28 de abril de 2009

Mas del 6 -1

Evo, Evo... se te crecera la naricita...

Buenos Aires, 28 abr (EFE).- El presidente de Bolivia, Evo Morales, confesó que para él era mejor que Argentina ganara en vez de perder por goleada (6-1) en La Paz ante la selección boliviana por las eliminatorias mundialistas suramericanas, porque ello hubiera ayudado a revertir el veto de la FIFA a jugar en la altura.

"Entre nosotros, yo hinchaba por Bolivia, pero también quería que ganara Argentina. Yo sabía que si Argentina ganaba nos daban (la autorización definitiva) de la FIFA para jugar en la altura", dijo en una entrevista que publica hoy el diario bonaerense Página/12.

"Si gana Bolivia no nos dan la altura, le soy sincero", matizó el mandatario.

Morales se declaró "realista" y consideró que "más importante es ganar la altura que ganar ese partido", que se disputó el 1 de abril pasado en el estadio Hernán Siles de La Paz, a 3.600 metros de altura.

Argentina, que dirige Diego Maradona, sufrió ante Bolivia la peor derrota desde la goleada por 6-1 que le propinó Checoslovaquia en el Mundial de 1958, disputado en Suecia.

La Comisión Médica de la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol (FIFA) veta la disputa de partidos a más de 2.750 metros de altitud.

Morales quería que Argentina le ganara a Bolivia para revertir el veto a la altura

26 de abril de 2009

Llevar vidas.... II

MEMORIAS DEL SUBSUELO
El infierno del paco en las villas de emergencia. Hablan los curas amenazados por su documento antinarco, que comenzó como un informe interno y terminó en todos los diarios.
Por Jorge Lanata


Señor, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos, que parecen tener ocho años, tengan trece. Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear por el barro; yo me puedo ir, ellos no. Señor, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de las aguas servidas de las que me puedo ir y ellos no. Señor, perdóname por encender la luz y olvidarme de que ellos no pueden hacerlo. Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no: porque nadie hace huelga con su hambre. Señor, perdóname por decirles no sólo del pan vive el hombre y no luchar con todo para que rescaten su pan. Señor, quiero quererlos por ellos y no por mí. Ayúdame. Señor, sueño con morir por ellos: ayúdame a vivir para ellos. Señor, quiero estar con ellos a la hora de la luz. Ayúdame.
Oración del padre Mugica,“Meditación en la villa”.


La gente se droga porque le duele el mundo. Cada dolor es distinto, como cada mundo lo es: la señora de clase media se droga con Lexotanil; el broker con cocaína, dinero fácil o anabólicos; el político con el poder; la chica de la disco con speed y bicho; los abuelitos con Viagra y licor; los niños con televisión y video games; casi todos con alcohol; todos con café, y en las villas con paco.

Los dolores son de distinta intensidad, pero duelen sonando en la misma nota: el vacío, la angustia, la soledad, el futuro. Las drogas son como las vacunas: inoculan veneno hasta que después no hacen nada. En la noche eso se llama “shot”. Ese microsegundo, durante el shot, el mundo desaparece. Y deja de doler. Lo demás es una cacería hasta el próximo shot.

El paco ha hecho verdadera la peor pesadilla de los que lucran con los tratamientos de desintoxicación: te quema la cabeza. Te quema la cabeza, mal. Y rápido. Te taladra el cerebro como ninguna otra cosa. El paco es pasta base, restos, lo que queda de la basura después de barrer con cuidado, la sub-basura, mezclada con acetona, vidrio molido, fructosa y mierda. Dicen que la patada es fuerte, pero mínima: dedos en el enchufe.

Y el adicto se declara tal en una semana o dos. Según el Observatorio de Drogas del gobierno porteño, diez chicos por día son internados en esta ciudad por intoxicación con paco.

Según la Red de Madres contra el Paco, sólo en Lomas de Zamora hay cuatrocientos chicos internados en rehabilitación, con un promedio de cuatro por día. Y entre ocho y diez mueren cada semana por sobredosis. El paco arrasa las villas, el 5,7% de la población de Buenos Aires, 170.397 personas con una edad promedio de 24 años y de los cuales cuatro de cada diez son niños menores de diez años. Está más vinculada con el paco la deserción escolar que el delito: muchos adolescentes que dejan el secundario terminan en el paco y sólo el 6% del total de los delitos son cometidos por menores.

El “Mensaje de los sacerdotes para las villas de emergencia”, conocido el pasado 25 de marzo, tuvo una repercusión inusual: comenzó como un documento interno para “Noticlero”, una especie de correo electrónico intercuras, y terminó en la tapa de los diarios a partir de que algunos de sus autores fueron amenazados por el narcotráfico.“JP” es José María “Pepe” Di Paola, que vive hace trece años en la villa 21, tiene pelo largo, un poco desaliñado y aspecto de apóstol de una película de romanos. “GC” es un vecino reciente de la villa 1-11-14, adonde llegó desde Villa Fátima, en Soldati.

Es alto y delgado, lleva gafas de Lennon o de abuelito y parece un investigador del Conicet. Cuando recuerdan al padre Ricciardelli, o a Mugica, o a Vernazza, o a Daniel de la Sierra, dicen sentirse parados en las espaldas del gigante. “GT” lleva diez años en la villa 31, aquella de las casas de varios pisos, es retacón y bien podría pasar por un cura del bosque de Sherwood esperando la llegada de Robin Hood.

Los tres pelean esta pelea del lado de Dios.

–¿Cuándo fue la primera vez que viste a un chico consumiendo paco?

JP: –No me acuerdo, pero si miro para atrás, la villa en un momento hace un crac por el paco. Habrá sido alrededor de 2001.

–¿Cómo te diste cuenta? ¿Qué veías?

JP: –Lo que vi fue un grado de adicción mucho más grande, menos autocontrol.

GC: –“Esto es revicioso, padre”, es lo que te dicen. “La otra droga era distinta”.

JP: –Y ves cómo rompe la familia, la madre pierde todo porque el hijo le vende lo que tiene. Es un drama familiar que se produce en torno de la vida del chico. Hay muchos chicos “en situación de pasillo”, como decimos ahora, no de calle, que ni siquiera son del barrio. Por ahí dejaron su casa en el Gran Buenos Aires, tomaron un tren, se bajaron donde pudieron y organizan su vida y su ranchada.

–¿Y dónde duermen?

JP: –En las calles. No todos los chicos de la calle, cuando uno los ve en la villa, tiene que pensar que son de ahí, que nacieron ahí. Para nuestro trabajo, es una diferencia. Un pibe del barrio tiene algún vínculo con la capilla: o tomó la comunión, o jugó al fútbol en el patio de la parroquia, o conocemos a la familia. Entonces, resulta más fácil darle una mano. En cambio, el pibe que no es del barrio nos es más difícil de ayudar, no tiene ningún vínculo anterior.

–Uno a veces escucha a los padres diciendo que no pueden manejar a los pibes. Es el argumento típico de los padres de chicos con problemas.

GC: –Y más cuando son adictos. Una madre me dijo el otro día que mientras encuentra lugar para ponerlo en tratamiento, trató de retenerlo. Y el hijo se tiró del segundo piso. La compulsión por consumir hace que, por ejemplo, lo encierren y el chico rompa todo, busque salir.

–¿El tratamiento compulsivo sirve para algo si el chico no está convencido?

GC: –Nosotros siempre apelamos a la libertad. Me parece que el tratamiento compulsivo dura lo que dura el encierro…

JP: –En algunos casos, puede servir. Tenemos casos extremos, cuando el pibe está a punto de hacer cualquier cosa, cuando peligra su vida, cuando son muy chicos –de 14, 15 años– y no podés esperar a que sea mayor de edad. En esos casos, tiene que intervenir el Estado como protección. Como sería en el caso de una persona que intentó suicidarse varias veces, un cuidado de la sociedad adulta. Ahora, si es sólo encerrarlos para que no molesten, es otra cosa.

–¿Los dealers viven en la villa?

GC: (Silencio) –Los que venden viven en la villa, viven ahí; los dealers chicos y los narcos viven acá a la vuelta. (Se refiere a Retiro. Risas).

JP: –Es difícil, lo que podemos afirmar es que la villa no es símbolo de narcotráfico. Estamos todo el día con casos de pibes, ayudando, organizando campamentos, actividades, centrando la mirada en algo positivo. Y dejamos esos temas para otros.

GC: –Claro, nuestra mirada no es la del servicio de inteligencia.

JP: –Además, ponemos todo el énfasis en esto. Por ejemplo, ayudar a dos familias te puede llevar todo el día. Es uno por uno. Nosotros tenemos un pequeño grupo que es una especie de centro de atención de día, una granjita hecha por los hombres de la villa donde hay ocho chicos en proceso de desintoxicación, y vamos a ver cómo nos va con una casa de medio camino dentro del barrio. A ver si les podemos aportar algo antes de que vuelvan a su casa para que tengan proyectos de vida. Es muy difícil, recién estamos iniciándonos, con mucho para aprender, pero lo lindo es que la comunidad se metió en esto. El lema es “cuidemos a nuestros pibes”.

–¿Por qué creen que los chicos se drogan?

GC: –La adicción, en el fondo, es una enfermedad espiritual. No me refiero a que vayan a misa o no (risas).

–Están reclutando…

GC: –No, no, no.

JP: –No somos la Iglesia Universal (risas).

GC: –La adicción tiene un componente psicológico, biológico, pero también espiritual. Me refiero a encontrarle sentido a la vida, para qué vivo, hacia dónde voy. El horizonte en la villa se acorta, no hay posibilidad de estudiar, de conseguir un laburo, un lugar donde recrearse. Estamos iniciando en la capilla lo que se llama “el patio de la Virgen”. Uno de los curas que lo está coordinando se asombraba de cómo los chicos se habían enganchado con los juegos de mesa medio rotos, rompecabezas incompletos. Pero los chicos estuvieron ahí tres horas jugando. A veces son cosas muy elementales y básicas. También la identificación, todos crecemos mirando a alguien, por lo menos a mí me pasó. Por eso, tratamos de generar en nuestros barrios (esto Pepe lo ha trabajado) líderes positivos. Que el pibe vea a un joven más grande que lo lleva de campamento, que hace cosas, y no que sólo tenga presente al que afanó más, al matón. Son cosas muy elementales.

GT: –El otro día, en misa, apareció un pibe que estuvo internado y se está recuperando muy bien; lo empezaron a dejar salir los fines de semana. La mamá, una mujer grande, lo trajo a la misa. Nosotros no podíamos creer lo bien que estaba. Se me ocurrió decir al final de la misa: “¿Se acuerdan de Matías? Bueno, ahí está”. La gente se quedó helada. “Y vos, ¿qué le dirías a la gente”, le dije yo. “Que se puede”. Dio su testimonio, estaban todos llorando, y fue como una inyección de ánimo para los que están desesperados.

GC: –Además mandamos el mensaje (y creo que el chico lo capta) de que existe. Un pibe de 16 años y mucho consumo me dijo en un momento: “Pero, padre, ¿usted no tiene algo más importante que hacer que hablar conmigo?”. Eso me quedó, porque es eso mismo lo que buscamos transmitir: “Sos valioso, sos importante”.

Y con el colegio ¿qué pasa?

JP: –Una de las causas que puede incidir mucho en el consumo de paco es la deserción escolar a nivel del secundario, es decir, preadolescencia o adolescencia. El chico que deserta es un candidato, un caldo de cultivo. Tenemos muchos docentes que van a esos barrios porque tienen un compromiso social fuerte con los pibes. Pero hace falta un compromiso de todos, por eso apelamos al mundo adulto. Si tenés un club cerca de la villa, tenés que tener responsabilidad con ese lugar; si tenés una parroquia, lo mismo. No se trata de tirarle el fardo al otro. Éste no es sólo un problema de los chicos, sino un problema nuestro. Cuando un chico está en horario de clase en la calle, hay un montón de gente que lo ve: maestros, policía, el que le vende café. Ninguno de los grandes nos hacemos cargo. Es muy probable que si el chico está mal, la familia también lo esté, son cosas que van juntas.

GC: –La sociedad argentina debería mirar con tristeza a los chicos que están con el paco o problemas de violencia. Tristeza en lugar de venganza. Es como si fuera un hijo o un nieto. Hay que discutir cómo mejoramos nosotros, los grandes.

–Hacia la gente de la villa, ¿hay prejuicio? ¿Se los estigmatiza?

GT: –Hay prejuicio, pero creo que no por maldad, sino por desconocimiento. Por eso decimos (y más a los funcionarios) que vengan, caminen, conozcan el barrio. Que vean lo que hacen, las calles que arreglan los vecinos, cómo hicieron las cloacas, todas las mañanas los miles de chicos yendo al colegio. Esto es un barrio obrero, no una villa miseria. Es un barrio construido por la gente, con su propio esfuerzo, que labura en la semana y los sábado y domingos están poniendo ladrillitos para mejorar la casa.

–¿Cómo es la relación de la gente de la villa con la violencia? ¿La toleran? ¿Se callan la boca? ¿La comparten?

GT: –La sufren. –Ustedes podrían estar en un lugar más cómodo, vivir mejor, trabajar menos o de otra manera. ¿No hay momentos en los que se cansan y tienen ganas de mandar todo a la mierda, pedir un cambio a una parroquia de Tagle y Figueroa Alcorta y bautizar a bebés rubios?

JP: (Risas) –Hay muchos rubios en la villa… La verdad es que estamos contentos, no estamos castigados.

GT: –Algunos preguntan, ¿qué hiciste que te mandaron ahí?

JP: –Al contrario, estamos a gusto. Además, son barriadas permanentemente creativas, hay que buscar caminos, cambian los desafíos y la gente es muy participativa. Acompañar esto… se te pasa volando. Se me pasa muy rápido el tiempo en la 21, hay mucho para hacer. Ya con que agarremos este tema de la droga: ¿cómo hacemos para recuperar a estos pibes?

–¿Se pueden recuperar?

JP: –Hay que poner muchas fichas. Pero por la experiencia, sabemos que con mucha ayuda, compañía y seguimiento hay chicos que han salido.

GC: –Además, independientemente del resultado (el ideal de uno es que se recuperen, estudien, tengan trabajo, una familia, que sean felices en la vida), empezás a valorar las pequeñas cosas, cuando te dicen: “Padre, por primera vez alguien se ocupó de mí”. Son pequeños logros, qué sé yo.

GT: –Exacto, si no, preguntale a Pepe. (Fue una ironía por la amenaza, todos se ríen.)

GC: –El humor hace bien. Lo que decía es que las pequeñas cosas son importantes, como decirle a una persona que vale la pena intentarlo.

JP: –Cuando uno hace una evaluación, es como en el deporte, la diferencia entre estar cansado por no hacer nada o por haber jugado un partido de fútbol. Es un cansancio lindo. Creo que esto igual. Tal vez llega un momento en que te saturás porque tuviste problema tras problema, y en un día no solucionaste nada. Éxito cero. Pero te vas a dormir pensando “bueno, traté de darle una mano a toda esta gente”, y en ese dar, compartir el esfuerzo, uno se va contento a dormir.

GC: –Señalaría dos cosas también. Que uno se contagia de la misma gente, no es que las capillas solas hacen cosas. Hay mucha gente que levanta comedores, da apoyo escolar, las señoras se reúnen a coser, el mismo barrio tiene una dinámica de querer progresar.

–¿Qué aprendieron estando en la villa?

GC: –Un montón. Uno como cura crece en la fe a partir de la fe de la gente. La vida de uno se va enriqueciendo. Es más lo que uno recibe que lo que puede dar. La villa tiene muchas cosas dolorosas: la droga, la violencia, las armas, pero en sustancia es un clima de familia, todos se conocen y hay un cariño desmedido por momentos.

JP: –Otra cosa también es la fortaleza frente a la adversidad. Es gente curtida. Tendrán grandes problemas, a lo mejor dejaron su familia en otro país, acá no se les hizo nada fácil, les mataron a un pariente; sin embargo, enfrentan los problemas en forma permanente, con fe y solidaridad a la vez. No se fijan sólo en su problema, sino en el que tiene el de al lado.

GT: –Cuando muere un vecino, se mueven todos. El funeral, la cochería, es un dineral. Sale como dos mil pesos. Entonces, buscan servicios más baratos y la plata la ponen los vecinos. Golpean la puerta, casa por casa, dicen “falleció tal, cuánto querés aportar”, y así se hace. La fe la viven encarnada en la realidad, y tienen fortaleza. Pero no es que a ellos no les pasó nada, quizá tienen dolores muy grandes, pero sobrellevan eso fijándose en el otro.

GC: –En la villa, hay un espíritu de fiesta permanente.

GT: –Por eso, podemos estar cansados, rajarnos tres días a descansar, pero realmente estamos muy contentos. Siempre decimos que es un privilegio estar en la villa.

GC: –En eso es muy sabia la oración del padre Mugica: “Perdón por haberme acostumbrado, yo me puedo ir y ellos no”.

Fuente Critica de la Argentina
26/4/2009

Llevar vida allí, donde reina la muerte

Como consecuencia de la publicación del documento "La droga en las Villas" y su repercusión en los medios de comunicación social el padre José María Di Paola, párroco de la parroquia Ntra. Sra. de Caacupé -en la Villa 21-24 y N.H.T. Zabaleta-, miembro del equipo de sacerdotes para villas de emergencia, recibió una seria amenaza.

Ya fue efectuada la denuncia penal aguardándose ahora la intervención de las autoridades competentes.
No se hizo público antes el nombre del sacerdote hasta tanto terminar el trámite judicial.
Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia
Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
23 de abril de 2009

El párroco de la calle de la muerte
Jorge Fernández Díaz LA NACION
Días atrás, LA NACION estuvo en la villa 21 con el padre José Di Paola, uno de los sacerdotes que a comienzos de mes declararon que la droga estaba despenalizada "de hecho" en las villas. Ayer, el cardenal Bergoglio denunció que uno de esos curas fue amenazado de muerte.
Esta nota cuenta la lucha de Di Paola para recuperar a chicos que han caído en el paco.
"Che, dale, déjense de joder -dijo el hombre-. Si ya les dimos la guita..." Estaba en el piso, rodeado de chicos de ojos turbios y revólveres negros, y se refería al pago del peaje que usualmente le cobraban para entrar en la villa 21.
El hombre se llamaba Angel, tenía 66 años y era repartidor. Siempre pagaba para entrar a hacer su trabajo y ahora querían cobrarle también la salida. "Callate, viejo, porque te pego un tiro", le respondió uno de los chicos, y como vio que Angel quiso incorporarse para tratar de hacerlo entrar en razones, le disparó directamente a la cabeza. Fue un balazo seco. Angel quedó tendido en esta misma calle, Osvaldo Cruz, por la que camino ahora con el corazón en la garganta.

Cuando le di la dirección al remisero que me llevaba, se puso blanco. Me rogó que no lo obligara a entrar por esa calle de Barracas en esa ciudad de la pobreza donde viven más de 45.000 personas.
Un policía que no tiene jurisdicción en la villa me hace la gauchada de acompañarme hasta la parroquia. Mientras caminamos por esa calle todos nos miran. El policía va contándome historias oscuras, muy oscuras.
Hace muchos años que no tengo tanto miedo y siento una vergüenza íntima. Cuando era cronista policial, no tenía miedo a nada, pero eso pasó hace mucho tiempo, de una villa son gente trabajadora y noble: los hombres se ocupan como albañiles o vendedores ambulantes, y las mujeres, como empleadas domésticas.
También sé que esa gente sufre más que nadie la inseguridad, y que la miseria envilece. Pero no puedo evitar pensar en ese 5% que integran los asaltantes, los traficantes y los adictos desesperados. Yo no cuento con más armas que mi libreta negra y mi mochila, donde llevo recortes de prensa: una reciente cacería humana durante la que asesinaron a cinco personas, ajustes de cuentas entre bandas rivales, homicidios solitarios por alguna bronca y revelaciones escalofriantes de un cura.

Todos le dicen padre Pepe, pero se llama José María Di Paola, tiene 46 años, oficia de coordinador del Equipo de Sacerdotes de Villas de Emergencia y es el párroco de la calle de la muerte. Hace unas semanas puso la cara en una conferencia de prensa, para explicarle al país que el problema no eran los habitantes de la villa, sino el narcotráfico y la inacción completa del Estado y la Justicia. Muchos niños y adolescentes portan armas y consumen droga sin que nadie persiga a los traficantes, y entonces hacen de la villa tierra propia, es decir, tierra de nadie. Los sacerdotes hablaban en defensa de los propios pobladores de sus comunidades, que ven con impotencia la llegada de la peor de las plagas: el paco.

Hace cuatro o cinco años la "pasta base", que antes era un mero desecho químico de la cocaína, se transformó en una mercancía de primer orden y se masificó en las zonas marginales. El paco cuesta muy barato y su consumo creció un 200% en la Argentina. A sus consumidores primero los pone eufóricos y luego fisurados; no tarda en volverlos adictos.
Rápidamente, entran en una fase de alucinaciones, paranoias y agresiones salvajes. Se los conoce como los "muertos vivos". Son como vampiros de un elixir que se mezcla con viruta de metal y ceniza, que se arma con latas agujereadas y que conduce a la muerte cerebral en seis meses.
La "latita" los vuelve erráticos y violentos, y la desesperación por conseguir dinero, en asesinos voraces. El paco rompió todos los códigos de convivencia. Hasta los códigos de los mismísimos "pibes chorros". En cualquier esquina de Buenos Aires puede verse a los "muertos vivos" vagar sin rumbo, o tirados en una vereda.
A veces, un chico pacífico cambia de pronto de personalidad y comete un crimen sangriento por dos monedas. En ocasiones, los miembros de una bandita actúan como pirañas, atacan todos juntos a cualquiera, lo golpean y lo desvalijan en segundos en busca de recursos para seguir comprándoles a los vendedores de paco las dosis de esa misma tarde.

Me intriga cómo hace para vivir y luchar contra esta legión de problemas el párroco de la calle Osvaldo Cruz.
Cuando entro en la sombra de un edificio humilde, con una iglesia y un patio techado y un aula donde varias mujeres hacen un taller de cerámica, me recibe un arcángel desgreñado. Es un hombre curtido de pocos dientes y de una dulzura inexplicable, un ayudante de Dios.
"Tiene que esperarlo un rato", me aclara. Hago fila con damas taciturnas, y siento que lentamente me vuelve al alma al cuerpo. Imagino afuera a los "muertos vivos" esperándome, pero ahora siento que no se atreverán a pisar tierra santa.
Es un pensamiento irracional, que de nuevo me avergüenza, pero no puedo evitarlo.
Pasan algunos minutos y aparece un chico corpulento vestido con una remera y tocado por una gorra puesta al revés. Trae cara de pocos amigos, y aunque le cedo amablemente mi lugar no me lo agradece. Tiene la mirada dura.
El padre Pepe sale de su despacho y le entrega una llave. "Lo estamos recuperando del paco -me explicará después a solas-. Está en plena lucha." Pepe parece más joven de lo que es. A una amiga que lo vio en las fotos de los diarios y en los noticieros televisivos, se le escapó un piropo: "Es muy fachero, parece un cura Calvin Klein". La impresión personal le quita glamour : Pepe usa una modesta camisa azul de cura con clergyman y unos jeans gastados, tiene pelo largo y barba, y habla sin ego ni énfasis.

Al entrar en su diminuta oficina veo un póster que dice "el hambre es un crimen" y la pared abarrotada de fotos. Entre todas descubro a la Madre Teresa y al padre Carlos Mugica, y unos versos anónimos que terminan con una advocación significativa: "Tu me enseñaste que el hombre es Dios, y un pobre Dios crucificado como tú. Y aquel que está a tu izquierda, en el Gólgota, el mal ladrón, también es un Dios".

El gladiador vive en una casita trasera y, cuando no hay tiros ni dramas, se duerme a la medianoche leyendo estudios sobre las adicciones. Se despierta a las seis y media de la mañana, se ceba unos mates y se queda cuarenta minutos rezando el breviario.
Recién después comienza a caminar el día. Sus padres viven en Burzaco, pero Pepe fue a un secundario de Caballito. Era un muchacho de clase media subyugado por la tarea evangélica del capellán. Iba caminando a Luján, participaba de grupos cristianos, hacía tareas sociales y dudaba entre ser cura o abogado, entre el Evangelio y el Código Penal.
Al final terminó en el seminario y se recibió en la Facultad de Teología de la UCA. Es un ochentista, parte de la generación de las Malvinas, y nunca vio como un asunto ideológico su "opción por los pobres".
Admira tanto a Mugica y Angelelli como a Don Bosco y Bergoglio. Antes de llegar a la villa 21 pasó por Ciudad Oculta. Cuando le propusieron ocupar la parroquia de esa calle muchos le preguntaban si estaba castigado. Llegó en 1997, con la idea de armar trabajos de prevención de la droga y la violencia, y también para organizar a los más jóvenes.
Y se encontró con un panorama amenazante y desolador. Había desconfianza, desintegración y violencia. Tuvo en esos primeros tiempos miedo físico y espiritual. Todas las noches se iba a dormir con la misma pregunta: "¿Qué más puedo hacer? ¿Qué más puedo hacer, por Dios?" No ha dejado de preguntarse lo mismo en estos doce años.

Necesitaba cohesionar y la mejor ocurrencia tuvo que ver con la Virgen de Caacupé. Cuenta la leyenda que en este pueblo del Paraguay había un nativo que era artista de la madera, y que un día se internó en la selva en busca de los mejores materiales y que se sintió rodeado por miembros de la peligrosa tribu de los mbayas.
Fue entonces cuando el pobre hombre se arrodilló y le prometió a la Madre de Cristo que esculpiría su imagen si salvaba su vida. El escultor se hizo de pronto invisible por la gracia de Dios y cumplió su promesa al construir la Virgen más venerada del Paraguay.

La mayoría de los habitantes de la villa 21 eran y son paraguayos, y Pepe entendió que era decisivo traer a la Inmaculada a este lugar. El santuario es de 1765 y el párroco no paró hasta que logró enviar a una comisión a buscar una réplica. La llegada a Buenos Aires fue apoteótica.
Se hizo una misa en la Catedral y luego una muchedumbre marchó con la Virgen de Caacupé en una larga procesión a pie desde el Centro hasta Barracas, parando en distintas parroquias hasta alcanzar al final su nuevo y definitivo hogar, esa pequeña iglesia de la calle Osvaldo Cruz donde el padre José Di Paola esperaba, con miles y miles de devotos de la villa 21, la entrada de la sagrada imagen. Fue un momento emocionante y decisivo. Esa imagen de la Virgen articuló la devoción y permitió crear la base del milagro.

Di Paola y tres camaradas sacerdotes comenzaron a llevar el catecismo a las casas, abrieron capillas, organizaron escuelas de deportes y una escuela de oficios.
Formaron un grupo de cuatrocientos hombres que militan y trabajan en tareas comunitarias, y convirtieron a cientos de adolescentes en niños exploradores. Los llevaron a campamentos en la provincia de Buenos Aires y también los hicieron viajar a Tandil y a Bariloche. Jamás hubo en ninguna de esas excursiones la más mínima inconducta.
El padre Pepe sabe que el noventa y cinco por ciento de los villeros son honrados y pacíficos. Pero sabe también que el noventa por ciento de los delincuentes provienen de las villas y que esa inmensa minoría estigmatiza las barriadas pobres y deforma la verdad. Decir que los pobladores de una villa son ladrones equivale a pensar que todos los habitantes de San Isidro son ricos.
En San Isidro hay, además de medio pelo y clase media pauperizada, varias villas miseria. No se imagina Di Paola regresando a un barrio porteño, donde las relaciones son tan individualistas y donde todos practican el autismo y la indiferencia.
En su comunidad hay tragedias inconmensurables, pero también solidaridad, calidez humana, un amor límpido y desbordante. Una cosa es darle un plato de comida a una persona que tiene hambre. Otra muy distinta, y mucho más valiosa, es darle la mitad de tu plato, la mitad de tu pan, la mitad del cuarto de tu vivienda, la mitad de lo poquísimo que tenés.
"Dar -decía la santa de Calcuta-. Dar hasta que te duela."

Los policías, los jueces, los ministros. Todos brillan por su ausencia en la villa 21. La droga está despenalizada y el paco es un tsunami.
Con el paco pierden todos, me dice. Se nota un toque de angustia en su cara serena. Es un hombre que ha llorado mucho y al que se le han secado las lágrimas.
Se le confunden en la memoria las palizas, los robos, las violaciones, los tiroteos y las muertes que vio.
No quiere hablar de eso. Pero la epidemia de los "muertos vivos" lo tiene anonadado. Nadie hace nada. Todos prometen fondos y ayuda, hablan en los diarios y en la televisión, pero sólo del gobierno vasco logró un pequeño subsidio.
Y con ese dinero insuficiente inició un centro de recuperación de adicciones: una salita de día, una granjita y una casa de medio camino, desde donde intentan que los recuperados se inserten de nuevo en la sociedad y no vuelvan a caer. Todo con ayuda de voluntarios, mangueando remedios y a veces haciendo el milagro de la multiplicación de los medicamentos. Puré de clonazepan para chicos alterados que quieren dejar de ser zombis.

Tiene en estos momentos ocho chicos camino de reconvertirse a sí mismos en personas. Ocho. Allá afuera hay dos mil "muertos vivos". Nacen y mueren varios de ellos todos los días. No puedo dejar de pensar que es un marinero en un bote perforado sacando agua con una cucharita.

Me muestra una foto de Pablo, un pibe violento que había sido esclavo del paco y al que, con muchísimo esfuerzo, Pepe fue rescatando del infierno. Pablo posa junto a un Jesús crucificado. Posa con orgullo. Di Paola le dijo que a él lo mandaban a un retiro espiritual quince días a Córdoba y le pidió que en esas dos semanas no saliera de su casa.
"No salgas, Pablo, aguantame que vuelvo -le dijo-. No corras riesgos. No salgas." Pero al cuarto día Pablo se sintió fuerte y confiado, y salió a caminar por la villa. Y sus antiguos enemigos lo acribillaron a balazos en la calle.

Cuando el padre Pepe regresó a su casa en la 21 y se enteró del asesinato, se dobló de dolor y le flaqueó seriamente la fe. No la fe en Dios. Sino la fe en sus propias fuerzas, en la tarea de achicar el agua con una cucharita en medio de un maremoto.
Pero, luego, el gladiador se levantó de ese desasosiego, se abrochó el clergyman y siguió adelante. Sembrar, sembrar, sembrar, se dice. Caerse y levantarse. Pero está muy solo. Unicamente lo acompañan sus feligreses, que lo adoran, los otros curitas y su obispo.
El cardenal Bergoglio lo visita seguido. Viene en colectivo hasta la villa y confraterniza con los hombres y mujeres de la capilla de la Virgen de Caacupé. Una tarde, el hombre que hace cuatro años pudo haber sido papa estaba charlando con un grupo grande de albañiles.
Uno de ellos se paró y dijo que hacía un tiempo le había ocurrido algo singular. Salía de una obra en un edificio en construcción de un barrio porteño y, al subir con sus compañeros al colectivo, mientras hablaban en guaraní y hacían bromas, el albañil divisó sentado en el fondo a Bergoglio.
Les avisó a sus compañeros que era el mismísimo jefe de la Iglesia Católica argentina, pero no le creyeron. El albañil no pudo entonces con su genio, se acercó a Bergoglio, le preguntó si era quien era y le pidió la bendición.
"Cuando bajé del colectivo, padre -declaró el albañil ante el silencio de todos-, les dije a mis compañeros: «Qué bueno tener un obispo que vive como nosotros»." A Bergoglio, que es un estoico, se le llenaron los ojos de lágrimas y lo quebró por un instante el llanto.

Una vez mataron a tiros a un vecino a la salida de una misa, en esa misma calle por la que entré caminando y por la que Di Paola anda como si fuera una celebridad, acaso el verdadero padre de todos, el jefe de la gran familia. Un padre joven y fachero, que jamás se jacta de nada ni levanta la voz, y que logró la unión en la fe de una zona populosa donde la cultura tumbera es minoritaria.
Se escuchan mucho más polca, chamamé y canciones populares paraguayas que cumbia villera. Aquí están las víctimas. Los traficantes de droga y los mercaderes de armas tienen muchos billetes y viven fuera de estas barriadas. Di Paola visita enfermos, atiende problemas, da la extremaunción, reparte consejos y, por las noches, cuando tocan a su puerta, se pone su coraza de tela azul y acude corriendo a la escena del crimen.
Vecinos asesinados. Adolescentes heridos de arma blanca. Niños lastimados. Venganzas. Dramas con gritos y sangre. Acusaciones y lamentos. El padre Pepe llega casi siempre primero: la ambulancia del SAME tarda mucho más, porque no entra en la villa sin la custodia de un patrullero de la Policía Federal. Y el patrullero viene cuando puede.

Al caer la noche todo se vuelve más siniestro. La oscuridad, en la tradición cristiana, está vinculada al mal. Y las tinieblas en la villa 21 son letales.
Pepe me está diciendo todo esto mientras vemos, por la ventana, que el último sol se apaga. Pienso en los vampiros del paco, que me aguardan afuera.
Di Paola me lee el pensamiento. "¿Cómo viniste hasta acá?", quiere saber. Le explico que el remise partió y le digo, haciéndome el valiente, que no se agite: voy a irme caminando. Son cuatro cuadras hasta Vélez Sarsfield, y ahí tomo un colectivo. "No, no -me dice-. La salida es más difícil que la entrada." Pienso en el repartidor de garrafas que mataron hace cuatro semanas de un balazo seco en esta misma calle de la muerte.

Salimos del despacho y Di Paola llama al arcángel desgreñado, que viene desde el fondo. "Llevalo hasta la avenida", le ordena.
El ayudante de Dios asiente y Di Paola y yo nos damos un abrazo. Le digo la verdad. Le digo que fue un honor conocerlo. No sé cómo me va a llevar el arcángel y presiento que quiere que me suba a una bicicleta, porque agarra una y me llama desde el umbral.
Vamos, me anima. Salimos a Osvaldo Cruz, y el hombre se me pone al lado, yo junto a la pared y él caminando con la bicicleta entre los dos. El arcángel, como una muralla o un salvoconducto ante las decenas de ojos que nos siguen con la mirada silenciosa del atardecer.
Hay mucha más gente que antes y ya no queda un miserable rayito de sol. En una pared hay un dibujo colorido y una oración del Gauchito Gil. Salimos de la barriada y andamos despacio por ese corredor de asfalto que es más oscuro que la villa misma.
El arcángel me va contando dos cosas: la santidad del curita y la maldición del paco. Al llegar a Vélez Sarsfield veo que mi fiel remisero me hace señas desesperadas desde la otra orilla. También veo que sigue pálido como un muerto. Gracias, amigazo, le digo al arcángel, y al darle la mano siento los callos y asperezas del trabajador incansable. Ese buen hombre común, ese ayudante de Dios, es como el promedio de todos aquellos siervos de la Virgen de Caacupé.

Cruzo la avenida y el remisero me dice que estaba asustado porque yo no salía y que no sabía si entrar o llamar al diario o avisar a la comisaría 32.
Lo tranquilizo un poco. Este también es un buen tipo. Me subo a su auto y arrancamos. Y a medida que nos vamos metiendo en el centro de la ciudad tengo la impresión de que no puedo volver a ser yo mismo.
Me pongo el reloj y prendo el teléfono, que había escondido durante todo este tiempo para no convertirme directamente en un blanco móvil, y las calles conocidas me devuelven una falsa sensación de seguridad.
Pero lo real y lo imaginado durante aquel viaje al corazón de la plaga y el dolor no me abandonan. Me persiguen un larguísimo tiempo. Nos detenemos en una esquina céntrica y yo no puedo dejar de ver a esos tres chicos: no tendrán más de nueve años.
Dos de ellos están fisurados, arrojados en una vereda. El otro camina unos metros con una cierta electricidad descoyuntada, errante en la sombra.
Muertos vivos cruzando la noche, pienso, y miro el reloj. A esta hora el párroco de la calle de la muerte debe de estar caminando los pasillos de su laberinto. Qué cura testarudo. No sabe rendirse.

23 de abril de 2009

Día del scout....

Este mail lo recibí de Ramón Solari, viejo MM.SS. que me enseño a caminar por los senderos del escultismo en mis primeros años allá en Paraná, lo comparto con todos mis hermanos scouts y cómo siempre llevando adelante la ilusión de... dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos.
Hoy, 23 de abril recordamos a San Jorge, ese "santo" que nadie sabe si fue realmente santo.
Pero para nosotros adquiere singular importancia por los valores que representa.
SIEMPRE LISTOa la lucha por el más debil, en contra de las injusticias, por la "construcción de un mundo mejor" como lo soñara B.P

Pareciera que con la crisis de valores que se registran en todas las naciones los que defendimos los scouts estuvieran pasados de moda.
Pero casi con certeza también habrían estado en crisis (estos o algunos otros) allá por 1907 cuando BP se lanzó a crear el Movimiento.
Y PESE A TODO, Y A TODOS, IGUAL LE METIO PARA ADELANTE.
Porque para un scout no hay nada imposible, como afirmaba en Escultismo para muchachos.
Ya la vida nos hace recorrer distintos caminos, pero como viejo hermano mayor quiero decirles que junto a ustedes pasé la más hermosa etapa de mi vida.

Por sus ideales, sus entregas, sus entusiasmos, sus locuras. Por la alegría y las chinches, por las obras bien hechas y los fracasos (existieron?), por los campamentos exitosos y por las lluvias e inundadas de tantos otros, que se convirtieron en sabrosas anécdotas... por tantas cosas.

Pero por sobre todo porque en el centro de nosotros estaba JESÚS, el Gran Jefe.
Ese amigo y hermano de cada empresa, de cada servicio, de cada fogón.

Que El los siga animando, es mi deseo fraterno.

GRACIAS Ramón y.... SIEMPRE LISTO

19 de abril de 2009

Discernimiento Vocacional

Desde Munaysonqo vamos a tratar de hacer conocer algunas nuevas realidades eclesiales de vida consagrada, así como otras ya de antigua tradición y largo camino que siguen fieles al espíritu que las constituyo encuentro entre el Padre y su pueblo.
Desearíamos poder ofrecer a quienes sienten el llamado de Dios, datos de comunidades de consagrados y consagradas donde puedan ver realizada su vocación dentro del marco de la Vida Religiosa.
Hoy experimentamos un soplo del Espíritu que suscita entre nuestro pueblo nuevos caminos pastorales de consagración, cómo nuestro Fraternidad de vida monástica
Creemos que el sueño de la llamada “primavera postconciliar”, una renovación vocacional se va llevando a cabo lenta, dolorosa pero fructíferamente.


"JOVENES: No tengan miedo de salir a las calles y a los lugares públicos como los primeros Apóstoles que predicaron a Cristo y la Buena Nueva de la salvación, en las plazas de las ciudades, pueblos y aldeas. Éstos no son tiempos para avergonzarse del Evangelio.
Es el tiempo de predicarlo desde los tejados. No tengan miedo de romper con estilos de vida rutinarios y cómodos para aceptar el desafío de dar a conocer a Cristo en las metrópolis modernas. Son ustedes los que deben salir a los caminos para invitar a todos los que encuentren, al Banquete que Dios ha preparado para su Pueblo.
El Evangelio no debe esconderse por temor o por indiferencia. No es para tenerse guardado en privado. Se debe poner sobre el candelero para que la gente vea su luz y glorifiquen a Nuestro Padre Celestial."
(Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Juventud, 1993)
Cómo escuchar el susurro en el que pasa el llamado del corazón de Dios.
1. Estar a la escucha silenciosa de la Voz del Señor. Tómate tiempo para orar y meditar en silencio sobre tu vocación, especialmente frente a Jesús Sacramentado.

2. Busca un buen director espiritual -alguno al que puedas abrir tu corazón- que te ayude a desarrollar de manera madura tu relación con Dios así como el mejor conocimiento de ti mismo.

3. Encomienda a la Madre de las Divinas Vocaciones la tuya propia para que se cumpla la Voluntad de Dios en tu vida.

4. Infórmate sobre la vida religiosa y sacerdotal. Sobre las distintas espiritualidades y carismas que el Espíritu Santo ha regalado a su Iglesia. Lee y medita sobre la vida de los religiosos que han gastado su vida por Dios y su pueblo.

5. Escribe a las comunidades religiosas que te puedan interesar. Sé sincero y confía en el amor providente de Dios que guiará tus pasos.

6. Visita alguna de estas comunidades para ver cómo viven.

7. Construye una relación con aquellas comunidades que más te atraigan. Ve acotando el número de las mismas. Habla sobre tus inquietudes a los religiosos y convive con ellos de manera más intensa por algún tiempo.

8. Espera en el Señor. Discernir la vocación es un proceso. No tomes decisiones a la ligera pero tampoco te extiendas demasiado en el tiempo.

¡La caridad de Cristo nos urge!

María, Madre de las Vocaciones Religiosas, ruega a tu Hijo Amado para que envíe obreros a su mies, y fortalece y protege las vocaciones de los jóvenes llamados, en esta sociedad que los asfixia e impulsa a renegar de la entrega total de la vida por la causa del Reino. ¡Dios te salve Reina y Madre de Misericordia!..

No tengan miedo, ¡abran las puertas a Cristo!, decía Juan Pablo II.
Ánimo a todos los jóvenes que desean entregarse a Dios.
Estos nuevos institutos religiosos son pequeños, carentes de medios económicos pero llenos de gracia, de ilusiones, llenos de Dios y del espíritu evangélico y eclesial. Son los frutos de la nueva primavera del Espíritu que profetizó Juan Pablo II.

ORACION POR LA FRATERNIDAD MONASTICA
Señor, haz que tus dones,
se hagan vida en nuestra Fraternidad Monástica
necesitamos hermanos y hermanas que sepan escuchar.

Hermanos y hermanas que crean en la paz,
Hermanos y hermanas que construyan la unidad y vivan la fraternidad
que equilibren y reconcilien, que den testimonio
y que digan la verdad sin lastimar.

Necesitamos hermanos y hermanas,
en los que el Espíritu resplandezca,
que irradien esperanza
y desinteresadamente se comprometan
por Ti y tu Reino.


Señor, danos hermanos y hermanas capaces
de vivir en comunión,
de conmover a otros con su actitud,
hermanos y hermanas que recen y que en su vida
hagan realidad esa oración.

Señor, convierte nuestra Fraternidad Monástica,
en una comunidad misionera,
constructora de tu Reino,
y llena de tu Espíritu.

Dulce Madre de la Ternura, haznos dóciles y fieles
a tu amado Hijo,
nuestro bienamado Señor y Hermano Jesús.

15 de abril de 2009

IQBAL MASIH

Iqbal Masih tenía cuatro años cuando su padre le vendió a una fábrica de alfombras de Punjab porque necesitaba un préstamo para pagar la boda del hijo mayor. Para saldar al deuda Iqbal trabajaba doce horas al día trenzando alfombras por un a rupia diaria. Sin embargo, con los intereses desorbitados, la deuda no para de crecer.
A los 10 años Iqbal asistió a un mitin sobre derechos humanos y su vida cambió radicalmente.


Consiguió la libertad a través de una campaña del Frente de Liberación del Trabajo Forzado y se convirtió en un activo luchador contra el trabajo cautivo.

En abril de 1995, cuando tenía 12 años, Iqbal fue asesinado a tiros cerca de Lahore. La mafia de las alfombras fue acusada del brutal crimen. Aqui su historia...

IQBAL ES VENDIDO
Empezó en el año 1986. Y las bromas de sus parientes más cercanos sobre el futuro conyugal de Aslam se multiplicaban... A los 22 años pasados, Aslam, por su madre, debía fundar un hogar.

De complexión fuerte, aspecto tosco y poco locuaz, este hijo mayor nacido de su primer matrimonio debería encontrar un alma gemela más tarde. Pero sus orígenes muy modestos y sus treinta rupias diarias peno-sa-mente ganadas en un taller de ladrillos cercano no era muy seductor.

Con menos de mil rupias, el hermano mayor se quedó soltero. El imparable número de sacrificios realizados en cada familia pakistaní para casar a los hijos mayores y asegurar una honorable descendencia había desencadenado, en casa de Inayat Bibi, una sed desenfrenada de rupias.

En el subcontinente indio los intocables seguían llevando como una cruz el peso de las costumbres ancestrales.

Allí viven millones de personas que a lo largo de los siglos se han convertido al cristianismo para escapar del oprobio de las castas superiores.

Su hijo Aslam empezaba a superar una etapa decisiva donde su éxito se reflejaría en los suyos. También sus dos hermanastros menores, Iqbal y Patras, debían mostrase solidarios con su hermano mayor.

Al igual que su madre y sus vecinos aferrados en preparar el matrimonio de sus hijos, esta campesina pobre de Haddoquey no entendía por nada del mundo estar libre de esta obligación: reunir una suma apreciable para permitir a su hijo construir una casa o adquirir tierras antes de la unión ardientemente deseada.

Y fue así como Iqbal fue vendido. El pequeño de los tres hijos de Ynayat Bibi, el débil Iqbal al que las mujeres del pueblo tenían costumbre de ver diariamente llevar agua para sus vecinos en bidones pesados de agua clara, tenía ya más de seis años. Quizás tenía más de 10 años si nos fiamos de la fecha de nacimiento dada en 1983 por su madre al cura de Haddo-quey, José Luis, en el bautizo de su hermana pequeña Sobya.

Pero observando al pequeño Iqbal, encorvado por el peso de la carga, su estatura era comparable a la de un niño de cuatro o cinco años, nada sería más arriesgado que adivinar su edad. Por otra parte ¿qué importancia tiene esto?

Para Inayat, Aslam debía casarse pronto y él mismo no cesaba de que-jarse. Iqbal tenía que esperar la edad de seguir el ejemplo de otros niños nacidos en familias desfavorecidas de Punjab: la edad de llegar a ser esclavo.

EL INTRATABLE
En este Pakistán feudal donde los más pobres no tienen más que sus brazos y los de sus hijos para comer y vivir, el hecho de que una madre de familia -divorciada por añadidura- piense en vender a su hijo pequeño para permitir que otro de sus vástagos funde un hogar es corriente. Inayat Bibi sabía que podía obtener del futuro patrón de Iqbal, a cambio del trabajo realizado el tradicional 'paishgee', una especie de préstamo en el que las futuras generaciones eran vendidas a cambio de una cantidad que se devolvía a través del trabajo.

Como en usura más tradicional el prestamista no deseaba que le fuera devuelta la cantidad; prefería refinanciar una y otra vez: así la esclavitud se perpetuaba mientras el trabajador tuviera capacidad de trabajo; si caía enfermo no se descontaba su salario de la cantidad.

Desde hace varias generaciones la familia MASIH vivía, como tantas otras, a la espera de ese momento de desahogo que era la marcha del hijo varón, al taller, a la fábrica de ladrillos o al campo. Para estas cuadrillas de obreros asalariados desprovistos desde hacía varias generaciones de sus tierras ancestrales, los 'paishgee' conseguidos gracias a la venta de sus hijos, encarnaban un desahogo a corto plazo y la desdicha perpetua. No existía otra posibilidad; ni siquiera concebían que en algún lugar se viviría de otra manera.

Las deudas así contraídas pesaban en adelante como un espada que pende sobre la cabeza del niño vendido. El propietario explotaría al muchacho hasta la saciedad para recuperar la cantidad de su préstamo. Hasta algunas veces concediéndole un derecho de vida o de muerte.

Inayad Bibi sabía que el hecho de pedir prestado dinero al futuro patrón de Iqbal volvería al niño vulnerable a sus peores exigencias.

Pero ¿existía otra posibilidad? El cristianismo predicaba una igualdad muy lejana a la experiencia de las sectas, pero ¿hasta dónde llegaba esa igualdad? ¿cuándo llegaría?

Según la costumbre, los patronos recuperarían el dinero prestado descontando la mitad del salario mensual acordado con sus obreros esclavos. Lo que forzaba a estos últimos a per-manecer a su servicio hasta la restitución total de la deuda inicial.

Aquel que osaba abandonar a su patrón sin previamente haber reembolsado la cantidad de su 'paishgee' cometía un falta que le marcaba para siempre.

Alegraba a los patrones ver a las familias de sus esclavos pidiendo nuevas cantidades antes de que el miserable salario hubiera redimido la deuda anterior. Por ello, normalmente, el 'paishgee' no se amortizaba nunca.

Gravemente enferma y forzada a comprar numerosos medicamentos, la madre de Iqbal buscaba, al contrario, vender lo más deprisa posible a su pequeño, como lo hizo anteriormente con su hijo mayor Aslam, con el propietario del taller de ladrillos donde el futuro esposo se mató a trabajar desde los 8 años.

En esa época Inayat, había vendido a su hijo mayor con conocimiento de causa; ella sabía que Aslam se consumiría cada día girando los ladrillos cocidos al sol, antes de apilarlos de forma circular alrededor del horno encendido. El trabajo lo realizaba rápidamente y el propietario le había ofrecido incluso por su hijo, algunas rupias más que a sus competidores cercanos.

DE SHAUKAT A ARSHAD
El primer patrón de su hijo pequeño Iqbal, se llamaba Shaukat. Este arrendatario de un pequeño taller de tejidos, viendo a este niño enclenque, fijó de entrada unas reglas drásticas: menor salario que a otros, sin límite de horario ni posibilidad de salir algún rato a estirar las piernas. A pesar de los temores que Inayat mantenía sobre la salud de su hijo, Iqbal quedó al servicio de Shaukat; había importantes deudas que pagar al propietario.

Tres meses después del contrato del niño ya había sufrido el trato cruel de Shaukat. En cuanto su estado de salud mejoró un poco Inayat buscó para su hijo un nuevo patrono.
Escarmentada por la experiencia con Shaukat, colocó a su pequeño con un patrono llamado Kalu, pero terminó sacándole de allí. En el tercer intento la madre de Iqbal juzgó haber encontrado al fin un patrono conveniente. Fue Sardar, el tío enano del chiquillo, quien lo indicó.

El patrono Arshad Mahmood, estaba como siempre sentado a la sombra en el corralillo de su taller, cuando Inayat Bibi se presentó allí. La madre se levantó pronto y delicadamente preparó a su hijo, alisando su pelo fino con un poco de gomina y le hizo calzar para esta ocasión su único par de sandalias nuevas de cuero.

Arshad tenía, según Sardar, la reputación de un hombre bueno y recto. Además de su aspecto afable, la mirada contrastaba con las miradas torvas de los capataces ordinarios. De entrada él se diferenciaba de los otros, a menudo enganchados al alcohol o a la droga.

EL REINO DE LOS INTERMEDIARIOS
Como la mayoría de los patrones tejedores, Arshad no poseía los cuatro telares de tejido de su taller. Era socio de Rafik y dependían de un mayorista de Lahore. Unido a Rafik por un contrato oral, Arshad era el último eslabón de esta cadena compleja de intermediarios característica de la industria de alfombras pakistaní.

Como todos los patrones de fábricas de hilados, Arshad era inflexible con los plazos descontados en los salarios de los trabajadores. Convencido de las ventajas del 'paishgee' y de la autoridad que este tipo de contrato ejerce sobre los niños y hombres recibió a Inayat. Arshad comenzó a negociar con la madre el 'paishgee', que le aseguraría sobre el niño un derecho perpetuo.

Por un préstamo inicial de mil quinientas rupias y con la garantía de que Inayat podría en cual-quier momento recurrir a otros préstamos si el trabajo de su hijo era satisfactorio, el hábil empresario tomó prestado al niño.

Prometió fijar un salario mensual de cien rupias, y lo aumentaría si lo mereciera. Cuatrocientas pesetas de salario; doscientas al menos para pagar el préstamo. De momento era un esclavo para dos años y medio sin descanso. Cualquier enfermedad o nuevos préstamos alargaría la esclavitud.

LA AMENAZA DE LA DEUDA
Este engranaje duraría realmente más de cinco años. Y con las exigencias de la familia, el paishgee no cesaba de crecer a medida que aumentaban los préstamos de Inayat: cuatro mil rupias el primer año, seis mil el segundo... La deuda contraída sobre las espaldas del niño continuó aumentando con la boda de Aslam.

Conforme a los deseos de la madre, el hermano mayor de Iqbal pudo satisfacer sus necesidades adquiriendo, antes de casarse, tres muros de ladrillos recubiertos por una chapa donde podría vivir.

Pero otros gastos continuaron absorbiendo el miserable salario del niño. Comenzando por el alquiler de la modesta casa que se encontraba en el barrio de Ghau-zia Colony, en el centro de Haddoquey. Era una habitación ocupada por Inayat y los tres hijos que tenía a su cargo: Iqbal, su hermano Patras y su hermana pequeña Sobya. Una casa baja, ocupada por tres camas de cuerda y por un cofre de hierro blanco donde guardaba los vestidos y los escasos objetos de valor.

A fuerza de pequeños trabajos y como criada, la madre de Iqbal llegó a convencer a una familia propietaria de casas en alquiler que le alquilase la mitad de la casa que estaba al final de un corralillo que desembocaba en la calle. Pero debido a sus problemas de salud, la carga del alquiler recaía sobre Iqbal.

Arshad descontaba la mitad de la paga de Iqbal con el fin de reembolsarse los préstamos que pedía su madre, dejando solamente para el niño una pequeña cantidad que Iqbal entregaba a su madre. Engranaje que cada vez era peor por las malversaciones del empresario de Haddoquey que imponía a los niños esclavos del taller toda clase de penalidades destinadas a alargar la duración del reembolso de su 'paishgee'. La deuda llegó en 1992 a doce mil rupias.

UN AUTÓMATA HÁBIL
A diario el trabajo del chiquillo se parecía al de los niños explotados en estos distritos rurales de Pakistán, donde cada granja, cada tienda y cada taller estaban llenos de aprendices entregados al arbitrio del patrón.
Se levantaba todas las mañanas antes que las campanas del templo protestante cercano sonaran a las cuatro de la madrugada. Iqbal recorría los escasos doscientos metros que separaban su casa del taller de Arshad, donde algunos de sus compañeros dormían, acurrucados agotados por el trabajo del taller. Cada mañana comenzaban quince horas ininterrumpidas de trabajo, dedicadas a reproducir los gestos immemoriables de los tejedores persas. Iqbal se había convertido en un autómata hábil, sumiso a la norma de todos los aprendices de alfombras: una tira de papel llena de signos en "talim" y atada con una cuerda de hilos.

Importado de Irán hace varios siglos, el "talim" es un lenguaje de signos, compuesto por una decena de letras y acentos destinados a indicar a los obreros analfabetos el color y el número de nudos que tenían que efectuar.

Un punto era un hilo. Un acento grave significaba el color azul. Una especie de acento circunflejo designaba el color rojo... El plano de la alfombra se encontraba indicado en estos trozos de papel, cuyos signos y motivos a tejer son complejos. Las alfombras que representan escenas de la vida cotidiana o monumentos célebres, necesitaban decenas de horas para transcribirlos en "talim". Las alfombras normales son fabricadas según una simple hoja con una decena de signos. Iqbal se mataba construyendo este tipo de alfombras cada día, hasta el punto de conocer de memoria la colocación de los hilos y colores.
Después de varias semanas en el taller, su destreza no tenía nada que envidiar a la de sus compañeros. Iqbal sabía -como sus compañeros- manejar con habilidad los hilos.

QUEJARSE O CALLARSE
Los métodos de este nuevo patrón eran menos brutales. La situación -igualmente- muy grave. Era otra forma de explotación, posiblemente más eficaz, pero al menos no recurría sistemáticamente a los malos tratos físicos.

Con su primer patrón Shaukat, Iqbal había aprendido a manejar la cuchilla y su inseparable acólito, el "kangi", un peine de acero muy cortante con el que los obreros amontonaban los nudos finamente apretados para dar a la alfombra una densidad mejor. En el momento de castigar a un niño desobediente culpable por haber perdido algunos minutos por correr en la calle, Shaukat utilizaba estos utensi-lios para pegar al niño, levantándole la carne con el peine de metal.

Sólo le bastó unas semanas a Iqbal para convencerse. Comentó a su madre y a Sardar que Arshad, al contrario que Shaukat, apenas maltrataba a los niños del taller. Orgulloso de conservar a sus jóvenes empleados con buena salud, el "honesto" Arshad prefería obligar a los padres que actuaran con rigor, disminuyéndoles proporcionalmente el salario de los vástagos bajo su tutela.

Pero no nos engañemos, estriado por grietas jamás cicatrizadas a fuerza de manejar hilos y utensilios cortantes, las dos manos del niño terminaron por parecerse en pocos meses a las de un viejo campesino.

Las posiciones en el trabajo le habían impedido crecer normalmente; la tos seca, provocada por la inhalación masiva del fino polvo de las fibras, sacudía su cuerpo huesudo. Delgado y bajito de nacimiento, el segundo hijo de Inayat y de Saif, padecía raquitismo crónico agravado por la mala circulación sanguínea. Los siguientes años en el taller de Arshad le consumieron su cuerpo. Iqbal, a la edad en que los niños pasan el tiempo el los patios del cole, daba una imagen desoladora de un niño con un físico de viejo.

MILLONES DE ESCLAVOS
Iqbal rellenó las filas de estas legiones de niños explotados, pequeñas bestias al servicio de los patrones tan numerosos como poco escrupulosos. En las hilanderías, en las fábricas de ladrillos, en las granjas, en los garajes, en las fábricas... una multitud.
Las duras condiciones de trabajo a las que estaba sometido Iqbal en su taller de tejidos eran representativas del calvario de esos chiquillos vendidos. Con todo eran, probablemente, menos horrible que en otros lugares.

EL INFIERNO DE LOS LADRILLOS
Estas fábricas ofrecían casi todas el mismo espectáculo de obreros abandonados, flotando en su amplia camisa ensuciada por el polvo y acompañados de toda su familia. Hombres, mujeres, niños... todos em-pleados en la misma tarea: asegurar en una jornada el máximo de ladrillos.

Espectáculo medieval dominado por el color rojo ocre de la arcilla sobre la que resaltaba el blanco inmaculado de las camisas limpias de los "jamadar", contramaestres muy ricos. Estos intermediarios temedores y temidos eran contratados por los propietarios para vigilar la ventas de ladrillos, para pagar al personal y de ocuparse de la contabilidad de la empresa.

En estas fábricas, a menudo poseídas por pequeños patrones musulmanes ávidos de ganancias, el sistema del 'paishgee' estaba muy extendido. Cuanto más produjera más se le pagaría, le aseguraba al recién llegado este sargento cruel, instalado a menudo en una casucha construida lejos del horno.

Apresurado de reembolsar su 'paishgee', el obrero hacía trabajar a su mujer y a sus hijos a su lado para aumentar al máximo la productividad. Pero ni la esposa ni los niños, figuraban en el contrato. Infernal engranaje: sólo el padre, incapaz de asegurar un rendimiento suficiente para vivir, llevaba la responsabilidad de poner a tra-bajar a los suyos en las peores condiciones.

La dureza empleada por los contramaestre hacia los empleados era la imagen diaria de estas fábricas. Doce horas al día, bajo un calor tórrido, todas las generaciones estaban presentes alrededor del horno central . Desde los cuatro y cinco años, trabajaban desde la mañana hasta la noche en recoger con las manos el barro sacado por su propio padre con la ayuda de una he-rramienta.

El trabajo de estos chiquillos algunas veces más pequeños que los montones allí encontrados, consistía en llenar de barro las pequeñas carretillas que su madre o sus hermanos y hermanas más mayores llevaban a otro miembro de la familia, encargado de com-primir la tierra en el molde de hierro blanco.

Los ladrillos acabados se apilaban horizontalmente para secarlos. Después al día siguiente, cami-nando en cuclillas entre las filas, los más jóvenes se encargaban de llevarlos uno a uno, antes de amontonarlos y una vez secos, alrededor del horno. Se formaban entre cada columna de ladrillos una especie de po-zos donde metían el carbón destinado a cocerlos.

EL VULGAR GANADO HUMANO
Todos los ladrillos que no resultaban perfectos eran deducciones en el salario, o peor, eran obje-to de una retención de dinero. Como en los talleres de tejidos, los patrones de ladrillos utilizaban sin vergüenza toda clase de artificios para colocar a sus empleados en una situación de dependencia total.

Recurrían a dos métodos complementarios: hacían contraer a sus jornaleros préstamos más elevados y jugaban con sutileza con la interrupción del trabajo por la estación del monzón. Sin trabajo, por la llegada de las lluvias, las fábricas cerraban provisionalmente. La mayoría de los obreros se quedaban sin recursos durante un período de cuatro u ocho semanas, período en que se podían incrementar la necesidad de pedir préstamos.

Algunos hombres trabajaban en el campo algunos meses o en las afueras de las ciudades. La gran mayoría esperaban a que volvieran a abrir su lugar de trabajo. Cualquier enfermedad o accidente que aparecía les obligaba a pedir un préstamo al empleador habitual. Con la consecuencia de continuar en ese círculo infernal del endeudamiento y del 'paishgee'.

Tienen la prohibición de salir sin autorización, de cuidados en caso de enfermedad, de defensa en caso de violación o de otras formas de abuso sexual o peor todavía, susceptibles de ser vendidos como vulgar ganado humano por su patrón a otra fábrica de ladrillos, añadiendo al 'paishgee' de los obreros vendidos su comisión, la cual se eleva algunas veces a miles de rupias.

El comprador realiza lo mismo, aumentando la deuda de la familia que no lo descubrirá hasta más tarde. Así la venta se convierte en otra forma más de cerrar el círculo infernal del 'paishgee'. Si el cabeza de familia se muere, la integridad de la deuda contraída se transfiere a la esposa y a sus hijos.

Y si éstos son incapaces de fabricar diariamente el mismo número de ladrillos que su padre, todos son separados, la madre vendida por un lado y los hijos por otro. Algunos propietarios consideran que el hecho de poseer un credencial sobre estas familias les da el derecho de acosar sexualmente a las esposas e hijas. Otros no dudan en encarcelarlas en cárceles privadas hasta que éstas ceden.

LA AVENTURA DE BHATTA
El Bhatta Mazdoor Mahaz (Frente de los trabajadores de ladrillos), una especie de sindicato, fue creado en 1967 para defender a los trabajadores de las fábricas de ladrillos.

Su fundador, Ehsan Ullah Khan, un joven estudiante de derecho de Lahore, conoció la historia de un grupo de ladrilleros de Kasur, uno de los distritos más feudales de Punjab próximo a la frontera india.

El más viejo de estos obreros, Baba Kula MASIH, había contado sus desventuras y el secuestro de una mujer de su grupo por el patrón. Tomando el caso, Ehsan Ullah Khan convenció al viejo para que pusiera una denuncia y hacerle declarar en un tribunal.

Iniciativa determinante, ya que esta acción con la justicia acabó, algunos días más tarde, con la liberación de la rehén.

Al poco tiempo, se constituyó, con los medios escasos, un grupo de presión agrupando a periodistas y a intelectuales izquierdistas, y un sindicato uniendo a los obreros pobres para la defensa de sus derechos.

El Bhatta Mazdoor Mahaz llegó a ser la única fuerza de agitación y de oposición que se esforzaba en defender por todo Pakistán a los trabajadores esclavos.

Esta tarea militante que conducía a sus miembros y a Ehsan Ullah Khan a atravesar las provincias, con el fin de entrar en contacto con el mayor número de obreros, les hacía correr serios riesgos para su seguridad personal.

¿Cómo hacer comprender la ignominia de la esclavitud a una clase dominante de feudales acostumbrados, de padres a hijos, abusar de la voluntad de sus empleados y de sus criadas?

SOLO CONTRA TODOS
La tarea a la que se había consagrado Ehsan en 1967 se oponía a las costumbres locales. Peor todavía: la causa que habían llegado a defender con entusiasmo, iba claramente en contra de la islamización, acentuada por la dictadura militar en el poder desde 1977.

La mayoría de los cristianos eran considerados ciudadanos de segunda, excepto algunas familias ricas. Su peso político nulo les condenaba a la impotencia. Las desigualdades económicas que padecían reflejaban una desigualdad social que era vista como normal.

Desde su creación en 1967, este "Frente de trabajadores del ladrillo" era fuertemente combatido. Y entre los millones de obreros explotados que contaba el país, ningún nombre era tan popular como el de su fundador, Ehsan Ullah Khan.

Con su aspecto fiero, era capaz de convocar a las masas cuando apelaba ardientemente a la liberación de todos los esclavos. Este hijo de un modesto empleado de correos de Punjab se con-virtió en alguna forma, el 'Moisés' de estos millones de esclavos cristianos oprimidos.

Su vida, marcada por los cantos emotivos que se transmitían oralmente de generación en generación, había sido reflejada en una obra de teatro titulada "Itt o el ladrillo". Un espectáculo destinado a ser representado en varias ciudades de Punjab con la esperanza se sensibilizar a las clases medias mostrando cómo se trataba a estos hombres peor que si fueran animales.

14 de abril de 2009

12 de abril de 2009

Una pascua diferente, en el taller....

Mañana compartimos una reflexión más "amigable" de nuestra Pascua. Hoy no puedo dejar pasar por alto esta realidad de tantos y tantas de nuestros hermanos bolivianos en mi país y en tantos otros.
Imágenes de los talleres clandestinos, una forma de esclavitud moderna
Mario tiene 16 años, más que suficientes para saber que no es natural dormir en ese colchón sin sábanas, o que su sueldo, de 700 pesos al mes por 14 horas de trabajo, no justifica ni su agotamiento ni el tener que compartir un baño con los otros 50 bolivianos del taller.
Mario se coloca una cámara oculta en la remera y muestra parte de su infierno: un gigantesco galpón con máquinas de coser y cortadoras, el ascensor industrial que lo lleva al sótano para buscar telares y refugiarse en su cama y la oscuridad de una rutina que sólo le da respiro los domingos.
Las imágenes, borrosas pero contundentes, fueron tomadas la semana pasada en el interior de un taller de la calle Chivilcoy, en Floresta. Mario registró el lugar con una cámara diminuta que le prestó la Fundación Alameda, una organización que desde hace cuatro años persigue a los talleres clandestinos.

Esta semana la fundación hará la denuncia penal, con la esperanza remota de que los inspectores de la Ciudad no intenten culpar únicamente al capataz del taller, un coreano de poco más de 50 años que, según el relato de Mario, es apenas un empleado más de la cadena de producción.Sabe Mario, además, que al taller lo suele visitar la Policía, pero jamás baja al sótano donde él vive desde hace un año, cuando llegó de La Paz, Bolivia, por la insistencia de un familiar. "En Buenos Aires hay trabajo", le dijeron.

Y aquí llegó.Se calcula que en todo el país hay entre 150 mil y 200 mil trabajadores textiles informales.
Que en la provincia de Buenos Aires hay no menos de 12 mil talleres clandestinos.
Y que en la Capital existen entre 3.000 y 3.500, según la estimación de la Defensoría del Pueblo, aunque el Gobierno porteño la relativiza un poco.
"Yo calculo que habrá 2.000", dice el subsecretario del Trabajo, Jorge Ginzo.En lo que todos coinciden es que en muchos casos se trata de trabajo esclavo, hijo de una tradición de la industria textil.

El 78 por ciento de los trabajadores textiles está en negro, según reconocen las autoridades del sector. Y la cadena de valor es desproporcionada: al tallerista se le paga un peso por cada prenda que luego puede llegar a venderse a 200 en un shopping.El drama de los talleres generó alarma social recién el 30 de marzo de 2006, cuando un incendio destruyó el taller de Luis Viale 1269, en Caballito, matando a dos mayores y a cuatro chicos.

Pero las cosas no han cambiado demasiado. La Defensoría del Pueblo y la Fundación Alameda reciben tres o cuatro denuncias por semana. La Justicia federal porteña -a cargo del fiscal Carlos Cearras- investiga a cientos de talleres y a 80 primeras marcas, acusadas de ser corresponsables de la "esclavitud".

¿Dónde están los talleres? En Capital se burlan de los controles en los barrios de Floresta, Pompeya, el Once, o en galpones o casas de familia que albergan a 10, 15 o hasta 70 trabajadores en negro, a veces controlados por cámaras de seguridad, otras por la simple mirada del patrón. También en las villas, a donde pocos inspectores se animan a entrar.

"En la 1-11-14 hay entre 300 y 500 talleres", advierte Gustavo Vera, de la Alameda."Necesitamos que la Justicia federal y el Estado en general intervengan. Hay que ayudar a las víctimas, darles protección a los testigos y apuntarle a las grandes marcas, que son las que hacen la explotación", dice Rodolfo Yanzón, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y denunciante permanente de los talleres clandestinos.

Yanzón apunta a las marcas, ya que la "Ley de Trabajo a Domicilio" establece la responsabilidad solidaria de las empresas que tercerizan sus servicios. Las marcas, hasta ahora, han venido esquivando culpas con el argumento de que sólo contratan un servicio.La firma Kosiuko, una de las denunciadas, aseguró a Clarín que está comprometida "en el saneamiento de la cadena de valor" de la industria.

En marzo pasado, la Defensoría denunció a Kosiuko por un nuevo taller clandestino -esta vez en Pompeya- y puso punto final a una Mesa de trabajo donde empresarios y la Fundación Alameda buscaban soluciones al problema.Mario Ganola es el especialista de la Defensoría del Pueblo. Según dice, el problema es enorme ya que toda la industria textil se maneja con talleres clandestinos.

"Es un sistema de producción ya organizado así, donde una obrera hace 50 camisas por día a un peso cada una, y luego esa misma camisa se vende a 200 pesos".
Para Ganola, no tiene sentido regularizar a los talleres, sino asistir a las víctimas y protegerlas para que puedan denunciar su situación sin temor a quedar en la calle. La mayoría de los talleristas, recuerda, son bolivianos indocumentados, muchos llegados al país por engaño.Una postura distinta tiene el gobierno porteño.

Según Ginzo, el subsecretario de Trabajo, "es importante diferenciar los talleres clandestinos de los informales" y sostiene que en la mayoría de los casos se trata de microemprendimientos de subsistencia.
El Gobierno porteño impulsó una ley para regularizar los talleres. Se sancionó hace tres semanas, aunque aún no fue reglamentada.
Según el gobierno, hay 100 inspectores listos para hacer el trabajo.¿Qué hacen la AFIP, la Policía, la Dirección de Aduanas? Poco y nada, según reconocen todos los actores. Tampoco el gremio textil, aunque ahora empezó a colaborar con el Gobierno porteño.

Esa falta de presencia del Estado se percibe en cada uno de los talleres. En la calle Chivilcoy, de Floresta, en este momento viven 50 personas. Tres de ellos son menores de edad. Uno se llama Mario y su cámara oculta ya está apagada.

Fuente: Diario Clarin.-

10 de abril de 2009

Viernes santo

Hoy no se celebra la eucaristía.
El Oficio de Lecturas propone este pasaje de una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado:
¿Qué es lo que hoy sucede?
Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo.
Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo. Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: “Mi Señor esté con todos”.
Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: “Y con tu espíritu”. Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y seré tu luz.
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: ‘Salid’, y a los que se encuentran en las tinieblas: ‘iluminaos’, y a los que duermen: ‘Levantaos’.
A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza.
Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, Yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del paraíso, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.
Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva.
Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.Levántate, salgamos de aquí.
El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti.
Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad».

9 de abril de 2009

Nuevo sacerdocio - Nueva humanidad

Desde los primeros siglos cristianos se ha hablado de las dos presencias del Señor: en el sacramento de la eucaristía y en el sacramento del pobre; en el pan que compartimos y en los hermanos pequeños.
Hoy, jueves santo, celebramos el día del don de la eucaristía y el día del amor fraterno, dos celebraciones que no se pueden separar. Son –como dice un poema sobre los esposos– las dos voces del mismo canto, los dos remos del mismo barco, las dos llamas del mismo fuego, las dos alas del mismo sueño, los dos vientos del mismo bosque, las dos sombras de la misma noche...

En la eucaristía celebramos sobre todo la entrega del Señor a nosotros y por nosotros.
No entregó algún excedente de su cosecha, una limosna de su bolsa más o menos provista, un pensamiento de su inteligencia sobreabundante; se entregó a sí mismo.

Sí, se había ido dando en la enseñanza, en las curaciones, en los dones a los pobres, en la cercanía a la gente, en las horas sosegadas o urgentes del ministerio, en los encuentros gozosos o en los choques ásperos de su actuación, en los tiempos de soledad y en aquellos en que no lo dejaban a sol ni a sombra.
Ahora se da él en persona. No había escatimado trabajos, no se escatima a sí mismo.Como sabéis, un refrán dice que lo que se come se cría.

Si se come entrega, se cría entrega; si se come al Señor entregado, se criará entrega como la del Señor. En el bautismo nos incorporó a sí y a su Iglesia.
Ahora, en cada celebración eucarística, nos incorpora a la que fue su forma de vida: una vida en que se desvivió. Nos capacita para parecernos a ese estilo suyo de vida.

Que, al tomar su cuerpo, nos tome él para que pueda revivir y prolongar su entrega a través de nosotros.

Hay otro aspecto. Se lo revela Jesús a Pedro: el discípulo tiene que aceptar el humilde servicio del lavatorio de los pies.

Para poder dar, antes necesitamos recibir. No pretendamos ser autosuficientes. En nuestra pobreza, hemos de acercarnos a la fuente.

La perseverancia en el amor y en el servicio, que quizá no encuentran correspondencia, se alimenta en esta entrega del Señor en la eucaristía.

Necesitamos comer entrega para poder darla, y aquí es donde la recibimos.

Un saludo fraterno

6 de abril de 2009

La droga en las Villas.-

Comunicado del Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia.- La droga en las Villas: Despenalizada de hecho.
Miles de mujeres y de hombres hacen filas para viajar y trabajar honradamente, para llevar el pan de cada día a la mesa, para ahorrar e ir de a poco comprando ladrillos y así mejorar la casa. Se va dando así esa dinámica linda que va transformando las Villas en barrios obreros.
Miles y miles de niños con sus guardapolvos desfilan por pasillos y calles en ida y vuelta de casa a la escuela, y de esta a casa. Mientras tanto los abuelos, quienes atesoran la sabiduría popular, se reúnen a la sombra de un árbol o de un techo de chapa a compartir un mate o un tereré y a contar anécdotas.

Y al caer la tarde muchos de todas las edades se reúnen a rezar las novenas y preparar las fiestas en torno a las ermitas levantadas por la fe de los vecinos.La contracara, el lado oscuro de nuestros barrios, es la droga instalada desde hace años, quizás con más fuerza desde el 2001.

Entre nosotros la droga está despenalizada de hecho. Se la puede tener, llevar, consumir sin ser prácticamente molestado. Habitualmente ni la fuerza pública, ni ningún organismo que represente al Estado se mete en la vida de estos chicos que tienen veneno en sus manos.

Ante la confusión que se genera en la opinión pública con la prensa amarilla que responsabiliza a la Villa del problema de la droga y la delincuencia, decimos claramente: el problema no es la Villa sino el narcotráfico.
La mayoría de los que se enriquecen con el narcotráfico no viven en las Villas, en estos barrios donde se corta la luz, donde una ambulancia tarda en entrar, donde es común ver cloacas rebalsadas. Otra cosa distinta es que el espacio de la Villa -como zona liberada- resulte funcional a esta situación.

La vida para los jóvenes de nuestros barrios se fue tornando cada vez más difícil hasta convertirse en las primeras víctimas de esta despenalización de hecho. Miles arruinados en su mente y en su espíritu se convencieron que no hay posibilidades para ellos en la sociedad. Por otra parte profundamente ligado al tema de la droga se da el fenómeno de la delincuencia, de las peleas, y los hechos de muerte violenta ("estaba dado vuelta").

Esto nos hace tomar conciencia de otro gran tráfico que hay en nuestra sociedad que es el tráfico de armas, y que visualizamos como fuera de control. Cuando vemos muertes causadas por menores adictos, también nos preguntamos ¿quién es el que pone el arma en manos de los menores?
De este espiral de locura y violencia las primeras víctimas son los mismos vecinos de la Villa.La destrucción pasó como un ciclón por las familias, donde la mamá perdió hasta la plancha porque su hijo la vendió para comprar droga. Estas familias deambularon por distintas oficinas del Estado sin encontrar demasiadas soluciones año a año.

Toda la familia queda golpeada porque su hijo está todo el día en la calle consumiendo. Asombra ver como ese niño que fue al catecismo, que jugaba muy bien en el fútbol dominguero, hoy "está perdido". Causa un profundo dolor ver que esa niña que iba a la escuela hoy se prostituye para fumar "paco".La despenalización de hecho generó inseguridad social.

La raíz de la inseguridad social hay que buscarla en la insolidaridad social.[1] A poco que nos pongamos a la luz de la Palabra de Dios, descubrimos que como sociedad no nos hemos movilizado suficientemente ante el hecho dramático del hambre de los niños, que da lugar a adolescentes débiles física y mentalmente. Con madres y padres angustiados sin trabajo o changas mal remuneradas.

A los que les resulta más difícil entusiasmar a sus hijos con actividades en clubes y cursos o cualquier otra forma positiva de ocupar el tiempo, ya que no cuentan con el apoyo y el dinero necesario. Se generan así situaciones infrahumanas aprovechadas a su vez, por los gananciosos distribuidores de droga.

Como sacerdotes y vecinos de estas barriadas humildes, sentimos la llamada evangélica de acompañar a aquellos niños, adolescentes y jóvenes que en gran cantidad se encuentran en este infierno de la droga y a la vez de exhortar a la conversión a los que pisotean la dignidad de los mismos de esta inescrupulosa manera, avisándoles que Dios y la Virgen les van a pedir cuentas.

Ahora escuchamos hablar de despenalizar en el derecho el consumo de sustancias. Nos preguntamos: ¿ministros y jueces conocen la situación en nuestros barrios? ¿Han dialogado con el hombre común de la Villa? ¿Se han sentado a elaborar con ellos proyectos liberadores -la droga esclaviza- o simplemente se piensa en implementar recetas de otras latitudes?[2]
¿Cómo decodifican nuestros adolescentes y jóvenes el mensaje: se puede consumir libremente, por ejemplo cocaína?

Algunas propuestas
Cuando un cura se acerca y saluda a los chicos y chicas que están en los pasillos de consumo, en esos lugares de tristeza y desesperación, recibe generalmente preguntas y pedidos de este tipo: "¿Dios a mí me ama?" "¿Me voy para arriba o para abajo?" "Padre me da la bendición de Dios". "¿No me ayuda a salir de este lugar?, no aguanto más esta vida".

Apoyándonos en el Evangelio de Jesús nosotros creemos que cada persona es sagrada, cada una tiene una dignidad infinita, ninguna vida está de sobra.Por eso nos resistimos a mirar esta realidad social desde los papeles de las estadísticas, desde los fríos números.

Desde esta perspectiva un adolescente que comienza hoy a consumir paco, es sólo uno más. ¿Qué importancia tiene esto si no afecta a los números y estadísticas que aletargan nuestra conciencia y nuestro compromiso?

Tal vez esta mirada se inquieta si los números crecen demasiado, nada más.Nosotros queremos intentar mirar la realidad desde el corazón de Dios.

Es que Dios no quiere que ninguno de sus hijitos se pierda, para todos quiere una vida plena. Por eso sin ser expertos en la materia, aunque con cercanía diaria con esta realidad, acercamos algunas propuestas-intuiciones en base a las cuales estamos trabajando. De hecho en varias Villas venimos transitando distintos caminos de prevención, recuperación y reinserción; de acuerdo con cada realidad y con las posibilidades que contamos.

Prevención
No hay que ser ingenuos, la tríada hambre-criminalidad -droga es demasiado fuerte. Frente a esta dramática situación tenemos que tomar conciencia de que hay que realizar un trabajo de prevención sistemático y a largo plazo.

Nos parece que se trata principalmente de crear ámbitos de contención y escucha de nuestros niños, adolescentes y jóvenes -en este sentido no es menor todo lo que se haga para fortalecer a sus familias-.
Ámbitos de recreación y de construcción de un proyecto real para su vida. La verdad es que se logra poco con el no a la droga sin un fuerte sí a la vida.

Muy unido al tema del consumo de droga, tal vez como una de sus grandes causales esta la falta de sentido, de un horizonte hacia el cual caminar. El aburrimiento, el tedio, el no tener que hacer, van minando la pasión por la vida y donde no hay pasión por ella, aparece la adicción.

El gran trabajo de prevención nos parece que tiene que tener como eje el mostrar que la vida tiene sentido. Por eso nos parece que las adicciones son principalmente enfermedades espirituales, sin negar obviamente su dimensión biológica y psicológica.[ 3]

Una persona espiritualmente saludable está convencida de que la vida merece vivirse, le encuentra sentido a lo que hace, tiene la "alegría de vivir".

Nuestro país tiene una enorme deuda social. "La deuda social es también una deuda existencial de crisis de sentido de la vida: se puede pensar legítimamente que la suerte de la humanidad está en manos de quienes sepan dar razones para vivir"[4].

El sentido de la vida se adquiere por "contagio", los valores se descubren encarnados en personas concretas, por eso, la importancia fundamental de generar en nuestros barrios líderes positivos que puedan trasmitir valores vividos por la fuerza de su testimonio.

Tenemos por otro lado que aprovechar los ámbitos que existen y que son naturalmente lugares de prevención, como por ejemplo la escuela. "La escuela es el principal mecanismo de inclusión. Quienes se van de la escuela pierden toda esperanza ya que la escuela es el lugar donde los chicos pueden elaborar un proyecto de vida y empezar a formar su identidad.

En la actualidad, la deserción escolar no suele dar lugar al ingreso a un trabajo sino que lleva al joven al terreno de la exclusión social: la deserción escolar parece significar el reclutamiento, especialmente de los adolescentes, a un mundo en el que aumenta su vulnerabilidad en relación a la violencia urbana, al abuso y a la adicción a las drogas o al alcohol.

Si bien la escuela puede no lograr evitar estos problemas, la misma parece constituir la última frontera en que el Estado, las familias y los adultos se hacen cargo de los jóvenes, en el que funcionan, a veces a duras penas, valores y normas vinculados a la humanidad y la ciudadanía y en el que el futuro todavía no ha muerto." [5]

Por eso no hay que quedarse en el mero demandar cosas a la escuela en general y a los docentes en particular, sino que hay que apoyar decididamente su fundamental labor.

La educación es un camino real de promoción por eso son necesarias más escuelas y mayor presupuesto para educación en los barrios más pobres de la ciudad.Nos parece conveniente proponer la posibilidad de que se dicte una materia específica de prevención de adicciones ya desde la primaria, tal vez desde el preescolar.

No nos referimos a esa prevención que explica el tipo de drogas, o como se consumen etc. Nos parece más conveniente un tipo de prevención que transmita a los chicos que tenemos vida y esta vida es sagrada y por eso tenemos que aprender a cuidarla.

Hay material elaborado a partir de experiencias en zonas de alta vulnerabilidad social que se puede utilizar.[6]

Si fuera necesario, la delicadeza del tema amerita un proyecto de ley en la legislatura que al aprobarse posibilite el dictado de la misma.

El abordar la tarea de la prevención de las adicciones requiere un trabajo hecho con esperanza, con la confianza audaz de que es posible crear ámbitos sanos y dichosos que ayuden a curar las heridas.

"A quienes dicen 'trastornos precoces efectos durables' se les puede responder que los trastornos precoces provocan efectos precoces que pueden durar si el entorno social y familiar los convierte en relatos permanentes. " [7]

Mirar con esperanza esta difícil situación que vivimos en nuestros barrios nos aleja de una mirada fatalista. Por otro lado nuestra fe católica nunca dijo que algunos están predestinados a vivir bien y otros a la miseria.

Nuestra fe lee esta situación como una situación de pecado que clama al cielo y que llamamos pecado social. Esta situación de injusticia se contrapone al proyecto de amor del Buen Dios.

Con humildad pidamos perdón al Señor por nuestra complicidad manifestada de tantas maneras y pidámosle la gracia de poner todo lo que esté de nuestra parte para transformar esta dolorosa realidad.

Recuperación
Cuando las estadísticas nos dicen que son demasiados niños, jóvenes y adultos que fuman pasta base, tengamos por seguro que llegamos tarde. La pregunta es: ¿queremos seguir llegando tarde?
Son personas, seres humanos que mueren o quedan con una vida hipotecada. Por ellos hay que hacer algo ya. Aunque sólo salvemos a uno.

Pedagogía de la presencia[8]
El primer paso es acercarse a los chicos, no esperar a que estos golpeen las puertas de nuestras instituciones. Este primer paso es a la vez una afirmación de la dignidad de estas chicas, de estos chicos, del valor sagrado de sus personas; no son vidas que 'están de sobra', que molestan, o que afean nuestros barrios.

Este primer paso es acercar el corazón. Corazón que se acerca es corazón que ve y se deja tocar por este doloroso grito y por eso se pone a su escucha.
El hábito de la escucha no es algo común en nuestros días y es esencial para un verdadero encuentro. Si escucháramos más, seguramente el nivel de violencia que vivimos bajaría notablemente

Ponerse a la escucha no es buscar que rápidamente acaten las pautas sociales. A veces queremos que rápidamente cumplan normas, que respeten derechos para entrar en sociedad, cuando como sociedad no les hemos respetado sus derechos más elementales.Acercarse, caminar los barrios, escuchar, encontrarse es el primer paso imprescindible.

Adaptar nuestros programas e instituciones a la realidad y no la realidad a ellos.
La burocracia expulsa, pone trabas (excesivas entrevistas y requisitos), en definitiva pone en riesgo la vida de muchas personas.

Además muchas veces la realidad de los procesos de recuperación está marcada por los números-dinero (becas por un año, ese sería el tiempo de recuperación), dejando a un segundo plano los procesos personales.

Por consiguiente teniendo en cuenta el proceso de cada persona hay que discernir que camino de recuperación proponerle: atención ambulatoria en un centro de día; internación en una comunidad terapéutica, etc.

Por otro lado es necesario adaptarse a la realidad de los más pobres. Por ejemplo se da el caso de mamás que consumen y no tiene con quién dejar a sus hijos; hay que plantearse entonces la posibilidad de que ingresen juntos en un mismo lugar.

Hay que poner el centro de nuestro esfuerzo en adaptar nuestros programas e instituciones a la realidad y no la realidad a ellos; creando ámbitos que rompan las cadenas invisibles que esclavizan a nuestros adolescentes y jóvenes.

Hoy vivimos la cultura de la imagen. De muchas maneras se busca tener cautiva nuestra mirada. Si esto se logra en gran parte se adueñan de nuestra vida. A veces se busca transmitir la idea de que: 'estamos trabajando fuertemente en la lucha contra la droga'.

Es así que por ejemplo se abre un solo centro de recuperación para toda una ciudad y se empapela la misma para dar una buena imagen.

Si se da imagen de algo que no es, que en realidad se está haciendo insuficientemente, no solo se corre el riesgo del autoengaño, sino que quedan vidas en el camino.

En relación a esto último hay una responsabilidad grande de los publicistas y de los medios de comunicación en general, valga como ejemplo este verano: Por un lado la propaganda de una bebida alcohólica en la playa que al parecer era sinónimo de plenitud y alegría, por otro lado la realidad de la violencia como consecuencia del exceso de alcohol en muchos jóvenes en la costa.

Tal vez esto sea una llamada de atención para que veamos que como sociedad estamos dejando muy solos a nuestros adolescentes y jóvenes. No les enseñamos que hacer frente al aburrimiento, la tristeza, la bronca o la soledad, etc.
No les mostramos que no hay que encontrar "algo" para combatirlas sino encontrar a "alguien" con quien compartir y hablar de lo que les pasa. Hablar y compartir con "alguien" que los puede ayudar es lo contrario a la adicción.

El mundo adulto no puede ausentarse, no puede desproteger a los niños/as y adolescentes. La justicia debe proteger a esos chicos que tienen su libertad muy condicionada; prueba de ello es que dinero que consiguen va a parar a aquellos que no les importa nada de sus vidas y les ponen veneno en sus manos.

La justicia tiene que tenderle la mano a esas mamás que desesperadas no saben como ayudar a sus hijos.
Pensar en el después del camino de recuperación.
No alcanza con el pago de una beca de tratamiento. Hay jóvenes que no pueden volver a sus barrios -cerca de su casa se compra y se consume libremente droga- se da una suerte de factor cuasi-biológico que favorece la recaída en el consumo. La no conveniencia de la vuelta al barrio es señalada reiteradamente por muchas familias que los aman y acompañan.

Tenemos que ir tejiendo con ellos una propuesta de real reinserción social. Desde el elemental derecho a la identidad o sea que accedan a sacar su documento hasta una salida laboral y un lugar para vivir con dignidad..

Sabemos también que muchos jóvenes que hoy están privados de su libertad han cometido delitos a causa del consumo de droga.
En ese caso hay que replicar las experiencias que tratan su adicción; utilizándose así positivamente el tiempo en prisión para que al salir puedan reinsertarse en la sociedad. De alguna manera este también es un trabajo de prevención.

Por último ponemos bajo la protección y el cuidado de la Virgen de Luján, Madre de nuestro Pueblo, a las familias que en nuestros barrios sufren el flagelo de la droga.


- José María Di Paola, Carlos Olivero, Facundo Berretta y Juan Isasmendi de la Villa 21-24 y N.H.T. Zabaleta.
- Guillermo Torre y Martín Carrozza de la Villa 31.
- Gustavo Carrara, Adolfo Benassi y Joaquín Giangreco de la Villa 1-11-14.
- Jorge Tome y Franco Punturo de la Villa 20.
- Sebastián Sury y José Nicolás Zámolo de la Villa 15.
- Pedro Baya Casal y Martín De Chiara de la Villa 3 y del Barrio Ramón Carrillo.
- Nibaldo Valentín Leal de la Villa 6. - Sergio Serrese de la Villa 19.
- Enrique Evangelista de la Villa 26.
- Jorge Torres Carbonell de la Villa Rodrigo Bueno.

Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 25 de Marzo de 2009.

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[1] Cf. Mons. Miguel Esteban Hesayne. Jesús, el Reino y la inseguridad. Homilía del 32º domingo durante el año (9/11/ 2008)
[2] Mons. Jorge Lozano: "Hemos escuchado con preocupación a algunos funcionarios manifestándose abiertamente por la despenalización del consumo de drogas. Se argumenta que no se quiere criminalizar al adicto, ponerlo en el mismo nivel de delito que al narcotraficante. Excelente intención. Pero ¿se logra el propósito andando ese camino? ¿La legislación actual penaliza al consumidor? No. La ley 23.737 establece que cuando la tenencia es para uso personal y hay una "dependencia física o psíquica" de la sustancia, el juez puede imponer una "medida de seguridad curativa, consistente en un tratamiento de desintoxicación y rehabilitación por el tiempo necesario", por lo que deja en suspenso la pena que le pudiera corresponder. Considera al consumidor como una persona enferma (no un delincuente) y manda a proveerlo de un tratamiento de desintoxicación y rehabilitación. La despenalización del adicto ya está en vigencia." Artículo periodístico publicado en el Diario La Nación sobre la posible despenalización del consumo de drogas para consumo personal. (29/12/ 2008)
[3] Nos parece muy iluminador el trabajo de López Rosende Juan Manuel. Huérfanos de amor. Trastornos psicológicos y espirituales. Editorial Dunken. Buenos Aires, 2008.
[4] CEA. Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad. (2010-2016) Nº 25
[5] Card. Jorge Mario Bergoglio S. J. Carta pastoral sobre la niñez y adolescencia en riesgo. (1/10/05)
[6] Por ejemplo: Aldo Tamai-Claudia Betancour. Promoción de la Salud para niños en edad escolar. Estrategias para la prevención de adicciones y otras situaciones de riesgo en edad escolar. Editorial Guadalupe. Buenos Aires, 2007.
[7] Cyrulnik Boris. La maravilla del dolor. El sentido de la resiliencia. Granica. Buenos Aires, 2001. Pag. 92. Del mismo autor se puede leer obras como: "El amor que nos cura."; "Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida."
[8] Gomes Da Costa Antonio Carlos. Pedagogía de la presencia. Losada - UNICEF Argentina. Buenos Aires, 1995.