provoca en ella un cambio radical, “queda el alma otra, siempre embebida”, Teresa de Jesús es transformada por el encuentro con Cristo resucitado y “tan imprimida queda aquella majestad y hermosura, que no hay poderlo olvidar, si no es cuando quiere el Señor que padezca el alma una sequedad y soledad grande, que aun entonces de Dios parece se olvida”.

Además “viendo” a Cristo resucitado descubre su Humanidad y la omnipotencia y amor de Dios que todo lo llena “porque con los ojos del alma vese la excelencia y hermosura y gloria de la santísima Humanidad y se nos da a entender cómo es Dios y poderoso y que todo lo puede y todo lo manda y todo lo gobierna y todo lo hinche su amor”.

No pensemos que este tipo de visiones pueden ser engaños del demonio o producto de la psicología. Esta visión es muy diferente a todo eso y para la Santa de Ávila “ ser imaginación esto, es imposible de toda imposibilidad. Ningún camino lleva, porque sola la hermosura y blancura de una mano es sobre toda nuestra imaginación: pues sin acordarnos de ello ni haberlo jamás pensado, ver en un punto presentes cosas que en gran tiempo no pudieran concertarse con la imaginación, porque va muy más alto -como ya he dicho¬ de lo que acá podemos comprender; así que esto es imposible”. (V 28, 4-11)