27 de noviembre de 2008

Orar en la Ciudad 1

Pierre-Marie Delfieux (Fraternidades Monásticas de Jerusalén).
Dios está en la ciudad y allí se le puede encontrar. La ciudad tiene ciertamente un poco de la fascinación de Babel y mil tentaciones que la llenan y que parece que constantemente pueden desviarnos del Señor. Pero en el desierto, también podemos ser tentados. En medio de las soledades podemos ser charlatanes y a la sombra de los claustros se puede ser muy mundano. Dios está en la ciudad y es preciso buscarle allí. A quien llama, él le abrirá. A quien pide, le dará. Y quien le busca, lo encontrará.
Yo me digo frecuentemente, después de haber oído desde hace años tantos testimonios sobre este tema, que la iglesia más grande es el metro. ¡Si se supieran todas las oraciones que por centenares de millares se recitan allí cada día, desde antes de la aurora hasta avanzada la noche! En el cielo nos sorprenderemos descubriendo a todos aquellos que en el metro, autobús, en el taxi y en los coches particulares, se han santificado desgranando las cuentas del rosario o rezando simplemente por los que les rodean.
A veces me gusta imaginarme a la ciudad, representándomela como Verlaine desde mi celda, "por encima del tejado". Allá, bajo nuestro ojos, alrededor de la catedral, todas esas iglesias, esas basílicas, esas capillas, esos oratorios, esos conventos, esos monasterios, esas mil y una lámparas de oración que arden y brillan invisiblemente a lo largo de los días y en medio de la noche... son otros tantos signos perceptibles de la Presencia de Dios.
Desde las maternidades a los velatorios, desde las camas de los hospitales a las celdas de los prisioneros, en los apartamentos ricos y en las buhardillas insalubres, en los despachos edificados en torres de cristal, en los subsuelos de los talleres en semioscuridad, en comercios y tiendas, por todas partes, unos labios balbucean su oración, unas manos se vuelven hacia el cielo, unas almas se elevan hacia Dios. Corazones que gritan, susurran, suspiran, cantan a Dios. ¿Cómo no lo encontramos en la ciudad si, abriendo los ojos, lo podemos encontrar en cada cruce del camino? Se alza en medio de las plazas. Corre a lo largo de las calles. Reside detrás de cada fachada y él mismo baña la ciudad entera de la luz de su Palabra y la llena del misterio de mil eucaristías.
Remontemos, pues, las aceras de nuestras ciudades. Está claro que si no prestamos atención, todo puede desviarnos de Dios. Pero todavía es más cierto que, si lo queremos, todo puede sernos ocasión para volvernos hacia él y encontrarlo de verdad. Aquí, una alabanza por este cruce de miradas puras, por este gesto de caridad percibido a medias, por la belleza contemplada de la arquitectura, la maravilla de esa proeza técnica. Más allá una súplica por ese rostro extenuado, ese cartel insultante, esa miseria que nos interroga, ese escaparate innoble o inútil de despilfarro o de sensualidad.
Necesitamos aprender a orar en la ciudad. Prolongar los murmullos y elevar los suspiros y los gritos hacia el cielo. Incluso inventar una nueva espiritualidad, como los Cistercienses lo hicieron en la vida rural, Teresa de Jesús en la vida del convento, Bruno en la soledad, Benito en el trabajo, la liturgia y la lectio... Pero no digamos que esto no se puede realizar. El evangelio nos dice que sí (Lc 24, 49). «Queridos compañeros en la fe –exclamaba el hermano Carlos Caretto dirigiéndose a los que habían escogido el desierto en la ciudad– sois los testigos de lo Invisible, los creyentes en el Dios único, los adoradores del Espíritu, los partidarios del Reino de los Cielos. Sois los que esperan en el desierto de la ciudad el regreso de Cristo, diciendo como los primeros cristianos: ¡Maranata! ¡Ven señor Jesús! Estos cristianos velan orando y su casa es un nuevo monasterio». Sí, Dios está en el corazón de las ciudades, podemos encontrarlo allí de verdad y siempre.

26 de noviembre de 2008

Yo cura, he aprendido a decirte.... te quiero


Este escrito no me pertenece me lo alcanzó "una fulana" muy amiga de esas de fierro, lo hago integramente mío, enseñenos a ser cada día más humanos, mas curas y mas amigos....

A los curas nos han educado para saber controlar los sentimientos, que parece ser que pueden jugar malas pasadas. El celibato es valor que se lleva en vasija quebradiza y aquí o lo cuidas o se rompe a la mínima. Por eso nos educaron, y lo entiendo, en el control de sentimientos, la modestia en el vestir, la prudencia en el trato, el lenguaje correcto. Todo lo que pudiera sonar a “afectos” parece que debe ser puesto cuanto menos en cuarentena. La prudencia manda.

Por eso al hablar de “afectos” yo he empleado siempre palabras como “me cae bien”, nos llevamos bien”, “hay un aprecio mutuo”…

Pero decir “le quiero” sonaba mal, y no digamos si era hacia alguien del sexo femenino. Eso de querer se quedaba para Dios, para la Virgen y los santos, y si acaso para toda la humanidad, aunque entonces se hablaba de “amor universal”.

Qué difícil se hacía querer, por no decir imposible. Hasta el lenguaje ponía trabas. Recuerdo una vez que me preguntaban por un compañero cura y que me sorprendí diciendo: “yo es que a Fulano le quiero mucho”. Me sentí raro. Qué cosas.

Hoy lo digo con naturalidad. Y no me corto nada en decir que hay personas concretas, además de la propia familia, a las que quiero de corazón. Personas, muy pocas, pero algunas, hombres y mujeres, a las que quiero profundamente.

Lo que nos mata es que en este lenguaje nuestro decir “quiero a Fulanita” hay gente que lo entiende como si dijera “deseo a Fulanita y quiero conseguirla”. Y no. No es eso.

Tengo algunos grandes amigos y amigas. Gente a la que no tengo reparos en decirles: “te quiero mucho”. Gente que sabe que con eso estoy diciendo que agradezco que me den su amistad y me estén ayudando a ser mejor. Que sabe que con eso les estoy diciendo que estoy dispuesto a todo, incluso a renunciar a la amistad para que sean felices. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.

Soy célibe. Y lo vivo con serenidad. Y he renunciado a cosas. Lo sé. Pero no a amar y a ser amado, no a sentirme amigo, no a sentir la amistad como esa comunión de corazones que nos hace ser mejores.

Esos amigos a los que quiero de corazón, que nos queremos con el alma, me han enseñado a ser más humano y a ser más y mejor sacerdote. Yo creo que también les ayudo a ser más ellos, más humanos, más de Dios. Bendito Dios que pone en nuestro camino amigos auténticos en los que apoyar nuestro cansancio.

Soy un privilegiado. Por tener, tengo hasta amigos. Muy pocos, eso sí, pero muy de verdad.

Amigo mío, amiga mía que me lees ahora y que sabes que desde hace años nuestros corazones se comunican en lo más profundo. Gracias por tu amor. Gracias por tu mano siempre abierta. Que sepas que este cura hoy quiere decirte, deciros… te quiero, os quiero… y doy gracias a Dios por poder vivir con vosotros ese amor que canta Pablo, que goza con la verdad y nos hace más de Dios, que es capaz de dar todo, hasta la vida por el otro. Nadie tiene amor mayor… Que Dios os pague tanto. Y que Él me ayude a no defraudar tanto amor.

BUSCA EN TU CORAZÓN

Jorge ROJAS

Busca en tu corazón si quieres encontrar
el camino a seguir descubre la verdad

Ama sin condición, no te rindas jamás
donde vive el amor, vive la libertad.

Y no te olvides, que hay que luchar para ganar,
todo es posible, sólo tienes que empezar.

Búscalo en tu corazón
el camino que te lleve a la libertad
Búscalo en tu corazón
el camino que te lleve al amor.

Abre tu corazón tan grande como el mar
deja crecer allí las ganas de volar.

23 de noviembre de 2008

TESTIGOS DEL REINO

Benito Cassiers, HJ

«Nuestra fraternidad es el pan y el agua

que necesita la lucha heroica de mi pueblo».

Pablo Neruda

"Sé que buscan a Jesús crucificado. No está aquí. Ha resucitado tal como lo había anunciado. Ahora vayan pronto a decir a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos y que ya se les adelanta camino de Galilea. Allí lo verán” (Mt. 28, 5-7). Y con insistencia, Mateo lo repite dos veces todavía en su relato: "Allí lo verán", en la Galilea de los paganos. La resurrección por la cual Jesús recibe todo poder en el cielo y en la tierra (v. 18) no le quita su condición de galileo y nazareno; más bien lo confirma como tal. Esa condición que él asumió para realizar su misión, ese camino es ahora autentificado por el Padre. "Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos" (v. 19). Si la resurrección del Señor universaliza su misión, en la cual ahora los apóstoles toman el relevo, ¿no será acaso siempre necesario, para todos los nuevos discípulos de todos los lugares y de todos los tiempos, en cierto modo el "volver a Galilea"? "Ahí, lo verán". El encuentro con el Señor resucitado es inseparable del encuentro con el Galileo, el Nazareno.

A lo largo de la historia de la Iglesia, con toda la diversidad de situaciones y de carismas, vemos que la hondura de los movimientos de renovación, que suscitó la libertad del Espíritu, siempre se apoyó en la calidad de tal encuentro. Basta evocar aquí unas grandes figuras como son: Antonio, Benito, Francisco y Domingo, Ignacio, Teresa y Juan de la Cruz. La coyuntura de su tiempo y su propio temperamento llevaron a cada uno a dar una respuesta original en su época, a poner en peculiar relieve tal dimensión del evangelio y a hacer resaltar a nuestros ojos tal o cual rasgo del rostro de Cristo. Sin embargo, dentro de esta inmensa y rica diversidad, encontramos siempre en ellos el empeño por seguir a Jesús pobre y sin poder, despreciado y humilde, al Nazareno que les sedujo y que sigue interpelándonos desde los pobres de este mundo. En esta misma línea, asistimos a la renovación de la Iglesia latinoamericana desde Medellín. Carlos de Foucauld no se aparta de esa tradición y en ella ubica su matiz propio: la imitación de la vida de Jesús de Nazaret será la expresión de su vida contemplativa en el mundo. En eso encuentra su misión específica en la Iglesia; aporta su peculiar servicio al Reino.

"De manera indeleble se había grabado en mi espíritu esta frase del P. Huvelin: 'Que tú, Señor Jesús, de tal modo habías escogido el último lugar para ti, que nadie había podido quitártelo nunca'. Deseaba una vida en conformidad con la tuya, en la cual me fuera dado compartir tu abyección, tu pobreza, tu labor humilde, tu oscuridad; y a eso me determiné resueltamente".

Más tarde dirá:

“Comprendí que la vida que por vocación había llevado en Nazaret, debía continuarla lejos de Tierra Santa, entre las almas más enfermas, con las ovejas más desamparadas del rebaño de Dios. El banquete divino del cual era ministro, debía ser presentado por mí no a los hermanos, no a los parientes y vecinos ricos, sino a los más lisiados, a los más ciegos, a los más abandonados".

(Carlos de Foucauld)

“Tendrás que buscar en el mapa del mundo si no existe, en algún rincón apartado, un puñado de gente que no interesa a nadie, precisamente porque son sólo un puñado disperso en un espacio grande y poco asequible a otros apóstoles. Allí tendrás que ir con preferencia, sin hacer caso a los que te dicen que es tiempo perdido y que en otras partes hay grupos humanos más interesantes. Eso precisamente es la prueba de que siempre serán los olvidados, los pequeños y los pobres. Por eso son 'nuestros".

(Hermanita Magdalena)

Ese "último lugar" del cual nos habla Carlos de Foucauld es el que caracteriza a Nazaret tanto para Jesús en su tiempo, como para nosotros hoy. Es el revés de la historia, que siempre nos interpela, exigiendo nuestra apertura y tal vez nuestra presencia. Allí han de ubicarse nuestras fraternidades; es el lugar donde nos corresponde desarrollar nuestra misión de Iglesia: el servicio del Reino. Y es mucho más. Ese "último lugar" caracteriza el mismo servicio del Reino que nos toca aportar: gritar por la vida que el Reino empieza por los últimos. Como Jesús en Nazaret. No se trata solamente de vivir "en" el último lugar; se trata de vivir 'el' último lugar. No por ascesis, humildad o esfuerzo moral, ¡no! No se trata aquí de mostrar nuestro hipotético "ejemplo", sino de gritar el poder de Dios. Es una proclamación de fe a la faz del mundo: el Reino ha llegado; está en medio de nosotros y se desarrolla como la semilla que crece, según su "lógica" propia, conforme a las escrituras, empezando por los últimos. Y porque creemos en eso, porque queremos ser testigos de eso, nos corresponde apostar nuestra vida sobre esta realidad.

Como si se viera lo invisible. Si el Reino está en medio de nosotros, entonces allí, en este Reino, los últimos son los primeros en vivirlo, en descubrir por experiencia lo que significa. Si la vida venció a la muerte, es desde esta muerte que "reina” en el mundo, que podremos dejar nacer la vida definitiva, la esperanza de los hombres. Si Jesús de Nazaret ha resucitado por el poder de Dios, entonces es en Galilea de los paganos que lo podremos encontrar. "Allí lo verán". Vivir el último lugar, se vuelve el grito gozoso que proclama esta Buena Noticia. Es un canto a la vida; a la vida que no pasa, que no muere más.

"¿Y cómo puede ser esto? Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba" (Jn. 3, 3 sgs). Para "ver el Reino" presente en el mundo, verlo empezar por los últimos, por el revés de la historia, hay que nacer del Espíritu, vivir una fe que sea entrega y seguimiento de Jesús de Nazaret. "¿A quien iríamos?”, decía Pedro a Jesús para expresar su fe (Jn. 6, 68). Es sólo poniendo nuestros pies en sus huellas, compartiendo su práctica en medio de los hombres, su diálogo con el Padre, viviendo de su Espíritu, como podremos poco a poco entrar en el misterio y "ver el Reino", empezar a percibirlo de alguna manera. Aunque nunca acabaremos de agotar este misterio; es una aventura que nos reserva sorpresas y nos exige un espíritu y un corazón abierto a la novedad. "Si no vuelven a ser como niños, no podrán entrar en el Reino" (Mt. 18, 3). Por eso también es sólo al atreverse en esta aventura de fe, al entregar la vida al poder de Dios, como se establece el Reino desde el revés de la historia, desde los "Nazaret” de ayer y de hoy; es sólo así que este misterio podrá percibirse en su realidad y ser gritado, por la vida, en este mundo.

Solidarios con los últimos

1.Compartir la debilidad

"Tuvo que hacerse en todo semejante a sus hermanos, hacerse carne y sangre, o sea, compartir toda nuestra debilidad. Así, por su propia muerte, pudo quitarle su poder al que reinaba por la muerte, y liberó a los hombres que permanezcan paralizados por el miedo a la muerte" (Heb. 2, 14-18). Si el hablar de "último lugar”, es siempre relativo en comparación a otros lugares menos "últimos", queda sin embargo que este lugar, el lugar de Nazaret, está siempre de alguna manera marcado por la muerte. Hoy como ayer, es el lugar de los empobrecidos donde se vive la opresión, la marginación, el hambre, el cansancio, el desprecio; en síntesis, una muerte lenta. Entrar en la práctica de Jesús de Nazaret, es entrar por toda nuestra vida en el insondable misterio de un Dios que se hizo realmente solidario con el hombre; de un Dios que ha asumido todas las consecuencias del pecado, en la condición histórica de un Nazareno de su tiempo. Un Dios cuyo mensaje fue juzgado tan escandaloso y subversivo por los responsables del orden establecido, que lo llevaron al suplicio de los esclavos rebeldes. Este misterio es uno, y es el que da a nuestra vida esa unidad profunda que descubrimos viviéndolo. Es un misterio de solidaridad, de identificación con el otro, de compartir su destino. Hasta la muerte. Cuando uno ha empezado a palpar el mundo de sufrimiento, de situaciones imposibles y sin solución, de deshumanización y de muerte lenta que encierra el mundo de los pobres, percibe con fuerza el mal, el escándalo del mal que significa esa pobreza. Desde este punto de vista, no tendría sentido querer ser un pobre más, valorar esta situación. Pero cuando se trata, dentro de este universo del mal, de hacer presente la solidaridad, la amistad, todo cambia. Reconocemos ahí la luz que vino al mundo para iluminar a los que estaban sentados a la sombra de la muerte, y que las tinieblas no pudieron detener.

"Aquí en Tazeruk compartimos la vida de un pequeño grupo humano, muy aislado en pleno desierto. La población sobrevive, trágicamente sub-alimentada. La gente se queda la mayor parte del tiempo en las calles del pueblo por falta de trabajo; también por miedo de reencontrarse en su casa, sólo con su hambre y la de los suyos. Entonces se busca la compañía de los demás, no para hablar, sino para huir de la obsesión de la mujer, y los niños que alimentar; para no estar solo frente a su miseria. Juntos, uno se siente más fuerte. La propiedad privada es de lo más limitada: la mujer para el hombre, un burro o dos, un azadón; prácticamente nada más. Aun la casa y los niños pertenecen un poco a todos. De igual manera, nosotros mismos, y todo lo que tenemos pertenece un poco a todos. Si nos encerramos en la casa para tener un momento de tranquilidad o para conversar seriamente con alguien, puede ser considerado como un insulto a la comunidad.

La verdadera riqueza de este pueblo, y su tesoro en definitiva, en medio de su miseria, son los valores religiosos auténticos que les da el Islam: su dogma, su moral, sus fiestas y esta referencia continua de todos los acontecimientos al Dios creador y rico en misericordia. Claro que como testigos de Cristo, testigos de este "escándalo" que es la encarnación del Verbo de Dios y de su muerte horrorosa, estamos de hecho apartados parcialmente de la vida de la comunidad. Pero eso vale sólo a cierto nivel de la vida religiosa. Por todo lo demás, estamos 'metidos en el mismo tren', condenados a vivir y morir juntos.

¡Qué misterio! ¿Necesitaba Dios de la extraordinaria aventura de la encarnación para salvarnos? Y si eso ha de quedar desconocido por la mayoría de los hombres, ¿no hubiera podido encontrar otros medios, menos 'costosos'? Uno entiende que Jesús haya podido ser tentado, en el desierto y en el huerto, de adoptar otros medios, aparentemente más eficaces para cumplir su misión, Intuimos, sin embargo, cómo eso expresa un amor que, como dice Pablo, 'sobrepasa todo conocimiento'.

(Tazeruk, Argelia)

Del libro “YO SOY TU HERMANO en las huellas de Nazaret”, editado por Benito Cassiers, Hermanito de Jesús. 3ra edición, 2007.

10 de noviembre de 2008

Los eremitas de hoy viven en la ciudad

Vittorio MESSOR

Su número crece cada día. Pasan su vida en oración, no temen la pobreza y rechazan cualquier jerarquía. Su fuerza está en contradecir el espíritu del tiempo. La Iglesia ha decidido reintegrarles en el Derecho Canónico. Lo que no quieren es, justamente, ser noticia. Buscan el silencio y la discreción. Su puerta permanecerá cerrada para quien se acerque como periodista, o simplemente como curioso.

Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, pero no tendría acceso alguno a sus escondrijos si violase la promesa de no dar nombres ni direcciones. De todos modos, si alguien quiere buscar su rastro, que no los busque en lugares inhóspitos: es mucho más probable que los encuentre en las buhardillas de los centros metropolitanos. Me refiero a los eremitas. Han regresado por la puerta grande, su número crece cada año, aunque pocos lo saben, como es obvio, dado su empeño en pasar desapercibidos. La Iglesia, en cambio, sí sabe de ellos, y ha decidido volverles a dar un sitio dentro de su estructura, pues el Código de Derecho Canónico de 1917 los había ignorado. No por hostilidad, sino porque parecía que formaban parte de una página cristiana, larga y gloriosa, pero definitivamente cerrada.

Una página que se inició cuando en Oriente miles de creyentes huyeron al desierto o a las montañas: grutas y chozas se llenaron de solitarios que luchaban tanto contra leones y serpientes como contra diablos tentadores. La fama de sus ayunos, de las penitencias, del silencio ininterrumpido provocaba la afluencia de discípulos, y con frecuencia el solitario se veía obligado a acogerlos, creando –a veces contra su voluntad– una comunidad a la que dar una regla. También fue éste el destino de quien en Occidente iba a ser el origen de la forma de monacato que marcaría los siglos siguientes beneficiosamente. Benito de Nursia empezó como eremita pero su misma fama de santidad le sacó de la cueva y le forzó a transformarse en maestro y legislador de cenobios.

La Edad Media se llenó de eremitas, muchos de los cuales encontraban su sustento guardando cementerios, puentes o santuarios. El declive comenzó con el Concilio de Trento, que desconfió de los anacoretas porque eran incontrolables, y concluyó en el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa que persiguió a estos «parásitos asociales» a los que también consideraba «fanáticos oscurantistas». En el siglo XIX el eremita quedará relegado a ser casi un personaje de novela romántica, al estilo Conde de Montecristo. Dentro de la Iglesia, la vocación a la soledad había quedado canalizada desde hacía tiempo a través de órdenes religiosas como las de los cartujos o los camaldulenses, en las que el aislamiento va unido con la comunión con los hermanos en la oración y en la conversación.

Se decía que el silencio de Código eclesiástico de 1917 era significativo: ya no quedan anacoretas, fuera su regulación. Y en cambio, esta vocación –rara, pero insuprimible– desde luego no había desaparecido, sino que se incubaba bajo las cenizas, de modo que el nuevo Código publicado en 1983 ha tenido que levantar acta. En el segundo inciso del canon 603, la Iglesia reconoce oficialmente a los ermitaños como «consagrados» si «mediante voto u otro vínculo sagrado, profesan públicamente los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad, obediencia) en manos del Obispo diocesano», y si el mismo Ordinario del lugar les aprueba una regla que ellos mismos hayan redactado. Una legislación light, con requisitos mínimos, pero tal y como es obligado para una elección de vida inspirada por la obediencia a la Iglesia y a la lectura más rigurosa del Evangelio a la vez que por la libertad y la autonomía de los hijos de Dios que siguen una vocación particular y del todo personal.

Las estadísticas son difíciles, por no decir imposibles: aunque se les conoce, muy raramente los ermitaños responden a los cuestionarios. Ahora ha aparecido la investigación de los jesuitas americanos en las páginas de su revista cuatrimestral para consagrados Review for Religious. Hay que reconocer que esos religiosos americanos han tenido cierto éxito, pues de una muestra de 600 eremitas en todo el mundo han conseguido 140 respuestas. Una miseria para cualquier otra categoría social, pero todo un éxito dentro de la anómala categoría de los ermitaños, que si nos atenemos a las valoraciones fiables, contaría en todo el mundo con veinte mil personas. En Italia de mil a mil doscientos, divididos casi igual entre hombres y mujeres. La inmensa mayoría es católica, aunque no faltan otras confesiones cristianas y otras confesiones. Como alguien ha señalado, el anacoreta es el más ecuménico entre los creyentes porque recupera –viviéndolos todos los días– los valores que unen todas las confesiones: oración, penitencia, sacrificio, ayuno, alejamiento, contemplación

Parece que entre los nuevos ermitaños italianos también se cumple lo que revela la investigación americana, según la cual, solamente un dos por ciento ha elegido vivir en cuevas o sitios por el estilo, como galerías subterráneas. Ni la mayoría se encuentra en el campo o en las montañas. En realidad, el mayor número de los ermitaños actuales es «metropolitano». La gran ciudad es el verdadero sitio de la soledad, del anonimato, del combate silencioso contra los nuevos demonios.

La mayoría tiene entre cincuenta y sesenta años, y son rarísimos los que están por debajo de los treinta. No hay más que recordar el viejo proverbio: «A joven ermitaño, viejo diablo». Todos los maestros de la vida espiritual han enseñado siempre que una vocación así distingue a una élite de hombres y de mujeres particularmente experimentados. De hecho, en el eremitorio no se tiene el apoyo de una comunidad fraterna; la soledad y el silencio constantes son un gozo sólo para quien realmente ha sido llamado; ni siquiera se cuenta con un hábito o un distintivo.

No sólo: la obligada pobreza se convierte muchas veces en miseria, sobre todo para quienes han encontrado en la ciudad su «desierto», dado que el anacoreta buscará huir de toda «dispersión», y por tanto, de los trabajos en fábricas u oficinas, con lo que vivirá de las pequeñas cosas que pueda hacer dentro de sus modestísimas cuatro paredes. Esto casi nunca asegura unos ingresos suficientes para que una vida no se deslice desde la pobreza hasta la indigencia. Ésta es una de las razones por la que muchos esperan a tener una edad suficiente para una pequeña pensión, aunque sea mínima, que les permita cultivar en paz su propia vocación. En general tienen más suerte para el sustento diario aquéllos que tienen su cabaña en el campo.

Todas las experiencias dan fe de que los inicios son difíciles por la desconfianza de los paisanos que se preguntan quién será ese «forastero» extraño que, por lo general, tiene un aire distinto (la mayoría tiene título universitario), que no recibe visitas, que no tiene ni teléfono ni televisor, que se va a la cama con las gallinas y se levanta con el alba y que sólo cruza con los demás –párroco incluido– las mínimas palabras indispensables. De modo que la primera visita, por lo general, es la del policía local, alertado por las observaciones de los vecinos.

Después, poco a poco, se acepta al «forastero» como un miembro de la comunidad, algo extraño. Aunque la mayoría son laicos, también son numerosos aquellos sacerdotes, frailes o monjas que llegan a la vida eremita tras muchos años en comunidades tradicionales. Son los más afortunados, pues una vez que se les concede el permiso para dar el paso a esta nueva forma de vida, suelen tener la ayuda de la familia religiosa de la que provienen.

Pero, ¿por qué una elección así? Lo primero que hay que decir es que se trata de una vocación, una llamada, que ha florecido de nuevo por reacción a la borrachera «comunitaria», «social» que ha arruinado muchos ambientes religiosos. El exceso de insistencia en el compromiso con el mundo y el desbordamiento de las palabras, habladas y escritas, han llevado a muchos, por contraste, a redescubrir la fuerza de la oración y el gozo del silencio.

El ermitaño da su vida por cosas «inútiles» según el mundo y, desgraciadamente, también según cierto eficientismo cristiano actual. La sencilla regla que él mismo se escribe, y que si quiere somete a la aprobación del obispo, prevé, sobre todo, horas de oración, de lectura espiritual, de meditación. Prevé vigilias, ayunas, penitencias, renuncias.

En el ermitaño hay un rechazo radical de la lógica mundana, para la cual sólo la acción, la política, el compromiso social, las inversiones económicas pueden cambiar el mundo para mejor. Él, por su parte, ha respondido a una llamada que le ha hecho comprender hasta el final que sólo quien entrega su vida la salva, y que el modo más eficaz de amar y de ayudar es el de sepultarse bajo el anonimato, el silencio, la impotencia, creyendo hasta el fondo en los misterios vínculos de la «comunión de los santos».

Creo que esto es lo que quería decir la inscripción que vi en la pared de la habitación de un anacoreta en una casa deteriorada del corazón de Turín: «El que va al desierto, no es un desertor». Nada de un desertor, sino más bien un creyente que, en vez del activismo constructivo sólo en apariencia, ha decidido practicar la forma más alta de caridad en la perspectiva evangélica: la oración ininterrumpida por todos, en la soledad y en el silencio más radicales.

La felicidad en uno mismo.-

Isabel de la Trinidad o la felicidad dentro de uno mismo



(ZENIT.org).- En un momento en qué abundan espiritualidades que buscan la felicidad a través de técnicas orientales no cristianas, reaparece con fuerza la figura de Isabel de la Trinidad (1880-1906). Fallecida un 8 de noviembre de hace cien todos años, esta mujer trató de convencer a sus contemporáneos de que la felicidad no hay que buscarla fuera de uno mismo.


Zenit ha entrevistado al carmelita Francisco Javier Sancho Fermín, director del Centro Internacional Teresiano Sanjuanista de Ávila, coautor con Rómulo Cuartas de «Cien fichas sobre sor Isabel de la Trinidad».



La beata Isabel de la Trinidad ha dejado, a pesar de su breve existencia, retiros, notas espirituales y cartas de gran densidad espiritual. Fue beatificada en 1984 por Juan Pablo II.


- ¿Por qué es tan importante Isabel de la Trinidad?

- Sancho Fermín: Si algo tendría que destacar de esta joven carmelita que murió en 1906, a los 26 años de edad, sería la sencillez y la alegría con que fue capaz de vivir lo esencial del Evangelio: que el Reino de Dios está presente y que lo llevamos dentro de nuestro corazón. Ella misma confiesa «haber encontrado el cielo en la tierra, porque el cielo es Dios y Dios está en mi alma».


- ¿Qué es para esta beata la inhabitación en la Trinidad?

- Sancho Fermín: Desde ese descubrirse habitada en su interior Isabel ahonda en el misterio trinitario que descubre dentro de sí. Se ve sumergida en el amor y en la vida de la Trinidad, y eso le lleva a vivir en una dinámica de alegría y entrega total. Quiere participar de la vida trinitaria, no sólo en su interior, sino haciendo que su vida sea una manifestación de ese amor trinitario a todos los hombres. Por eso, sentirse inhabitada, es vivir en una dinámica nueva, es querer ser «alabanza de gloria».


- La madre de Isabel se oponía a su ingreso en el Carmelo. ¿Este disgusto materno hacia la vida religiosa de las hijas es una similitud con otra gran carmelita descalza, Edith Stein?

- Sancho Fermín: Si nos fijamos exclusivamente en la actitud externa podría parecer así. Pero de hecho se da una diferencia de fondo. La actitud de la madre de Edith Stein se debe fundamentalmente a que ella es judía, y a la situación del nazismo. Le resulta muy difícil poder entender que su hija opte por un estilo de vida que suponía que ya no volvería nunca a la casa materna. El caso de la madre de Isabel es fruto de un apego emocional y afectivo exagerado por parte de la madre, que no quería perder el control sobre su hija, y le resultaba muy duro darle esa libertad.


- Isabel quería conseguir que Dios pudiera «imprimirse» en las almas. ¿Cómo lo intentaba?

- Sancho Fermín: Con todos los medios que estaban al alcance de una carmelita: en los encuentros en el locutorio, en la correspondencia, pero fundamentalmente en la oración. Para Isabel la oración era el lugar de encuentro con toda la humanidad. Ella descubre que sumergida en Dios desaparece el espacio y el tiempo, y eso posibilita el poder entrar en comunión con todos, los cercanos y lejanos.


- Isabel recordaba que la felicidad está en el interior. Hay mucha gente que busca en espiritualidades orientales esta noción cristiana. ¿Qué les puede decir Isabel?

- Sancho Fermín: Cuando algo no se conoce se busca donde sea... Ya Teresa de Jesús evidenciaba la gran ignorancia respecto a la vida interior del hombre. Isabel lo constata, y por eso su interés se centra en convencer a todos de que la felicidad no hay que buscarla fuera, que dentro de nosotros la llevamos. Sólo tenemos que abrirnos a ese paraíso interior de nosotros mismos donde nos descubrimos habitados e ínfinitamente amados. ¿Qué más se puede desear?

8 de noviembre de 2008

MISIONEROS , profesionales invisibles.-

Más de una vez en el mundo de la cooperación internacional y las oenegés he oído con frecuencia frases del tipo “nosotros somos profesionales, no somos misioneros”, “nosotros hacemos justicia, los misioneros caridad”. Reconozco que afirmaciones así me enojan y me entristecen.
Conozco lo mejor y lo peor de ambos mundos y me parece una gran injusticia que se apunte a la profesionalidad o la justicia como un término contrapuesto a lo que es la labor misionera. La expresión da a entender que los misioneros no son profesionales. Y, sobre eso creo que habría mucha tela que cortar.

Posiblemente algunos no tengan los títulos universitarios tan corrientes en los currículos del personal de las oenegés pero tienen otros títulos y “másteres” no otorgados por universidades: conocen como nadie la lengua, la cultura local (¿qué ONG está dispuesta a gastar tiempo y dinero en preparar a sus efectivos en estos campos?) y cuentan con la experiencia de muchos años de autosuficiencia en medio del mayor aislamiento, sin la dependencia que tienen ciertas organizaciones de la logística y el apoyo exterior.

Por otro lado y siendo un poco menos diplomático, creo que limpiar los mocos o quitar la mierda de unos huérfanos de SIDA o de unos ancianos desahuciados en una selva perdida del Camerún puede ser tan profesional como hacer un estudio geológico de agua y saneamiento ¿por qué no? ¿dónde está la diferencia? ¿en el saber o en la entrega?

Y ya puestos a comparar, creo que los títulos llamados profesionales no lo son todo. Con más frecuencia de la que uno quisiera, he visto elementos bien titulados y “masterados” que han sido completamente nefastos en el terreno: han venido a África a “hacer su experiencia exótica”, a aprovechar la indigencia de la población para pasarse por la piedra a toda chica jamona de la región, a fumarse, esnifar o engullir toda sustancia narcótica que se ponga por delante y a hacer todas las locuras que en su terruño le llevarían directamente a la carcel.

Lo peor es que estas personas han conseguido estos puestos de trabajo después de pasar estrictas pruebas de selección por parte de los departamentos de recursos humanos correspondientes. No todo es trigo limpio, ni siquiera en el mundo de la cooperación. La preparación profesional es nada, me atrevería a decir que absolutamente nada, si no va acompañada de una entrega, una “mística”, una vocación (no necesariamente religiosa, pongamos profundamente humanista) y un poquito de ética.

Comparando estos dos mundos, creo que los misioneros siempre llevan la de perder. No tienen un gabinete de prensa que dé a conocer su labor, ni un departamento dedicado que les busque subvenciones en los diferentes ayuntamientos y comunidades autónomas, tampoco tienen un dispositivo de seguridad (como lo tienen muchas oenegés que cuentan incluso con recursos humanos especializados solo en este campo) que asegure su integridad física en situaciones realmente volátiles… harán durante años una labor callada, sufrida y sin grandes aspavientos y al final ¿qué pasará?

En los últimos años ha habido avances importantes en el sector de la cooperación. Creo que es de justicia reconocer los esfuerzos que se han hecho a la hora de valorar la labor de muchas personas en condiciones de trabajo muy peculiares. El llamado “Estatuto del Cooperante” ha sido un avance a la hora de reconocer las necesidades de este colectivo específico. Sin embargo, la disposición del gobierno, tan generoso en otros campos, no incluye al colectivo misionero. Se dice que la razón principal es que no tengan un “contrato de trabajo”, que sea una labor puramente “vocacional” (se me olvidaba, no son profesionales) y que por tanto lo que hacen no se pueda considerar trabajo.

Me parece una injusticia como la copa de un pino y me rebelo ante la misma. Hay que decir muy alto que en situaciones donde las organizaciones humanitarias se retiran por las pobres condiciones de seguridad, la gran parte de los misioneros deciden quedarse voluntariamente. Locos de remate sí, quizás porque se creen que su destino está unido a la gente que dedicaron su vida y eso no está regulado por un contrato laboral, sino por algo mucho más sólido, vital y duradero: su entrega.

Hasta ahora mismo, estos hombres y mujeres en medio de las más desafiantes condiciones de trabajo no tienen derecho a prestaciones sociales en su patria ¿por qué? Dado el recelo que actualmente se siente ante todo lo religioso – especialmente si se trata de la anquilosada, retrógrada y oscurantista Iglesia Católica – no resulta extraño que se dé la espalda a un grupo al que más que por su labor social se le quiera reconocer meramente como puros agentes del Vaticano, “proselitistas de la cristiandad”, engrosadores de Libros de Bautismo o puras reminiscencias trasnochadas de aquellos días de Domund, postulaciones en la calle y cabezas de negritos hechas hucha para donativos. Definitivamente, no son profesionales… son otra cosa y por tanto hay que echarles de comer aparte o mejor aún no echarles nada. Una actitud que como ciudadano, aparte de como cristiano, me produce una profunda vergüenza.

Afortunadamente para los gobiernos, este colectivo no va a organizarse ni se va a echar a la calle con pancartas, silbatos o sentadas enfrente de cualquier ministerio. Seguirán atendiendo a sus grupos de mujeres, sus huérfanos o sus actividades sociales y pastorales sin rechistar y sin pedir un duro al erario público.

A la pobre religiosa que en estos días le han amputado las piernas como resultado del ataque de los rebeldes del Congo más le vale que su congregación le haya buscado una póliza de seguro privado para que pueda recibir la atención que necesita porque, obviamente, en un hospital perdido de aquel país su trabajo no era profesional y por tanto no merece ser puesta al nivel de cualquier otro cooperante. Posiblemente, si se queda en España debido a su minusvalía, su congregación tendrá que buscar alguien que cuide de ella pero ahí tampoco se podrá beneficiar de una compensación por accidente laboral o una merecida jubilación. Para el estado, ella no ha existido como trabajadora, su labor no merece reconocimiento alguno, es un insignificante e invisible testimonio de entrega desinteresada, valor que cotiza poco en las bolsas y el mercado laboral.

Ahora mismo son más de 17.000 los misioneros españoles en todo el mundo (y ¡ojo!, no solo estamos hablando de curas y monjas, hay también muchos laicos). Cada día comienzan en el mundo 4 proyectos sociales y 10 educativos que están auspiciados por la Iglesia Católica… a ver qué oenegé puede decir lo mismo, por desgracia parece ser que la calidad de lo que se hace depende mucho de quién la lleva a cabo. Y en la preocupante situación que vemos ahora en el Congo, no lo duden: los profesionales, cuando la cosa se ponga mal, comprensiblemente saldrán de aquella zona, dejando el caos que venga a otros ”profesionales invisibles”. Benditos sean.

Fuente: blog “En clave de África”

* Alberto Eisman es misionero Comboniano

Un Templo de Piedras Vivas

Domingo, 09 de Noviembre del 2008
La Dedicación
de la Basílica de Letrán


La Dedicación de la Basílica de Letrán que hoy celebramos nos pone frente a una realidad que es parte vital de nuestra Iglesia, de nuestra comunidad creyente. Es que nos reunimos para celebrar y el lugar donde nos reunimos ha terminado por tener una gran importancia para la vida de la comunidad. Nuestro Dios, el Dios de Jesús, no se encuentra sólo en el Templo. Como dice Jesús a la Samaritana en el Evangelio de Juan, “se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre... Se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad”.

Pero, en la práctica, el templo se nos ha convertido en un lugar especial para orar, para escuchar la Palabra, para celebrar la fe, para experimentar la presencia de Dios. Donde hay una comunidad cristiana, se erige un templo que es mucho más que una sala de reuniones.

Jesús, profeta en acción
Pero Jesús plantea en el Evangelio de hoy una exigencia radical. Es un profeta en acción que, armado de un azote de cordeles, expulsa a todos los que en el templo de Jerusalén se dedican a hacer negocio al grito de “”No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Aquella acción profética y aquellas palabras se dirigen hoy a nosotros. Ciertamente, no nos podemos sentir aludidos directamente. Nuestras iglesias no son centros comerciales (apenas unas pocas lamparillas, salvo algunas raras excepciones).

Pero hay otro tipo de compraventa en el que podemos caer. En nuestras iglesias, por pobres que sean, podemos caer en la tentación de intentar hacer negocio con Dios, de mercadear la salvación o el perdón de nuestros pecados, de ofrecer nuestros sacrificios y nuestras devociones como una forma de “comprar” a Dios la salvación que necesitamos, o la curación de una enfermedad, o la solución de un problema, o... tantas otras cosas que podemos utilizar como objeto de nuestras necesidades.

Entonces no vemos a Jesús que se vuelve a nosotros, armado con sus cordeles, y nos grita que estamos convirtiendo la casa de su Padre en un mercado. Y lo peor de todo, nos grita, es que somos tontos, porque estamos intentando comprar lo que es gratis, lo que se nos ofrece gratis como puro fruto del amor de Dios, que se ha manifestado a nosotros en su hijo Jesús. O quizá es que estemos tan acostumbrados a vivir en un mundo donde todo se compra y se vende, donde todo tiene un precio, que creemos que nuestra relación con Dios también se basa en el mismo principio del mercado.

El Templo cristiano, fuente de vida
La mejor imagen para el templo cristiano es la de la primera lectura. La iglesia es el lugar donde celebra la comunidad cristiana (el verdadero templo, como nos recuerda la segunda lectura) y de ella brotan ríos de agua viva que dan vida al mundo. Por donde pasen los cristianos que han celebrado su fe, van regalando (nunca vendiendo) vida y esperanza, solidaridad y cercanía afectuosa, a todos los que se encuentran a lo largo del camino de la vida. Es una vida que se da sin medida, sin límites.

A la iglesia no vamos a mercadear. La lamparilla o la vela que ponemos ante la imagen no es la moneda de cambio para que se nos conceda el favor que pedimos. Es, mucho más importante, el signo de nuestra fe de que en Dios, en nuestro Dios, encontramos a la fuerza y la gracia que nos animan a seguir luchando, a seguir comprometidos en favor del Reino, a amar a los que nos rodean, a entregarnos al servicio de los más pobres.

El Templo cristiano no es el edificio material. Ese edificio no vale nada, no pasará de ser un museo o un almacén, dependiendo de su nivel artístico, si no está animado por una comunidad de piedras vivas, de creyentes, que transformar el edificio material en un lugar lleno de vida, en un faro iluminador, en una fuente de esperanza. La comunidad cristiana, allá donde se reúna, es el verdadero templo, signo, de la presencia de Dios en nuestro mundo. Su testimonio hablará de la forma de ser de ese Dios, que siempre vela por el bien de sus hijos e hijas. No es una comunidad que abre sus puertas para acoger a todos sino una casa abierta por donde los que están dentro salen a la vida para convertir este mundo al Reino, para hacer de este mundo la casa de la familia de Dios, para acercarse a los necesitados y abrazarlos con el abrazo amoroso de Dios.

Fernando Torres Pérez

fernandotorresperez@earthlink.net

300

Fernando Torres Pedroza Hermano del Sgdo Corazón de Carlos de Foucauld
Bolivia, Infinito y Austeridad.
"Los trescientos Fabios no fueron derrotad
os, sólo murieron..." Seneca.-



Pretender hacer algo por otro sin dejarme tocar por lo que es, por su riqueza y sin permitir que él siendo, despierte y empuje la vitalidad de mi propio ser, es, en todos los casos y sin importar las apariencias, una manera de destruir la vida de quién supuestamente recibe ayuda.... y también de quién piensa que la está dando.

Es, creo, el sentido profundo de la reciprocidad en el mundo andino: el ayni. No se trata solamente de dar o recibir cosas ó favores, se trata de dar y recibir lo que soy y lo que el otro es, de explicitar en gestos concretos - pero con un alto contenido simbólico y ritual, para no enredarse en las inevitables diferencias, apariencias y sensibilidades humanas - la necesidad de ser completado por los otros y de completara los otros con lo que soy: la manera de permanecer en la unidad mediante el propio cumplimiento.

Hay una trampa en la inmediatez de lo que nos hemos acostumbrado a valorar la situación de los otros. Decimos por ejemplo: este niño está enfermo, desnutrido, hay que hacer algo.
Ellos en cambio, mantienen su vista en medio de la cuál el niño es apenas una señal del movimiento de las fuerzas últimas que mantienen el equilibrio. Lo más importante no es el niño enfermo, es reconocer el equilibrio del cuál la enfermedad del niño es una manifestación y lo afecta todo. Su respuesta no es curar al niño sino pedir perdón para restablecer el equilibrio, aunque el niño no se cure según nuestro punto de vista incluso aunque muera.

¿Estarán locos? Nosotros, para adiestrar los brillantes cerebros de los especialistas nos olvidamos completamente del equilibrio. Por este camino muy pronto toda nuestra sabiduría será completamente inútil frente a la Muerte que nos impondrá el desequilibrio en el cuál nos sumergimos.

De tanto mirar al niño enfermo nos olvidamos de la totalidad amenazada por la metástasis. seguramente llegaremos - según nuestro criterio de salud - a estar en la capacidad de curar todas las enfermedades... sin poder mantenernos con vida, porque vivir no consiste en extirpar enfermedades, vivir consiste en hacer parte de la unidad, mantener el equilibrio, cumplir con el propio sentido.

Lo que ellos hacen por el niño enfermo - no individual sino comunitariamente - es intentar restablecer el equilibrio perdido, porque es así cómo pueden mantenerlo con Vida, es decir con sentido dentro de la unidad. Vencer solamente la enfermedad es algo que no se les ocurre, porque significaría no escuchar la unidad que a travéz de la enfermedad del niño manifiesta su deseo de ser sanada. Sería cómo continuar viviendo sin ningún sentido. No se necesita saber mucho de medicina para atreverse a afirmar que por este camino tendremos que avanzar, desde lo que sómos, si queremos recuperar nuestra salud antes de que el desequilibrio nos aniquile completamente.

¿Cuántos seres continúan aparentemente vivos - irónicamente con posibilidad de estar más sanos cada día - sin que su vida tenga ningún sentido? ¿No es ésa una enfermedad mayor que todas las que hemos aprendido a curar? Si, desde el punto de vista de la SALUD, con mayúsculas, no son ellos los que necesitan, somos nosotros los necesitadosno son ellos los desnutridos, sómos nosotros, y si dejamos que el sentido que nos aportan se pierda, estaremos colocándonos en una situación peor para recuperar el equilibrio perdido. Nosotros, respetando su principio de reciprocidad, podríamos enseñarles quizá algo de nuestra salud, con minúsculas... desde luego.

5 de noviembre de 2008

Gimnasia cerebral

NO LO PUEDES DEJAR DE LEER

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PIDE UN DESEO
MIENTRAS LE DAS PARA ABAJO

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NO DEJES DE PENSAR EN ESE DESEO ESPECIAL
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YA CASI LLLEGAMOS...
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ESTE EJERCICIO TE
AYUDARA A QUE TU Y LOS TUYOS NO TENGAN ALZHEIMER


Lucila Pastor Patiño

Psicóloga Psicoterapeuta
CPP